Hace años que veo a mis padres unas 4 ó 5 veces al año. Me he acostumbrado tanto a sus ausencias y a sus presencias que cuando llevo tiempo sin verles, ni siquiera puedo decir que les eche de menos. Y es una pena. Ser padres es uno de los oficios más ingratos que existen. Cuando los hijos son pequeños, requieren atención constante y continuas preocupaciones. Y son tan pequeños que no se dan cuenta de los sacrificios que suponen. Cuando llega la adolescencia, los padres no son más que un estorbo, un freno. Y se les odia. Cuando por fin llegamos a la edad de ver el auténtico valor de la p(m)aternidad, estamos demasiado implicados en nuestra vida, en nuestros problemas, o bien somos demasiado "adultos" como para ir donde nuestros padres a reconocer sin tapujos lo grande que es nuestra deuda con ellos.
En nada de esto estaba pensando cuando llegué el sábado al mediodía a casa de mis padres para pasar 3 días de descanso. Al llegar allí me encontré a mi hermano en posición de combate, es decir, tumbado en el sofá viendo la tele, defendiéndose de los ataque de mi madre, que pretendía que se quitara el pijama al menos para comer. Mi hermano es un ejemplar único del "homo solterus", rama "cavernícola", especie en vías de extinción, del que sólo sobreviven unos pocos ejemplares en reservas naturales de Norte y Nordeste de España, como por ejemplo la reserva de la biosfera de Plan en Huesca, o en el reducto de Gaztelubide en las faldas del monte Urgull en San Sebastián.
Las perras saludaron cariñosamente a todos los presentes, agitando sus apéndices traseros con especial virulencia, cuando mi progenitora sacó del balcón un enorme puchero de arroz con carne y se dirigió a la cocina, llevando tras de sí sus peludos traseros. Yo me dirigí a mi cuarto y me llevé la sorpresa de que mi madre me había comprado un libro (lástima, con lo bien que me hubieran venido unos trapos de cocina). Título del libro: "Guía para evitar un matrimonio ruinoso". Indirectas al margen, me puede servir de base para un futuro artículo.
Posteriormente, me encaminé hacia la mesa del comedor, que a esas horas rebosaba ya de suculentos manjares cuya enumeración ahora sería demasiado prolija, además de una putada para aquellos que viven del precocinado, o de los platos que les cocina su recién estrenada esposa. Mención especial merecía el vino, un Viña Beronia, Gran Reserva, que ha sido mi biberón particular durante la estancia.
Así que, ya desde mis primeros momentos en la ciudad que me vio nacer, me encaminaba yo a cumplir la consabida ecuación matemática de:
Y = X - 1 donde
X = Número de días de estancia fuera de casa
1 = Uno, por si alguien ha estudiado en la escuela pública e
Y = Número de borracheras con sus pertinentes resacas
Luego, este fin de semanas he de sumar dos a mi ya de por sí elevado número de veces que el alcohol ha podido con mi voluntad de llevar una vida sana y comedida. El sábado, en especial, fue memorable, porque si al vino de la comida, le añadimos el champán francés, marca Pommery, de la sobremesa, que si una copita por aquí, un sorbito por allá, más vino en la cena y luego de copas por la nuit, llegamos a la inevitable pérdida de compostura y modales, y a acabar a altas horas de la madrugada en la playa, con el único amigo que aún me queda de mis años mozos, su francesa novia, tres amigas de ésta y algún bulto más de difícil reconocimiento, jugando a una nueva variante del impávido, mientras mi hermano se bañaba en pelotas a pesar de la lluvia, el frío y el escaso eco que tuvo su iniciativa.. Por otro lado, me sorprendió comprobar de que soy más flexible de lo que suponía.
Lo siguiente que recuerdo son los gritos de mi madre, conminándome correa en mano a sacar de paseo a las perras, a las que tenía expectantes en la puerta, con las vejigas a punto de ecografía.
El domingo fue un calco del sábado salvo que por la noche, en vez de buscar los límites de aguante de nuestros ya de por sí baqueteados cuerpos, mi hermano y yo, enfundados en nuestras mejores galas, intentamos ir de ligue. Los avispados lectores supongo que habrán captado ya que no hubo éxito en tan arriesgada misión, porque, entre otras cosas, no hubiera esperado al penúltimo párrafo para comentarlo. Tampoco es algo muy extraño en una ciudad donde sólo unos pocos privilegiados mojan, y otros acabamos siempre mojados.
Llegó el lunes. Mi madre me preparó unos paquetitos con las sobras de la comida. Nos despedimos de todos y emprendimos el viaje de vuelta, llegando a casa ya de noche, agotados y con la satisfacción del deber cumplido al menos en un 80%. En verano volveremos, en mejores condiciones, una vez llevado a cabo mi plan de adelgazamiento, y aprovechando de que llueve menos y de que las chicas llevan menos ropa.
Unas puntualizaciones.
Beronia no comercializa ningún vino con el sustantivo "Viña". Es Beronia, a secas. El gran reserva se llama "Reserva de Familia" y es un Reserva de Gama Media. Rico, pero no para tirar cohetes.
El Pommery... mmm que rico.
Y con respecto a los padres... recuerdo alguien que me dijo:
Cuando eres pequeño dices "Qué dice mi Papá que..."
De adolescente dices "Dice el gilipollas de mi padre que..."
Y de mayor "Mira, como decía mi padre, y a demas tenía toda la puta razón del mundo..."
En fin, tu post, un día más: cojonudo.
Escrito por xabe a las Abril 13, 2004 12:18 PMNo bebas mucho... por ahí hay peña que quiere que le alimenten sus padres, hasta que le puedan alimentar sus hijos :p Saludos
Escrito por jasp a las Abril 13, 2004 12:24 PMEsta vez no mojaste porque no quisiste.. mira si no a tu hermano...
Escrito por odyseo a las Abril 13, 2004 12:54 PMYo de vinos entiendo poco. Si tengo que elegir yo suelo pedir Imperial o Viña Alberdi según quién pague la cuenta (o si pago yo, según otros detalles sin especificar)
El Beronia en cuestión es este:
http://www.granseleccion.com/shop/product.asp?dept%5Fid=11001&pf%5Fid=11001006
Te advierto que las 4 primeras botellas entraron de miedo.
En cuanto a lo de no mojar porque no quiero, sólo una pequeña matización: Yo siempre quiero
Escrito por hallofon a las Abril 13, 2004 01:12 PM