Tras tres posts seguidos correspondientes a la categoría de Mucha Guasa, buscando un pequeño descanso, voy a publicar otro tipo de artículos bajos en tonterías y alquitrán. Necesito alguna neurona imaginativa para contener las hordas auditoras que todavía asedian mi despacho.
Así que ahí va un recuerdo de otros tiempos cuando era más joven, estaba muy delgado y la vida era mucho más sencilla. Es un relato verídico en un 95% ya que me he permitido ciertas licencias artísticas con el fin de hacerlo más ameno:
Apoyado en la barra del bar, apuraba el último sorbo de mi cerveza antes de pedir otra. Mirando fijamente a la chica que tenía enfrente, cavilaba sobre qué hacer. Nunca he sido un ligón de libro, de los que se acerca a alguna desconocida y consigue, mediante su labia fácil o un puñado de frases hechas, intimar lo suficiente para proseguir la velada juntos. Tampoco soy tan guapo como para no necesitar de algún buena base de conversación a la hora de iniciar una relación. Era evidente que ella estaba sola, que se había ido separando conscientemente de su grupo de amigas. Y era todavía aún más evidente que había clavado su mirada en mí, que estaba esperando a que yo me incorporara y me dirigiera a ella
Y allí estaba yo imaginando una estrategia de aproximación que tuviera alguna posibilidad de éxito. Por desgracia, era ya muy tarde y aquel día la ración de alcohol había sido aún más abundante de lo ya de por sí habitual. A pesar de que había conseguido frenar considerablemente el ritmo de ingestión, mis amigos y yo estábamos ya en ese punto donde lo que hace unas horas era un grupo cohesionado y alegre, se había convertido en una serie de zombies desperdigados por el local, con unos pocos aguantando el tipo y otros definitivamente entregados al sopor inconfundible de una enorme borrachera.
Algo tenía que hacer. Se trataba de una chica guapa con un tipazo increíble. Y con un gusto para los hombres muy especial, ya que, de entre todos los que estábamos en el bar, se había fijado en mí. Así que, a trancas y barrancas me dirigí hacia ella, y esforzándome por hablar claro y sereno le invité a tomar una copa. Ella me contestó:
- Claro, siempre me han atraído los hombres que usan ropa interior de color rojo
Vaya hombre! O la chica tiene rayos x en los ojos (mi sueño de infancia junto a ser invisible) o bien en alguna parte de mi pantalón, a la altura de la entrepierna se había producido un boquete que trasluciera mis partes más resguardadas. Disimulando como pude, que en mi estado dudo que fuera mucho, palpé la zona en cuestión, y, efectivamente, pude notar un descosido de gigantesco tamaño en la zona inglinal. En ese momento mi mente se trasladó a 30 minutos antes cuando había estado descansando en un altillo, ligeramente despatarrado, y ofreciendo una vista panorámica a toda la clientela del local (*)
Pronto pude comprobar que la chica era además inteligente, marchosa, simpática y que le gustaba mi particular sentido del humor. Yo estaba ensimismado. Más que nada por el generoso escote que tenía ante mis ojos. Aquello no podía ser un ligue casual de una noche y si te he visto no me acuerdo. No recordaba ninguna conjunción de gustos e intereses tan rápida en mis muchos años de salidas nocturnas. Sólo había dos problemas, la chica no bebía cerveza y le gustaban Tina Turner y Dire Straits. Qué le vamos a hacer, alguna imperfección tenía que tener.
Me contó que sólo había venido a pasar el fin de semana a la ciudad, a visitar a unas amigas y que desde el primer momento se había fijado en mí. Le había gustado mi seriedad, mi inquietante mirada y el buen humor con el que encaraba mi soledad. Yo le dije que no estaba solo, que había venido con el que estaba dormido sepultado bajo los abrigos, el otro dormido encima del altavoz gigante y el que babeaba sobre el escote de la rubia neumática de las grandes tetas.
Y pasamos el resto de la noche hablando, riendo y bebiendo. Fue una noche inolvidable, aunque casi todos lo que conozco de su desarrollo es porque ella me lo fue contando las siguientes veces que nos vimos. Lo que sí recuerdo es que fue demasiado especial para estropearlo con un broche de sexo que, en mis lamentables condiciones, puedo asegurar que no hubiese estado a la altura que se merecía. Así que la acompañé al hotel, nos besamos fugazmente y quedamos para pasar el día siguiente juntos y conocernos mejor.
Así comenzó la relación más seria, agradable y duradera que he tenido nunca con una mujer. Aunque no nos veíamos muy a menudo, o tal vez por ello, la recuerdo sólo por sus buenos momentos que eran mayoría aplastante. Y después de algo más de un año la relación terminó, por los motivos que supongo son habituales: llegó un momento en que había mejores alternativas. No creo que estuviera nunca enamorado de ella ni ella de mí.
Posteriormente me he cambiado de ciudad tres veces y he perdido su rastro. Hace años que no tengo noticias suyas. Supongo que estará bien porque es algo que todos nos merecemos y no tiene por qué no ser así.
(*) Lamento profundamente la fijación que tengo con hablar de mis partes íntimas. Prometo consultar el caso con mi terapeuta sexual.
Muy bueno el post, con las pinceladas justas de ese sentido del humor tan característico.
Sigo intrigadísima con tus gustos musicales...ahora ya sé que tampoco te gusta Dire Straits y Tina Turner....los tacharé de la lista.
Desperados... esa es nuestra cerveza, amigo.
Escrito por odyseo a las Mayo 18, 2004 10:12 AMEnternecedora tu historia de hoy (a la par que divertida)..
Escrito por krida a las Mayo 18, 2004 10:37 AMQuien sabe si ella, algún día lea este weblog...
Ahh, y aunque tu lo niegues, yo sé que te enamoraste pillín!!! ü~~
Escrito por jasp a las Mayo 18, 2004 11:30 AM