Diciembre 27, 2003

El Hombrecillo Verde, mirón

La vida es algo interesante que suele pasarle a los demás, muchas veces delante de tus ojos. La indolencia aparente no es sino costumbre, abulia. A mí ya no me sorprenden demasiadas cosas, y lo digo con tristeza más que soberbia. Sin embargo, supongo que todavía no está todo perdido. Siempre me ha dado un cierto pudor ser sólo el que pasaba por allí. Aunque parezca lo contrario, en actos extraordinarios (ya sabéis, esos que te pasan constantemente), el protagonista es precisamente quien menos reparos tiene a hacer lo que sea por una cuestión muy sencilla: está ocupado HACIENDO y no le da tiempo a detenerse en tamañas estupideces.

Sin mayor escrúpulo confieso que si alguna vez me veo envuelto en trifulcas o situaciones de dudosa seguridad, muy probablemente sea dando la cara por terceros. Porque por mí no doy la cara, o porque no suelo necesitar jugarme el tipo. No lo sé. Sin embargo, aún así, difícilmente acabo metiéndome en el ajo de lo que sea. Por suerte, como pasó aquella vez en que a las cinco de la madrugada que, estando yo dándome al póker en el terrado de mi casa con Samu y Nereo, oímos los chillidos e insultos de una mujer atizada y, sin pensarlo un momento (juventud, divina inconsciencia) nos lanzamos a la calle, yo con un cuchillo jamonero, detrás Nereo con un palo enorme que encontró y Samu arremangándose la camiseta. Valiente panda de salvadores se le iba a presentar a la mujer. La golpiza le duró poco, por la debilidad etílica del cabrón que se la propinaba y porque otro conductor noctámbulo ya se había encarado a él y a su navaja. Salvamos la vergüenza de nuestras armas inútiles haciendo un mutis de reentré en mi casa para llamar a la policía.

Ojalá esto del valor sea hereditario, porque vaya par que tendría yo garantizado entonces. Mi madre, ahí dónde no la véis, ha tenido sus divertidos episodios, como aquél en que el atracador (a quién había tomado por un bromista en principio) tuvo que salir por piernas de la floristería, y con todo y con eso todavía se llevó un golpe en la espalda de las tijeras de podar que certeramente lanzó mi madre tras él. En otra ocasión, quizá más comprometida, unos chillidos (también) de chica, provenientes de una casa en obras cercana, hicieron que saliese a salvar a una muchacha de un violador tuerto que tuvieron la buena fortuna de ahuyentar entre mi madre y un pobre camarero gangoso marroquí que pasaba por allí en su moto. Mi madre hizo la parte humana esta vez, esto es, darle una tilita a la muchacha, que seguramente haya olvidado mi aspecto en pijama como yo, endormisquilado, he olvidado su cara y no sus sollozos. Después de aquella noche, es decir, al día siguiente, descubrimos a una de las vecinas de mi abuela, en plena ronda de cotilleos de antes de ir a misa, comentando que a las tantas de la noche le habían tocado al portero pidiendo auxilio y ella había respondido que no eran horas para andar por la calle para la gente decente. Y así fué cómo, niño, aprendí a valorar en su justa medida los valores de esa "gente decente". Me alegré un montón (probablemente la única vez en mi vida) cuando un mes después la señora se murió, tengo entendido que ahogada en su propia mierda.

Y todo esto venía, creo recordar, a que le comentaba algunos retazos de mi vida insulsa a Joaquín. Y el hombre, se vé que menos vivído, me decían que ese tipo de cosas eran de las que se cuentan en el blog. El hecho de que en estos incidentes, separados entre sí por cuatro días y seiscientos kilómetros los protagonistas (llamémosles problemáticos) compartan nacionalidad, no quiere decir absolutamente nada. Salvo, quizá, que sigo teniendo frescos mis conocimientos de árabe (fundamentalmente insultos) y francés (es decir, casi nada).

