Si alguna vez tengo un hijo, le llenaré de cariño. No le faltará nada, ni amor, ni caricias, ni ternura, ni un hombro en el que apoyarse, ni unas rodillas en las que sentarse.
Yo le secaré sus lágrimas si llora. Le explicaré las dificultades que tiene la vida, y le intentaré ayudar a solucionar sus problemas: escuchandole.
Jugaré con él. Me reiré con él. Cuando conozca la crueldad que los niños y niñas de su edad tienen, le intentaré hacer sentir mejor y afrontar cualquier cosa que le pueda hacer sentirse triste.
Iremos al cine juntos. Reiremos juntos, lloraremos juntos: todo será compartido. Hasta cuando le rompan por primera vez el corazón. Yo estaré ahí con los brazos abiertos.
Cuando en el camino de la vida tropiece y caiga de bruces al suelo, se levantará sólo, pero yo le ayudaré a que la próxima vez tenga la vista al frente para no volver a tropezar dos veces con la misma piedra.
Le daré todo el amor y apoyo que mi Madre no me dio o no me supo dar a mí. Le diré te quiero y le abrazaré como tampoco me abrazaron nunca a mí. Me sentiré feliz al ver la felicidad en sus ojos.
Porque cuando crezca, cuando alguien ocupe su cabeza y su corazón, yo: su madre. Seguiré con los brazos abiertos por si algún día necesita refugiarse en ellos, por si algún día me/los necesita.
Entonces mi hijo tendría aquello que yo no tuve, y seré feliz sabiendo que él no pasará por lo que yo. Sabré entonces que aprenderá a hacer lo mismo cuando forme una familia.
Sabré que no sentirá este tipo de soledad. Estará libre de ese sentimiento. Y yo entonces, seré inmensamente felíz.
