Apoyo la espalda en la pared. Dos hombros que resbalan contra el hormigón. Como el culo de un leproso en los toboganes de un parque acuático. Me dejo caer. Me quito el cinturón. Lo ato en mi antebrazo. Una vena azul. Una aguja. Y sólo gotas de odio. Nada de sangre. Ni pus. Sólo odio.
Las buenas intenciones, los consejos. Asquerosas frases azules. Elegantes e inútiles. Como la llama de una caldera. Cuando la mezcla no es lo suficientemente buena.
La vida es un libro de astronomía en las manos de un niño de cinco años. Estéticamente perfecto. Insultantemente incomprensible.
Feliz de tu regreso.
Y bueno...pues sí...asi es esta perra vida. Así es la tranquila muerte. Al menos supongo...quiero creer q lo mejor viene al final.
Pero sí es buena, sí, esta mezcla tuya. El dios niño de Schopenhauer (nuestro dios es un dios inocente, un niño que juega) de la mano con Ciceron (la sola idea de que algo cruel pueda ser estético, ya es de por sí un crimen). Ese onanismo tuyo que te mata (nosotros somos sus efectos colaterales), que nos mata, que te hace caminar siempre dos pasos por delante, apretar al azar un botón de ascensor (dios niño que juega en el ascensor, arriba y abajo) hasta parar un piso antes del séptimo cielo. Silva (lorenzo) alto y claro, que todos lo oigamos, hasta Sonsoles (esa clase social que de verdad tiene motivos para decir no a las drogas). No? No.
- Junio 20, 2004 04:56 PM