Era verano (no quiero recordar el año), el que sería el más triste de mi vida hasta ese momento. Yo por ese entonces empecé a ganar mucho dinero.
Dinero que iba malgastando por ahí, comprando cosas inútiles para ir amontonando en mi habitación. Lo que yo quería en ese entonces no se podía comprar: yo quería amor. La quería a ella, pero ella no estaba en venta, ni siquiera existía: el dinero no servía para nada, solamente para seguir gastándolo en mierdas para amontonar.
Los días pasaban, la rutina era siempre igual, por eso se llamaba así.
A veces me perdía y me iba a El Corte Ingles, a ver las caras de la gente rica: de gente que ocultan lo mal que van sus vidas, mientras compran ropa, juguetes, y comida que pagaran con la tarjeta de crédito.
Allí pasaba las horas rodeada de gente, mirando mierdas que no podía comprar porque el dinero se iba gastando.
Me gustaba pasear por las calles, sola. Siempre sola. Yo no necesitaba a nadie. Detrás de mis gafas de sol lloraba. Lloraba al ver a los niños gritar, a las madres correr detrás de los niños, y a las parejas abrazadas en los parques.
Yo lloraba porque echaba de menos mi otra vida. La que viví y en ese momento no tenía.
El destino fue demasiado rápido. Yo no aprendí a correr junto a él. No fui tan rápida, y me ganó la carrera.
Me metía a Evanescense en los oídos y me sentaba en un parque, a leer, o a tomar una Cocacola. La gente me miraba: yo les parecía rara.
Les parecía rara y solitaria, pero a mi me daba igual, eso era lo mejor. Lo mejor, dentro de lo peor.
A veces me colaba en el cine. Nunca me gustó ir al cine sola: pensaba que eso era cosa de amargados. ¿Era yo una amargada? No, yo solamente estaba sola, como aquella gente que esperaba la cola del cine sin apoyarse en ningún hombro.
En realidad le envidiaba. Yo pensaba: El día que yo venga sola al cine, ese día seré verdaderamente feliz. Como ellos.
Siempre me sentaba en el centro de la sala y procuraba que nadie se sentara a mi lado, si eso ocurría, yo me levantaba y me cambiaba de sitio. No quería ser violada en el interior de una sala de cine por algún solitario más, baboso y salido.
Cuando salía de la sala de cine la soledad me daba una hostia. No echaba de menos el paraguas. Estaba lloviendo. Las parejas caminaban agarradas del brazo, y resguardados por paraguas horrorosos.
Yo caminaba lenta. La lluvia me mojaba la cabeza y el jersey de lana azul, pero a mi me daba igual. Yo era más fuerte que nadie. Yo no necesitaba un paraguas, ni un brazo, nada.
La parada del autobús siempre me esperaba, ella siempre estaba ahí. Cogía el 7. Con el ticket hacía un avión y lo dejaba allí.
Me gustaba coger el autobús de noche, en invierno. Con lluvia. Con frío. Me gustaba ver a la gente correr por las calles. Me gustaba verles con la nariz roja del frío, las bufandas atadas al cuello, los guantes de lana, los pantalones empapados. Eso nos hacía sentirnos vivos.
A veces pensé que esta soledad me mataría. Pero no me mató: me mantenía viva.
Me gustaba mi vida, mi soledad. Me gustaba salir a la terraza y mirar las estrellas, se veían bonitas, imborrables por el paso del tiempo, y eternas. Como eternas aquellas lágrimas que se evaporaban antes de caer al suelo.
Si hubiese podido dibujar el dolor, habría dibujado una estrella sin luz:
Grande y apagada.

la soledad, bella dama que nos enseña y nos mata....
Escrito por: diegueus9, el Miércoles, 18 de Octubre de 2006 a las 07 PMdiegueus9: Cuanta razón tienes.... Nos enseña y nos mata a base de darnos golpes con horas a sólas...
Gracias!!
Escrito por: eigual, el Jueves, 19 de Octubre de 2006 a las 12 AMMe gusta esa foto.. Oye, ¿aun conservas el Garfield?.. verás.. es que me gustaría ponerlo en mi casa nueva..
Escrito por: FREEZE, el Martes, 24 de Octubre de 2006 a las 01 AM