Asistimos a tiempos convulsos. Las noticias se llenan de tanta violencia que los estremecedores hechos de la realidad apenas duran unos segundos en nuestra memoria. Los sangrientos balances diarios del avispero en que se ha convertido Oriente Medio los contemplamos, eso sí, con un bienpensante sentido de solidaridad y preocupación, a medio camino entre la piedad cristiana y el convencimiento, ciertamente con su matiz egoísta y mezquino, de que nada podemos hacer y de que las cosas discurrirían de otra forma si admitiesen la supremacía de la forma de vida occidental. Pero, aquí mismo, no podemos sustraernos a la ración de violencia cotidiana cuya máxima expresión no es el terrorismo etarra, fenómeno deformado y ampliado mediáticamente con fines diversos y no del todo claros, sino el más convencional sufrimiento de los parados, las mujeres maltratados o los inmigrantes ilegales, obligados a sobrevivir en un mundo francamente hostil y con el agravante de estar lejos de los focos de atención tal vez porque todos somos en parte culpables de la situación y preferimos descargar nuestras iras contra un demonio exterior.
Pero existe un nexo que une estos problemas...tanto la violencia en Oriente Medio, como el paro, la corrupción, el maltrato a las mujeres (odio el término violencia de género), la pobreza y las guerras tienen un origen común. Un origen establecido desde que existe el hombre y cuya solución, aunque en un ejercicio de ilusionismo posibilista, no debería ser rechazada. Las maldades de este mundo tienen su origen en el predominio de la fuerza sobre todos los demás valores del ser humano, y como primera consecuencia subyacente, y verdadero origen del problema, la imposición de la cultura, los sentimientos y los ideales del hombre sobre los de la mujer.
Es el machismo, forma incompleta pero muy visual de denominar al origen de los problemas, el que ya desde los tiempos remotos nos ha conducido, a través de una historia repleta de violencia al mundo que hoy vivimos. Podemos establecer todas las etapas que queramos a la hora de estudiar la Historia Universal, confrontándolas entre ellas como vaivenes de un péndulo, pero, en el fondo, sigue siendo una historia hecha por hombres donde las mujeres han servido, como mucho, como meros instrumentos, y donde las pocas que han conseguido pasar a la Historia han debido vencer no sólo la dificultad de realizar un hecho memorable sino, además, el mero hecho de ser mujer.
Podría pensarse que tras los movimientos de liberación de la mujer, que comenzaron en el siglo XIX, y que se han desarrollado durante el siglo XX podrían haber reconducido la desigual participación de ambos sexos en la historia, evolución, costumbres o desarrollo de la civilización pero nada ha cambiado. En el substrato, al menos. Cierto es que las mujeres pueden votar (que generosidad la de los hombres), llegan a puestos de responsabilidad (unos pocos, claro), pueden elegir libremente cosas que antes estaban totalmente prohibidas, pero lo que salvaría a la humanidad no son estas migajas de poder sino algo mucho más revolucionario.
La hipotética solución a los problemas de la humanidad sería que, ya que la evolución basada en la preponderancia del género masculino sobre el femenino nos ha llevado a la situación actual, lejos de otorgar la paridad total que probablemente conduciría a una nueva batalla por el control del poder, se invirtieran los valores, de forma que aquellos valores en los cuales la mujer es superior al hombre (a ustedes dejo el gusto de enumerarlos), fueran el eje de la nueva sociedad. De esta forma, y visto lo mal que nos ha ido la sociedad machista, desarrollemos una sociedad feminista (en el verdadero sentido del término)
Otro día hablaré del segundo gran mal que ha asolado la sociedad humana además del machismo, es decir, de la religión.
este me ha molado.
Escrito por hacernohaciendo a las Enero 25, 2005 01:08 AM