Febrero 01, 2005

Otra estúpida anécdota amaricona

Hace aproximadamente 20 años yo vivía en Madrid. Mi hermano mayor en Estados Unidos. Yo tenía un Renault 5 TL Rojo. Ahora no me acuerdo si mi hermano tenía un Porsche 911 o un Saab además de una Harley Davidson. Un día que vino de visita a España me hizo un magnífico regalo: un teléfono para el coche. Lo que hoy es algo normal entonces era un lujo sólo al alcance de unos cuantos ejecutivos de primer orden para sus Jaguars o Mercedes.

Tal vez por ello, y para que no desentonara con el conjunto, el teléfono que mi hermano me regaló era DE PEGA. O sea, aparentemente tenía sus botoncitos, su cablecito y sus auriculares ergonómicos, pero era de puro plástico. De allí no salía ni línea ni siquiera un mísero punto. Eso sí, no tenía interferencias y no comunicaba

Pero a mí me encantó el invento. Rápidamente lo coloqué al lado del volante. Lo utilizaba sobre todo en momentos puntuales. Por ejemplo, cuando me tocaba en un semáforo al lado de uno de los ejecutivos mencionados en el primer párrafo y que osaba mirarme con aire de superioridad mientras mantenía una conversación, se supone, de importancia capital con su reluciente aparato (me refiero al teléfono). Entonces sacaba yo el mío y a ver quien lo tenía más grande (el aparato, o sea el teléfono). También lo intenté unas cuantas veces cuando mi compañero de parada era un coche lleno de chicas guapas pero intuyo que se fijaban más en la precariedad del vehículo y su lamentable aspecto que en la inigualable gracia cómica del conductor.

Un fin de semana que estaba yo en un pueblo de la costa vizcaína sucedió la anécdota que da título a este artículo. El caso es que el R5 tenía una peculiaridad (bueno, en realidad tenía dos siendo la otra que la calefacción funcionaba siempre, en invierno o en verano, hecho que ya comenté en su día). Resulta que la cerradura de la puerta estaba rota por lo que siempre estaba abierto. Tampoco me preocupaba en demasía porque a quién se le podría ocurrir robar semejante cacharro. El caso es que por motivos de la instalación de unas barracas de feria, la Ertzaintza tuvo que mover mi coche de sitio. Y el encargado de hacerlo se percató de que tenía la puerta abierta y que cerca del salpicadero había un flamante artilugio electrónico que podría suscitar el interés de algún amante de lo ajeno.

En un exceso de celo lo retiró y me dejó una nota en el parabrisas que decía “El teléfono está guardado en Comisaría. Puede parar a recogerlo cuando quiera”. No me hizo mucha gracia el tener que ir a Comisaría a ser objeto de escarnio y mofa por parte del personal de esta. Y efectivamente, tras entrar en Comisaría me acerqué al mostrador y, en voz muy baja, me identifiqué como el propietario del insigne teléfono. Inmediatamente el agente de guardia me miró con mirada maliciosa y una sonrisilla cómplice mientras por señas avisaba a sus compañeros de que había llegado el que, probablemente, llevaban todo el día esperando. Desapareció por unos segundos y volvió con mi apreciado instrumento. Me hizo algún comentario pretendidamente gracioso sobre lo ocurrente y original de mi posesión y lo bien que quedaba en un R5 tan cochambroso, comentario que no oí pues me encaminé como alma que lleva el diablo hacia la salida.

El caso es que no volví a instalarlo. Había perdido toda la gracia para mí. Pero curiosamente debió cundir el ejemplo porque un par de años más tarde leí en un periódico que el 30% de los teléfonos instalados en los coches eran de broma.

Escrito por Hallofon a las 03:35 PM | Comentarios (7) | TrackBack

Enero 04, 2005

31 de Diciembre

He pasado unos días en mi ciudad natal de San Sebastián. Llegué allí el día 30 de Diciembre dispuesto a comerme el mundo. Más bien a comerme todos los manjares que me pusieran a tiro de boca.

