Debido a que la gran cantidad de correo recibido pidiéndome que hiciera un alto en mis vacaciones y publicara algo, ha llegado a colapsar mi cuenta gmail, he decidido ser altivamente condescendiente y sacar a la luz el primero de una batería de 36 artículos relatando mis aventuras estivales bajo el epígrafe: "Mis vacaciones y yo". Ríanse ustedes de los culebrones venezolanos de TVE1 (por cierto... pobre Rebeca!)
Mis Vacaciones y Yo: Días 1 y 2. Primeras sorpresas
Como Ustedes saben, el primer destino fue mi ciudad natal de San Sebastián que en esos días estaba celebrando su Semana Grande. Nada más llegar, y tras una suculenta cena, me dirigí a casa de unos tíos que tienen una visión privilegiada del espectáculo de los fuegos artificiales y unos postres de chocolate de chuparse los dedos. Allí me esperaba la primera sorpresa: las hijas allí presentes de unos amigos de mis tíos, me comentaron lo favorecido que estaba con mi bronceado y esos kilos que había perdido. Yo, que no recordaba haber extraviado ninguno, no pude devolverles el cumplido porque hubiera sonado más falso que una declaración de principios de Joaquín Sabina.
Una vez concluido el evento, mi hermano y yo nos dispusimos a hacer un recorrido por las zonas más marchosas de Donosti, que es lo mismo que decir por las zonas con más glamour de Torremolinos. Al final, terminamos a las tres de la mañana, tomando Heinekens con un nativo de Colorado, abogado especialista en divorcios y quiebras, que se encontraba allí de luna de miel, pero a cuya recién estrenada mujer no vimos por ningún lado.
Al día siguiente me esperaban el resto de sorpresas, en forma de actividades que mi madre tenía preparada para mí. Por la mañana: sacar a pasear a una viejecita de 86 años, amiga suya, que no salía nunca a la calle. Al mediodía: acompañarla a la playa para cuidar de los nietos de una amiga que se encontraba de celebración por otros lares. Y por la tarde: llevarla a visitar a una tía política, aquejada de Alzheimer y que se había roto recientemente la cadera. Antes de que pudiera abrir la boca para protestar me enseñó una lista con las viandas y manjares que me tenía en preparación para el caso en que me comportara como un buen chico. Al más puro estilo Naciones Unidas o FMI.
Así que, sin ninguna objeción, me dirigí a casa de la viejita para darle un paseíto. La señora en cuestión era un magnífico ejemplar de la raza vasca y, probablemente, habría sido levantadora de piedras en su juventud. Así que, ya en el portal, y tras bajar una docena de escaleras, llevaba el espinazo partido, sudaba de forma amazónica y tenía la boca pastosa y babeante. No vino mal su invitación a tomar unas cañas y unos pintxos en el bar de al lado. En resumen, aquel paseo se me hizo más largo que un concierto de Charlotte Church. Aunque no sé si fue peor el par de sonoros besos que me dió como agradecimiento en su despedida.
Mi segundo destino era la playa de La Contxa, lugar al que siempre he tenido especial asco. Allí me esperaba mi madre y un par de inocentes criaturitas, en espera de un servidor que les amenizara la mañana. Nada más llegar yo se pusieron a berrear que quería ir al gabarrón (una especie de plataforma en mitad de la bahía donde hay un tobogán y un trampolín para hacer el ganso y que suele servir de refugio para padres en espera de la hora de comer). A mí cualquier distancia acuática me parece excesiva así que me negué en redondo a acompañarles, pero un sutil ademán gestual de mi madre me hizo cambiar de opinión ipso facto.
Lo malo es que estos chicos, de 8 y 10 años, estaban convenientemente provistos de un Paipo y unas aletas, y yo, de lo único que disponía era de mi bañador/spinnaker y las uñas de los pies como único aditamento para la travesía. A pesar de las dificultades, el pensar en los pimientos rellenos, txipirones en su tinta y demás maravillas que me esperaban en casa, me hicieron deslizarme sobre el agua como un sireno y llegué allí, me tiré por el tobogán de todas las formas posibles e hice un ridículo muy sano en mis zambullidas desde el trampolín.
Para terminar la jornada, la visita a mi tía resultó de lo más desalentadora. Yo, que no la había visto en varios años, la recordaba como una señora elegante, muy agradable y cariñosa. Y se había convertido en un guiñapo humano, encogido, que no reconocía a nadie y no decía más que cosas sin sentido. Hay veces que llegar a viejo asusta.
Estos fueron mis dos primeros días de vacaciones. Hice bastantes más cosas de las que pretendía y confiaba en que los siguientes pudiese descansar de tanto ajetreo
Pero me equivocaba...
Escrito por Hallofon a las Agosto 26, 2004 09:18 PM | TrackBackHola Hallofon me alegro de leerte de nuevo.
Buena idea lo de postear en vacaciones.
Es curioso que da igual la edad que tengas pero (y a mi me pasa igual) con el mismo gesto que la madre te hacía de pequeño, sigues obedeciendo aunque tengas 20, 30, o 40 años.
En el caso de mi madre es una mirada, "La Mirada".
-"Hijito hoy su hermana tiene que ir a unos ejercios espirituales para reflexionar sobre el séptimo domingo después del advemimiento, ¿Por que no va a su casa a ver a los niños (que son CUATRO de 4 a 9 años) eh?
- Pero mamá, es que yo tengo que...
-(La Mirada).
- Sí mamá voy...
Escrito por Pródigo a las Agosto 27, 2004 10:27 AMPero te fuiste de vacaciones o de boluntario de una ong...
Escrito por cedrik a las Agosto 27, 2004 04:57 PMBueno, mira aprovechaste el tiempo para hacer algo mas que vaguear como es costumbre en todas las vacacaciones ejjejejeejejje.
Saludos
Escrito por Ginebra a las Septiembre 4, 2004 02:42 PM