Hace rato quise entrar a gritar algo.
Pero había demasiada gente saturando las líneas.
Ahora, como siempre, no sé bien qué decir.
Ayer he tocado el cielo durante 5 minutos.
Tres y medio segundos más tarde tenía enredado el pelo con una aguaviva. Estaba en el fondo del océano pero no lo había notado.
Hasta que empezó a arderme.
El problema no es la falta, sino el exceso de tiempo. El problema es que después siempre viene el borde descosido del disfraz, el botón que se despegó de la camisa, la tierra que se acumula donde deberían ir las perdices del banquete de la princesa. El problema es que nadie puede dar un portazo en lo mejor de la función y decir adiós, señores, basta para mí.
O yo no puedo, que es lo mismo en cualquier caso.
Soy demasiado cínica o maricona o tal vez sólo demasiado, siempre demasiado.
Pero ahora todo sabe a viejo, al gusto rancio de la cera derretida.
Y éste es el verdadero (qué idiotez) post de hace unas horas, te digo, ya que alguna vez me preguntaste por qué no me atrevía a ser autobiográfica, por qué no abría la ventana y me tiraba de cabeza. Ya lo ves: a veces son las líneas las que causan el efecto diferido.
Y yo que vivo buceando sin oxígeno, hoy quería quedarme en cama y ver una película de ésas donde al final bailan y se cuentan amores eternos de cartón pintado, y se dicen para siempre y la eternidad dura hasta que llegan los títulos del final.
Y fingir que me lo creo hasta que empieza la propaganda.
Por lo demás, estoy cansada de las autobiografías. Porque siempre siguen, y al minuto siguiente se vuelven anticuadas y estúpidas y se vacían de sentido si es que alguna vez lo tuvieron. Y para mentiras, que es de lo único que somos capaces, prefiero las redondas y tumefactas como bulbos de azucenas.
Así que no les creo, como no me creo a mí misma.
Y no quiero venderme. No me hace falta, no me dan ganas, no quiero que me compres.
No quiero ser la que se lleva tus letras, no vine a hacerte una caricia, paso de la sonrisa en medio de la tormenta.
Prefiero ser tu insomnio.
La que te muerde el borde de los sueños, la que estrangula todos los siempres y te lastima en el lugar que desconocés porque anestesiaste para soportar vivir en estos tiempos de vigilia constante.
Pero eso también dura lo que hasta la siguiente pausa comercial, ya sé, así que en cualquier caso a quién le darían miedo los relámpagos de juguete.
Todo es cuestión de dar con el químico apropiado. Y hay quienes prefieren llamar amores a los clorhidratos.
Yo descreo de los títulos como de las contraindicaciones.
Simplemente dejo que vengan.
Que se calcen el nombre que les guste.
Y me los bebo con los ojos cerrados, hasta el final, sin pensarlo dos veces.
Un día lograré salir en los diarios, y dirán grandes cosas de la que fui.
Mentiras, desde luego.
Pero ahora voy a quedarme del lado de la cicatriz, del lado de la marca. Voy a hundirme en un río de mercurio por un rato, a comprobar si tengo fiebre, a ver si es cierto que puedo hacer estallar el azufre con sólo mirarlo intensamente.
Aunque antes quería decirte gracias, en cualquier caso.
Ayer dije o pensé que debería nacernos un tumor cada vez que ahogamos palabras en la garganta. En cada te quiero que no alcanzamos a pronunciar, en cada yo también asesinado, en cada estrella borrada a fuerza de cerrar los ojos.
Pero ya fue suficiente. Tengo fiebre, tengo sueño, tengo que.
Un ángel se ha dormido en la mesilla y yo debo salir y sólo leerás estas palabras según las leyes de ese azar llamado zona libre.
Libre del gris perpetuo de los días, porque aquí es fácil dar un enter para quitar el charco de sangre del parquet.
Pero gracias, entonces.
Por el demonio. Por la botella vacía. Por el hielo y el calidoscopio.
Por repartirme en quince billetes y barajar de nuevo en busca del poker que nos regale una última madrugada, aún con el adiós tatuado como un beso en la frente.
Por haber sido el cristal empañado y también el aliento.
Porque a veces tengo ganas de decirte gracias sin dar explicaciones.
O porque hoy me he dejado guíar por el resplandor de un pez fosforescente.
Ayer creí que no iba a llorar siquiera, yo que soy una llorona casi profesional, viendo esas fotos de la tierra, y resultó que tenía delante el mundo, y se me han quemado los ojos.
Y hoy que he vuelto a las tostadas con manteca y el té con limón de las mañanas inventadas, a la tregua, al tul que todo lo esfuma y lo vuelve más lindo o más torpe, he llorado porque sí o porque aún me quedaban lágrimas y has venido a arrancármelas sin pedir permiso.
Que es como decir que me han dado un sacudón a tiempo, y me duelen ahora, crudos e insoportables, los puños cerrados.
Que no vaya a ser la última vez.
Fue Laura, y era Mayo 12, 2004