Lamentablemente un acontecimiento imprevisto vino a cambiar por completo mis planes: la súbita diarrea de mi perra D. por motivos que desconozco pero que probablemente estén relacionados con su afición a comer más de lo debido. Así que el día 31 de Diciembre, a las 7.00 de la mañana unos gemidos apenas perceptibles vinieron a perturbar mi pacífico sueño. En principio, pensé que era alguna de las 6 walkyrias que me acompañaban en un sueño en el que estaba disfrutando de lo lindo, pero cuando dichos gemidos se transformaron en ladridos tomé consciencia de que algo no encajaba. Levanté un párpado y vi dos ojos oscuros y lastimosos que me miraban suplicantes. En cuanto me incorporé la perra salió disparada hacia la puerta de la calle. Yo me puse un abrigo sobre el pijama y unos zapatos y salí corriendo tras ella.

Una vez fuera, mi perra se olvidó del cariño que tiene al ascensor y decidió bajar por las escaleras de ocho en ocho, seguida por mí, a punto de tropezarme en cada peldaño y todavía recuperándome de la nochecita que me habían dado las nibelungas. Llegamos al portal en tiempo récord. Abierta la puerta, la perra se dirigió al galope al excusado ajardinado que está a la vuelta de la esquina. Yo la seguí de lejos procurando que nadie se percatara de mi inusual aderezo. Omito describirles lo que salió de dentro de mi pobre perra pero comprendí perfectamente las urgencias que le habían invadido. Tras un corto paseo me volví a casa. Me despojé del abrigo y el calzado e intenté retomar, sin éxito, el asunto del que había sido interrumpido.

Dos horas más tarde repetición de la jugada. Yo, dormido como un tronco. Y la perra con necesidades perentorias. Otra vez a levantarse. Esta vez decidí ponerme un pantalón por encima, además del abrigo, y se repitió el ceremonial narrado anteriormente.

Y así estuvimos durante todo el día 31, puntualmente, cada dos o tres horas. No pude ni echarme la siesta. Por ello, la noche de fin de año estaba con un sueño que me caía y con unas ojeras que llegaban hasta el suelo.

Una vez terminado el ritual de las uvas me metí en la cama esperando que la perra respetara el nuevo año. Pero qué va. A eso de la 1:45 ya estaba de nuevo en pijama en la calle. Esta vez, cuando ni siquiera habíamos llegado a la hierba un sonoro petardo nos pegó un susto de muerte. Mi perra, como casi todos los cánidos, tiene un pánico atroz a esos artilugios pirotécnicos. Y la pobre se me plantó allí, en la acera, con el rabo entre patas y tiritando de miedo. La arrastré hasta donde pudiera solazarse pero no quiso saber nada. Sólo quería volver a casa. Noté como la furia empezaba a apoderarse de mí. De nuevo otro estruendo me ayudó a identificar a los culpables. Eran un padre y su hijo de aproximadamente 10 años los que se divertían pegando sustos al personal.

Como no estaba para muchas bromas, después del día que llevaba, planeé mi venganza. Me dirigí gatunamente hacia donde estaba el chavalín. Aproximándome sin ruido, coloqué mi boca a escasos centímetros de su oreja y grité con todas mis fuerzas. En aquel momento me alegré de no haber fumado nunca. El respingo que dio el muchacho fue de campeonato. Lástima que no había ningún juez homologado por la federación de atletismo, pues estoy seguro de que hubiese batido con holgura el record provincial alevín de salto de longitud. Hecho meritorio si tenemos en cuenta que lo hizo con ropa inadecuada y sin tomar impulso.

El padre se dirigió hacia mí hecho una furia. Yo, le agarré amistosamente del hombro y le dije:

“Mira. El susto que se ha llevado tu hijo, es el que se acaba de llevar mi perra gracias a vuestros petardos”. Y le señalé el tembloroso animal. Supongo que no le convencieron mis palabras, pero sí el hecho de que le llevase al menos 10 centímetros y 15 kilos y que mi cara y voz reflejasen el hartazgo que llevaba ya encima.

Por lo tanto, recogió a su vástago, que seguía intentando estabilizar el tímpano a base de sonoros golpes en el oído con la palma hueca de la mano y se fue de allí con la petardada a otra parte. Yo me dirigí a casa con la satisfacción del deber cumplido y con una sonrisa en la boca que me duró tres horas, el tiempo en tener que volver a salir a la calle.

Escrito por Hallofon a las 05:26 PM | Comentarios (10) | TrackBack

Noviembre 15, 2004

Deportes

Dentro de cada persona se esconde un deportista en potencia. El caso consiste en encontrar ese deporte en el cual podamos explayar convenientemente nuestras mejores cualidades y conseguir una maestría en el mismo de la cual podamos estar orgullosos. En mi caso, ese deporte es el tute.