El sábado salí de trabajar a todo correr para llegar a tiempo a Gran Vía, a recoger a Irenita que saldría pronto de la radio. Al llegar a Cuatro Caminos, dónde cogí la línea 1, me metí en un vagón bastante concurrido, donde pronto fijé mi vista (yo iba de pie) en un jóven magrebí que hablaba, bastante acelerado, en árabe con una chica que intentaba leer, sentada enfrente. Ella levantó la vista y le dijo "Pues cállate", bastante airada. Él dijo "¿Qué me calle?" y ella se lo repitió, en árabe. Él le respondió en árabe. Y se calló unos segundos, para reanudar su soliloquio con una serie de vocablos que, por haber jugado tanto al fútbol en su día en el parque de El Ejido contra y con marroquíes, muy pronto pude entender como palabras feas, y de las más fuertes. Al parecer no fuí el único que había jugado al fútbol con ellos, porque un chico que viajaba de pie, junto a ellos, le dijo que dejase de insultarla, que a lo mejor la gente no sabía lo que le estaba diciendo pero que él sí le estaba entendiendo. El ofensor calló, y el defensor debió explicarles a quienes le rodeaban lo que estaba soltando por su boquita el otro que, un poco después se puso de pie, encarado al traductor. En estas el tren paró en Ríos Rosas, como en una mala teleserie, de esas que cortan para poner anuncios cuando el asesino se encuentra cara a cara con el hijo de su víctima, un peruano pertrechado de su correspondiente xilófono colgante entró por el lado del vagón en el que estaba yo y nos deleitó con una curiosa versión de Balada para Adelina que tardé en identificar, más que nada porque yo seguía (frustrado) contemplando la escena de la discusión entre los dos hombres del otro lado del vagón. No me enteré de nada, claro. En Iglesia, el más que probable marroquí se bajó del vagón. En Bilbao hizo lo propio el otro chico, así que entre estaciones aprovechó el fulano primero para colarse de vuelta entre los vagones, acompañado esta vez de dos amigos. Un chico negro y un señor mayor que habían presenciado toda la historia (y muy probablemente habían conseguido escuchar a discusión) le hicieron salir del vagón en Tribunal, antes de que llegase a donde estaba la chica. Cuando el tipo volvía a entrar, y los dos amigos se declaraban como tales, mientras una navaja anunciaba su llegada inminente al meollo de la escena, una mano rápida detuvo el tren, dándo la alarma. Ellos seguían interponiéndose entre el maleducado y la señorita (que aún leía, pero temblando un poquito más). A mí lo mejor que se me ocurrió hacer, por deformación vocacional, supongo, fué ir corriendo por el andén a avisar al maquinista de lo que pasaba y a pedir que, visto el color del que empezaban a pintar las cartas, avisase a los de seguridad. Así, más de lejos que antes pude ver cómo el chico negro y el señor mayor acababan por imponerse a la mala voluntad de los tres tipos, que se dieron en cobarde retirada por el otro extremo del andén antes de que llegasen los de seguridad. El metro reanudaba su marcha, yo me quedé ya en el primer vagón dónde, ajena a estos altercados sexistas transfronterizos, una cuarentona arregladísima se angustiaba mirando el reloj y bailoteando como si se meara, pensando que otra vez iba a fugársele el plan que tan dificultoso (que cruel soy) le había resultado conseguir.

El segundo episodio, más leve y surrealista, tuvo lugar cuando haciendo buen uso del carné de conducir que al parecer me ha sido concedido con restricciones territoriales a El Ejido y cercanías, llevaba flores para una cena a un hotel de cuatro estrellas que han abierto no hace mucho en El Ejido. Normalmente las cajas con las flores las metemos por el bar, pero estaba cerrado, así que me acerqué por la puerta principal a ver qué me contaban los recepcionistas. El recepcionista no me podía contar mucho, de momento, porque estaba explicándole a los dos ocupantes del coche patrulla que me había sorprendido encontrar encima de la acera, las aventuras y desventuras que habían pasado con una chica, jóven, marroquí y pija a la que habían despojado de su condición de huesped la noche anterior por no se qué altercado etílico. Ella no quería moverse de la recepción, dónde había acampado con sus cosas y, para más inri, no hablaba español, solo algo de francés, con un acentillo de clases particulares muy peculiar. Ella decía que no había hecho nada, justo lo que negaba cierto parte rosa que el de seguridad había dejado registrado en su libreta, que ahora estaba abierta sobre el mostrador, y que me contuve de mirar aviesamente, como era mi intención, con el fin de enterarme de qué clase de lujurioso percance habría protagonizado la tal, más que nada porque hacerlo con el disimulo necesario era prácticamente imposible llevando una caja con doce centrillos de mesa al hombro. Esperé, enterándome (para mi gran sorpresa) de todo lo que hablaban en francés la chica y los policías (el hecho de que los policías locales de El Ejido hablen francés con tanta soltura me sorprendió también un poquito, pero menos). Ella, inocente, debía ignorar la Ley Corcuera, en virtud de la cual un agente estaba haciendo las comprobaciones pertinentes con una llamada a la comisaría y haciendo uso del pasaporte de ella. "¿Por qué me pides el pasaporte? ¿Yo no le he hecho nada?", qué pija sonaba la pobre chica, hasta en francés, señalando al recepcionista (yugoslavo). "No le has hecho nada, pero yo te pido el pasaporte ¡PORQUE SOY POLICÍA!" tuvo que aclarar el fastidiado Agente Perogrullo, aunque no sepa como se dirá lo de perogrullo en francés. A todo esto, yo ya me había olvidado de mis flores, de mi furgoneta más mal aparcada que nunca, de mi propia existencia más allá del mero observador. Sólo se me ocurría pensar (¿estaré enfermo?) que llevaba la cámara en la furgoneta, que si me daría tiempo a ir a por ella antes de que acabara la tangana. Por suerte, el recepcionista, algo liberado de su responsabilidad actual en aquella escena, me salvó de haber cometido un nuevo delito (dice Joaquín que no se puede fotografiar ni filmar a las Fuerzas de Seguridad del Estado). Le dije, "Traigo flores", que era la contraseña acordada y me señaló el pasillo que yo necesitaba para desembeberme de los rifirrafes ajenos y acabar con mi trabajo. Por cierto, allí seguían todos discutiendo cuando yo me dejé la pintura de la puerta lateral en una señal de prohibido aparcar que se interponía entre lo que solo alguien como yo llamaría "aparcamiento" y el retorno a la vía pública.

