He pasado unos días en mi ciudad natal de San Sebastián. Llegué allí el día 30 de Diciembre dispuesto a comerme el mundo. Más bien a comerme todos los manjares que me pusieran a tiro de boca.
Lamentablemente un acontecimiento imprevisto vino a cambiar por completo mis planes: la súbita diarrea de mi perra D. por motivos que desconozco pero que probablemente estén relacionados con su afición a comer más de lo debido. Así que el día 31 de Diciembre, a las 7.00 de la mañana unos gemidos apenas perceptibles vinieron a perturbar mi pacífico sueño. En principio, pensé que era alguna de las 6 walkyrias que me acompañaban en un sueño en el que estaba disfrutando de lo lindo, pero cuando dichos gemidos se transformaron en ladridos tomé consciencia de que algo no encajaba. Levanté un párpado y vi dos ojos oscuros y lastimosos que me miraban suplicantes. En cuanto me incorporé la perra salió disparada hacia la puerta de la calle. Yo me puse un abrigo sobre el pijama y unos zapatos y salí corriendo tras ella.
Una vez fuera, mi perra se olvidó del cariño que tiene al ascensor y decidió bajar por las escaleras de ocho en ocho, seguida por mí, a punto de tropezarme en cada peldaño y todavía recuperándome de la nochecita que me habían dado las nibelungas. Llegamos al portal en tiempo récord. Abierta la puerta, la perra se dirigió al galope al excusado ajardinado que está a la vuelta de la esquina. Yo la seguí de lejos procurando que nadie se percatara de mi inusual aderezo. Omito describirles lo que salió de dentro de mi pobre perra pero comprendí perfectamente las urgencias que le habían invadido. Tras un corto paseo me volví a casa. Me despojé del abrigo y el calzado e intenté retomar, sin éxito, el asunto del que había sido interrumpido.
Dos horas más tarde repetición de la jugada. Yo, dormido como un tronco. Y la perra con necesidades perentorias. Otra vez a levantarse. Esta vez decidí ponerme un pantalón por encima, además del abrigo, y se repitió el ceremonial narrado anteriormente.
Y así estuvimos durante todo el día 31, puntualmente, cada dos o tres horas. No pude ni echarme la siesta. Por ello, la noche de fin de año estaba con un sueño que me caía y con unas ojeras que llegaban hasta el suelo.
Una vez terminado el ritual de las uvas me metí en la cama esperando que la perra respetara el nuevo año. Pero qué va. A eso de la 1:45 ya estaba de nuevo en pijama en la calle. Esta vez, cuando ni siquiera habíamos llegado a la hierba un sonoro petardo nos pegó un susto de muerte. Mi perra, como casi todos los cánidos, tiene un pánico atroz a esos artilugios pirotécnicos. Y la pobre se me plantó allí, en la acera, con el rabo entre patas y tiritando de miedo. La arrastré hasta donde pudiera solazarse pero no quiso saber nada. Sólo quería volver a casa. Noté como la furia empezaba a apoderarse de mí. De nuevo otro estruendo me ayudó a identificar a los culpables. Eran un padre y su hijo de aproximadamente 10 años los que se divertían pegando sustos al personal.
Como no estaba para muchas bromas, después del día que llevaba, planeé mi venganza. Me dirigí gatunamente hacia donde estaba el chavalín. Aproximándome sin ruido, coloqué mi boca a escasos centímetros de su oreja y grité con todas mis fuerzas. En aquel momento me alegré de no haber fumado nunca. El respingo que dio el muchacho fue de campeonato. Lástima que no había ningún juez homologado por la federación de atletismo, pues estoy seguro de que hubiese batido con holgura el record provincial alevín de salto de longitud. Hecho meritorio si tenemos en cuenta que lo hizo con ropa inadecuada y sin tomar impulso.
El padre se dirigió hacia mí hecho una furia. Yo, le agarré amistosamente del hombro y le dije:
“Mira. El susto que se ha llevado tu hijo, es el que se acaba de llevar mi perra gracias a vuestros petardos”. Y le señalé el tembloroso animal. Supongo que no le convencieron mis palabras, pero sí el hecho de que le llevase al menos 10 centímetros y 15 kilos y que mi cara y voz reflejasen el hartazgo que llevaba ya encima.
Por lo tanto, recogió a su vástago, que seguía intentando estabilizar el tímpano a base de sonoros golpes en el oído con la palma hueca de la mano y se fue de allí con la petardada a otra parte. Yo me dirigí a casa con la satisfacción del deber cumplido y con una sonrisa en la boca que me duró tres horas, el tiempo en tener que volver a salir a la calle.
Jojojo qué bueno! Pero eso se graba! Ya lo sabe para la próxima = )·
Bezoz... = )·
Escrito por Eowyn a las Enero 4, 2005 07:53 PMjejeje, vente a mi barrio y le das algunos sustos a mis vecinitos.....
Escrito por cedrik a las Enero 4, 2005 09:50 PMNi Batman ni Supermán ¡¡Hallofón!!, a eso lo llamo yo impartir justicia. Mis tres perras ya tienen un nuevo héroe.
pobre perra!! menos mal tiene un amo bueno que se compadece ;)
Feliz año nuevo!
Escrito por Carolina a las Enero 5, 2005 06:03 AMSi señor, muy bien hecho. Los mismos derechos tiene tu perra que un niño de diez años.
Donde me vas a comparar un susto involuntario a un animal con una actitud agresiva hacia un menor. Pobre perra.
Tienes razón Yabu. Hoy en día los mocosos están demasiado consentidos y a los animales se les ignora
Escrito por Paula a las Enero 5, 2005 09:48 PM¡¡¡¡Mi héroe!!!! No soy perra, pero sí sorda con audífonos y no te cuento lo que me suponen los petarditos de las narices: me vuelven loca y me dejan los oídos hechos polvo por una buena temporada.
Me reí un mogollón, aunque también me dio penita tu perra; las diarreas son espantosas. Bueno, vale, también me dio algo de penita el dueño, pero lo del chillido en la oreja del vástago petardero te ha convertido en un HÉROE de verdad ante mis ojos. Bicos, chatiño. ¡A recuperarse los dos!
Lástima por tu perra. Espero que se le haya pasado ya. Lo del grito al niño y papá del petardo me parece una idea genial.
Saludos
juo juo juo xD habría pagado por ver eso xD, LOD EL GRITO ME REFIERO... no loq saliese de tu perra... pobrecita ¿q se hace con los perros en estos casos? ¿les dan arroz y jamón york?
Escrito por gorkamorka a las Enero 9, 2005 12:16 AMLa proxima vez, bombardeales, si recoges los depositos de tus perras en bolsas tan solo tienes que esconderte tras un muro y realizar el lanzamiento, si les das seguro que se les quitan las ganas de hacer el capullo.