No te conocía de nada, pero cuando te miré a los ojos tuve la extraña sensación de conocerte de toda la vida. Tus ojos me hablaban, desde lejos, me decían cosas que ni yo entendía.
Te mordías el dedo meñique, y nerviosa mirabas a ambos lados, y casi nunca nuestras miradas se cruzaban, pero yo te observaba, seguía tus movimientos por si acaso tus ojos decidían clavarse en los míos.
Yo necesitaba amor. Pero un amor que se quedase conmigo, a mi lado, constante. Necesitaba una persona que me entendiese, y que compartiese conmigo mi vida: mis peores momentos y también los mejores.
Encontrar eso es difícil: ellas se marchaban cuando todo iba mal: ellas no me entendían.
Yo las ame. Las comprendí. Les di todo, hasta la última lagríma: abusaron de mi absurda manía de darlo todo.
Recuerdo aquella vez que me entregué a una chica que decía amarme por encima de todas las cosas, y resultó que me amaba por la falta que la hacía no por que creyese que yo era la mujer de su vida, ni mucho menos.
Encontrar el amor no es fácil, y mucho menos si una lo busca. Por eso decidí esperar sentada: continuar con mi trabajo, con mis rutinas, con mis paseos en bicicleta, con mis juergas en mis sitios más frecuentes.
Yo suelo ser tímida, pero si una mujer me pone sus labios delante de los míos, yo los beso. Tampoco soy tonta, y sé aprovechar las oportunidades que se me presentan, lo que pasa que se me presentan muy pocas.

Por eso envidio a esas parejas que llevan ya años juntas, me pregunto como lo consiguen, como logran crear una armonía duradera. Yo pienso que todo radica en el amor que siente la una por la otra. Es increíble, escuchar como alguien que lleva con su pareja 7 años, dice estar aún enamorada. Que suerte tiene por haber encontrado a alguien así ¿dónde la encontró? ¿la buscó?. Donde, que yo busque. Yo necesito alguien cerca: es muy aburrido comprar comida para una sola, sacar entradas de cine para una sola, alquilar una película de dvd para verlo una sola. Pero la soledad existe, y os aseguro, no está para la que la busca, sino para la que se la encuentra un día tocándole a la puerta de casa; y le abres, le abres porque no queda más remedio, porque tampoco puedes estar con alguien por estar, entonces optas por la soledad voluntaria: la mía. La que tengo.
A veces me pregunto quien aguantaría mis manías absurdas, mis arrebatos de pasión, en las que no podría parar de hacer el amor, mis tontas locuras de adolescente, mi vocabulario, a veces un poco vulgar e inconsciente.
Si hay alguien en algún lugar capaz de soportar alguien como yo, rogaría que se manifestase: que me mande una carta, certificada (o no) por favor, con carácter “urgente” pues la soledad también nos consume poco a poco, cada año, cada vez que mis ganas de amar a alguien se desvanecen por el trozo de cama vacía: sin cuerpo alguno que me arrope en noches tristes como esta.
eigual