Posted by germanmj at Diciembre 27, 2003 11:59 PM
Comments

Se les puede grabar, pero habiendo pedido permiso antes y emborronando las caras y lo que permitiera reconocerles.

Es una cuestión de seguridad.

Posted by: Urui on Diciembre 28, 2003 10:28 AM

Si tampoco merecía tanto la pena... no hubo violencia... :P

Posted by: Germán on Diciembre 28, 2003 12:23 PM

Yo me quiero ir a que me pasees con las flores para arriba y para abajo. A dejar de pasar frio, a que se me calienten las manos de una vez. A que me abraces, a oir el silencio, a estar sola contigo.

[Y a enseñarte a poner tildes, amor mío]

Posted by: Rear Window on Diciembre 28, 2003 06:51 PM

"comentando que a las tantas de la noche le habían tocado al portero pidiendo auxilio y ella había respondido que no eran horas para andar por la calle para la gente decente."


¿En serio???

Posted by: Piripiflautico on Diciembre 29, 2003 02:57 AM

Oye, qué cosas te pasan... Empiezo a leer y no puedo dejarlo, mucho mejor que una novela, ¡chico!

Claro que como sigas escribiendolas, yo no puedo dejar de leerlas hasta el final, y voy a terminar en la ONCE, que mis ojos no están para esa letrita taaaaan pequeñita! :-)

Posted by: carmen on Diciembre 29, 2003 11:25 AM

La verdad es que sí que engancha, sí, el jodío.

Posted by: haditjé on Diciembre 29, 2003 11:52 AM

Luego en persona pierde mucho la mierda del chaval (aunque te trae pizza a casa, y eso), pero sí que escribe bien, sí...

Posted by: Somófrates on Diciembre 29, 2003 12:16 PM

hombre, a ver si esto va a ser envidia... cochina, pura, y dura!! Que por la foto no parece que pierda tanto, ¿no?
(no me des las gracias, hombrecillo, manda un par de jamones de pata negra, y en paz! :-))

Posted by: carmen on Diciembre 29, 2003 09:19 PM

¿Envidia?
Oiga, señorita, que yo aún no he tenido que contestar a las cinco del viernes...
(Al menos, no sin referencias a la guerra de las galaxias...)

Posted by: Somófrates on Diciembre 30, 2003 10:22 AM

Germán a ver si te pillo que tengo que pasarte una cosa!!!!

Posted by: k-c on Diciembre 30, 2003 12:56 PM

La verdad es que no pierde nada en las fotos. Yo le veo muy guapo. Bueno, es que creo que me gusta. No sé, me hace tilín, supongo.

Posted by: Rear Window on Diciembre 30, 2003 03:29 PM

No sé por qué pero esto comienza a parecerese a un chat...¡¡Aragorn!! jojo

Posted by: k-c on Diciembre 31, 2003 02:37 AM

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