Es cierto que ha sido un día cómo otro cualquiera, con mis clientes, mi música en el ordenador, mi siesta, mi rato en la oficina nadeando esperando que mi jefe me atendiese.
Es cierto que éste día no va a pasar a la historia.
Pero también es cierto que, paseando por el centro de la ciudad al mediodía -tenía que visitar a ciertos clientes que tienen sus oficinas en todo el cogollo mediático de Valladolid-, me he encontrado con bastantes cosas que me han hecho sonreír.
Los ancianos sentados en los bancos, con la cabeza ladeada, dejando que el sol les caliente.
Los gatos comiendo avispados las sobras del contenedor junto a un restaurante snob.
El violinista de la calle Santiago, con los ojos cerrados, dejando que la música le empape.
Dos niños con sus enormes mochilas huyendo del colegio nada más abrirse las puertas.
El ver cómo las flores de los almendros caen con el suave viento, cómo manchan el suelo de los jardines.
Pensar que es primavera acodado en la baranda de madera del parque del canal, viendo cómo los patos picotean las orillas.
Recibir correos electrónicos de gente que está lejos, y a quienes echo de menos.
No puedo quejarme de la vida que llevo. Para nada. Ya lo dice Duffman: tengo una flor en el culo.
Por cierto, aunque ya hablaré de ello mañana y mi opinión al respecto, yo también estoy nominado.
El Abuelo Cascarrabias ha comido hoy lentejas con un hueso de jamón muy rico.
El Abuelo Cascarrabias sueña con que algún día se le quite el dolor de cabeza.
El Abuelo Cascarrabias escucha Recuerdos de Pedro Guerra.