Abril 27, 2004

Bucólico Paseo

Este fin de semana ha sido bastante atípico. Apenas he bebido y me he dedicado a pasear, tomar el sol y hacer el vago. Y se nota. Por una vez he llegado al trabajo un lunes más descansado de cuando me fui el viernes.

El sábado en particular hice algo que llevaba años sin hacer. Cogí a las perras y me fui a andar por el monte. Nos pusimos unas cintas alrededor de la cabeza, para que el sudor no molestara nuestros ojos, unas cartucheras donde guardar las bebidas isotónicas y con moral y aplomo, tras dejar el coche en el aparcamiento habilitado para montañistas y otros domingueros, asaltamos las cumbres que se erguían ante nuestros ojos. Bueno, hablar de cumbres sea tal vez algo exagerado, ya que no eran propiamente montañas, ni siquiera colinas. Más bien unos exabruptos del terreno que, como aperitivo para alguien acostumbrado a otro tipo de gestas, me parecían más que suficiente.

Dicho esto, y bajo un sol de justicia, comenzamos nuestro periplo con suave paso. Quise, para no acabar agotado a las primeras de cambio, imponer un ritmo pausado y constante. Por ello, cuando otros caminantes me adelantaban, les miraba con cierto aire de superioridad esperando ver luego sus restos agonizantes en la cuneta pidiendo auxilio. Cuando me adelantó un octogenario con muletas y todo, me dije a mí mismo que tal vez debería apretar más el paso. Pero cuando lo del bebé a gatas, mi moral cayó por los suelos. Apreté los dientes, alargué la zancada y tras ímprobos esfuerzos conseguí adelantarlos, lo cual elevó mi moral pero aumentó mi sensación de sofoco.

Y es que el sol azotaba de firme. Por ello, me coloqué un gorro de cricket, que compré en Brighton cuando fui a ver el partido de liga entre los condados de Sussex y Worcestershire, y admiré el gran partido de la estrella de este último equipo el jugador de Zimbabwe Graeme Hick, que, a pesar de su centenario registro, no pudo evitar la victoria de los locales. Sirva este inciso deportivo para, además de demostrar a la audiencia que uno está muy viajado por el mundo y que retiene en su memoria datos de gran interés, rellenar de paso unas líneas porque a ver de donde saco yo materia suficiente para completar una página narrando únicamente un paseo por el monte.

Tras haberme aclimatado al entorno hostil, decidí dar un paso más en mi osadía, y abandonar el pacífico sendero y adentrarme campo a través. Cuando ya había avanzado unos metros hoy a unos gritos y volví la cabeza. Allí estaba un hombre, ataviado de un bastón de esos que regalan en cualquier Caja de Ahorros, si les haces una imposición a medio plazo, y un sombrero que pretendía emular supongo, al Doctor Livingstone o viceversa, que me gritaba: "Mucho cuidado que por donde va Usted está lleno de horteras". La verdad es que me sorprendió la advertencia ya que por donde yo estaba no se veía nadie, y me resultaba extraño que, detrás de los matorrales que se presentaban ante mí, hubiese gente agazapada, esperando mi incauta presencia para asaltarme con sus transistores, sombrillas multicolores, ropa pasada de moda y una paella campestre. De todas formas, decidí hacer caso a aquel buen hombre y me reintegré al sendero marcado.

A los pocos segundos noté un irritante picor en las piernas y en los brazos, picor que fue aumentando considerablemente y que, a pesar de rascarme furiosamente, no se desvanecía. No puede evitar oír el comentario de una señora que comentó por lo bajinis a su acompañante "Mira a este dominguero, se ha metido de lleno en el campo de ortigas". Entonces comprendí. Por afinidades fonéticas confundí ortigas con horteras y el buen señor estaba sólo intentando evitarme posteriores dolores, sobre todo morales porque menudo ridículo acababa de hacer.

Finiquitada pues de forma abrupta mi bucólico paseo matinal, llamé a las perras y emprendí el camino de regreso, con gran alegría de éstas que desde el principio no se habían mostrado muy entusiasmadas con el plan trazado. El picor fue desapareciendo poco a poco y el optimismo fue de nuevo apoderándose de mí. Llegué a casa y me pegué un baño que me dejó como nuevo, me puse ropa informal y me fui con unos amigos a tomar un pequeño aperitivo en una terraza y a comer tranquilamente mientras les relataba los pormenores de mi excursión matutina, omitiendo algunos detalles que no venían al caso.

Y así es más o menos como he pasado yo este fin de semana atípico por si a alguien le interesa que lo dudo mucho. El próximo weekend prometo volver a emborracharme hasta las cejas, intentar ligar con alguna incauta y hacer todas esas cosas que mi público fiel pide que haga.

Escrito por Hallofon a las Abril 27, 2004 09:39 AM | TrackBack
Comentarios

Sabio plan el de tu próximo fin de semana. Veo con agrado que tu pericia excursionera está casi la par con la mía.

Escrito por krida a las Abril 27, 2004 01:14 PM

Jajajajajaj...a mi la aventura campestre me ha gustado...pero claro, no fui yo la que tuvo un encuentro con las ortigas :P

Escrito por toya a las Abril 27, 2004 01:36 PM

Tras algunos días de obligada ausencia, vuelvo a la blogosfera. Se te saluda. Por cierto, ¿se te ha soltado la lengua?

Escrito por odyseo a las Abril 28, 2004 10:05 AM

Bienvenido de nuevo odyseo. Mi lengua siempre ha estado muy suelta y juguetona. Es uno de mis atributos más apreciados

Escrito por hallofon a las Abril 28, 2004 10:41 AM
Escribir un comentario









¿Recordar informacion personal?