Es que somos también dos escorpiones. Y para amarnos nos hace falta estar tan cerca que es imposible que evitemos el instinto de clavarnos el aguijón.
Con esa guerra no declarada se va llenando el vacío que crece entre nosotros (tan lejos siempre, incluso a la distancia de que me tomes de la mano). Ese vacío que, dicen las leyes de la física, nos va acercando como planetas locos, desobirtados.
Pero te busco a ciegas en la ciudad vacía y me da vergüenza no estar feliz de que estés en algún sitio, a salvo, al menos por ahora, de la tristeza que exudan las calles en invierno, de los bancos desiertos de las plazas de noche; de mí misma.
De mis maneras de niña insoportable de decir no.
Del sí que te daría si preguntaras otra vez.
Tengo una voz de la conciencia comprada en una tienda de pulgas. Ha de ser eso. Con la escasez de conciencias que hay en el mundo, tuve que conformarme con lo que había, y ya ves: como yo misma, indefectiblemente sus horas vienen con atraso. Me avisa de las cosas cuando ya sucedieron.
Es cierto que debería darle franco. Pero es que al trabajo sucio nunca se encuentra quién lo tome.
Y es que también es de segunda mano nuestro universo entero. La prueba está en que no nos podemos dar siquiera una patada en santa paz y por nosotros mismos.
Y que hasta para eso haya que recurrir a otro es humillantemente explicativo.
Aunque tal vez tengas razón y sólo esté furiosa.
Amar es esa cólera secreta de la que habló Villaurrurtia.
Y es este inconcebible privilegio.
A la ciudad que sufre por el rincón de las entrañas no le duele el corazón como a nosotros. Si uno tuviera la suficiente decencia para verlo, se daría cuenta de que enfermarse de amor es una obligación de todo aquel que puede.
Aunque no sé si aprenderemos esto alguna vez.
Pero mejor me pregunto a quién le escribo.
Únicamente a mí, dice el espejo, que no pude o no quería irme a dormir callada en una noche de tanto frío como ésta. Porque el silencio es siempre para nunca.
En las ciudades intolerablemente grandes se logra a cualquier hora, todos los días, hallar un maxitabletón de chocolate que quite el amargor durante un rato. Y aunque después vendrá la empalagosa saciedad de hacer barquitos con el papel plateado y el olvido en la punta de la lengua (para qué, para qué, voy a decirme muchos minutos más tarde de la hora), ya estoy acostumbrada a mi voz olvidadiza y a que la glándula de las ausencias muestre sus pretensiones con ínfulas de caprichitos.
Y como me llevó tanto tiempo abrir la puerta, ahora no encuentro las llaves para volver a cerrarla.
Así que paso a paso, voy dibujando ceros que encierran el vacío y se guardan el gusto.
Pero los verdaderos adultos no ocultan el ahogo en el bolsillo y en los recreos comparten las golosinas. Tal vez por eso me imagino que en vez de extraviar un círculo hice nacer una ronda en las paredes, y que tu mano basta para poner en equilibrio la fuerza por un rato y que no pueda ni puedas lastimarme.
O será que de cualquier forma hace más frío del que soy capaz de soportar sin encontrarte a salvo del aguijón y de la herida.
Es indignante, como las manchas de tinta en los cuadernos nuevos, que existan noches tan indecentes.
Tan parecidas a esta necesidad que tengo de inventarte.
O de escucharte para saber que estás ahí.
tambien es necesario que te inventes vos, no?
Fue fander y era Mayo 17, 2004 11:06 PM
Yo misma leo este mensaje ahora que perdió algo de temperatura y me asombra hasta qué punto me transparenta (quiero decir, hasta qué punto habla más de mí de lo que yo misma sospeché que podría hacerlo en tanto lo escribía).
Lo curioso es que no he concebido siquiera la posibilidad de usar la palabra soledad. Tal vez por eso es que me han dejado pensando tanto que por poco y escribo otro post sobre el tema. Pero supongo que primero debería bailar un rato para que los pensamientos se sacudan y se ordenen con algo de movimiento.
Así que me guardo los mensajes a cuenta en el cajón de los pensamientos a medio terminar, mientras me quedo despeinada y arrojando caracoles al espejo, sísísí.
Así que un abrazo transoceánico para los dos, y muuuuuuchos caramelos de los que siempre distinguen a los tíos del resto de las personas para mi sobrinita que es un solazo (bueno, para Odyseo también guardaré alguno, que ya he dicho que las golosinas pierden gusto cuando no se comparten).
Gracias por leer, y por estar ahí.
:))
la soledad debe ser eso... me parece que es el título de una película y un libro y no sé por qué me la has recordado. Bonito texto.
Saludos!
Tengo necesidad de inventarte al otro lado del charco, en forma de mujer que duerme después de la batalla con el cabello revuelto y las manos escondiendo mariposas. Tu inconsciente crea historias hechas con los dedos de quien vive en la otra cara de la luna, disparando caracoles sobre la ventana para comprobar si llueve. Suerte en tus visitas al otro lado del espejo.
Fue Tu sobrina recién adquirida y era Mayo 16, 2004 07:13 AM