Pero para llegar a esta conclusión he tenido que, a través de los años, ir probando toda clase de disciplinas en las cuales he hecho mis pinitos; en algunas con un éxito relativo y en otras con un fracaso absoluto. Aquí van, desgranadas y en orden más o menos cronológico, relatadas dichas experiencias:

- La natación: Ya he comentado en otro post mi experiencia en este campo. Para no ser repetitivo les resumiré que mi hermano y yo fracasamos, él por una otitis muy dolorosa y yo por mi negativa a hacer algo más que flotar.

- El judo: Con ocho años, yo daba clases de solfeo y de piano los lunes, miércoles y viernes después del colegio. Mis padres consideraron que todavía tenía los martes y los jueves libres y que debía aprovecharlos si no quería caer en las garras de la holgazanería y el consumismo. Por ello, nos apuntaron a mi hermano y a mi a clases de judo. Yo, que soy de natural pacífico y dialogante y no me gusta hacer daño a los demás, no colaboraba con el deseado interés. Si a ello añadimos que en aquella época era un enclenque y subdesarrollado palillo y me daban unas palizas de campeonato, quedó bastante diáfano que aquel deporte no era para mí. Asi como mi hermano fue cambiando el color del cinturón de su vestimenta con bastante asiduidad, el único cambio que se producía en la mía era que el cinto blanco cada vez estaba más sucio de todas las veces que rodaba por el tatami. Finalmente, tras consultarlo con mis maestros me retiraron de la circulación con gran alegría por mi parte.

El tenis: Mirando el calendario, mis padres se fijaron en que también tenía los fines de semana libres así que por qué no madrugar los sábados para dar unas sanas clases de tenis? Recuerdo frecuentemente aquel período por un acontecimiento extradeportivo: fue el año en que mi madre se sacó el carnet de conducir. Recorríamos toda la ciudad con mi madre al volante. Una experiencia inolvidable. Todavía me acuerdo cómo consiguió la proeza de que en una sola calle se le calara el coche 17 veces con las consiguientes recomendaciones de los automovilistas que nos rodeaban.

El esquí: Y Ustedes se preguntarán.. Y el domingo? Pues el domingo tocaba esquí. Ya he tratado este tema en otro post. Así que repetiré lo ya dicho. El único recuerdo que me queda de aquellos días es que pasaba frío, hambre, sueño y las chicas no me hacían ni caso.

Como ven, no había ningun día de la semana en el que no tuviera que madrugar. Desde entonces ando con falta de horas de sueño y me duermo por todas las esquinas.

- El baloncesto: Una vez terminado el judo y para rellenar el hueco decidí, esta vez no fue impuesto, meterme en algún deporte de equipo. Como todavía ningún ojeador me había reclamado para el fútbol, me decidí por el baloncesto. En el colegio había dos equipos: el A y el B. Por supuesto yo estaba en el B. Eramos lamentables. El único partido que ganamos en tres años fue porque el contrincante no se presentó. Por lo demás, los partidos más igualados eran contra los equipos B de otros colegios que sólo los perdíamos por 30 puntos. Contra los equipos A los perdíamos por más de 100. Y nunca llegábamos a meter más de 10. En los tres años no fui capaz de anotar un solo punto. No está mal no?

- El atletismo: Como era de los más rápidos del colegio, me apuntaron a un club de atletismo. Cuando llegué a la pista de entrenamiento, el entrenador me preguntó: Tu, en qué eres bueno? Sprint, medio fondo o vallas? Y yo respondí: ... bueno.... Así que el primer día hice sprint, el segundo medio fondo y el tercero vallas. Al cuarto ni me llamaron. Lo mejor de aquello es que mi hermano mayor, que me acompañó el segundo día, fue inmediatamente fichado y consiguió ser campeón provincial ese mismo año.

- El rugby: Este deporte lo practiqué ya de mayorcito, en la Universidad. Se formó un equipo en el Colegio Mayor donde estaba y nos apuntamos varios amigos. Yo, como ya he dicho, que rehuyo la violencia, me adjudiqué el puesto de alero, ya que, en estos equipos, el balón nunca llega hasta él con lo que evita encontronazos y ensuciarse la ropa. Y así fue durante los primeros partidos. Pero un día en que faltó el primer medio centro me colocaron en su lugar. Nada más empezar el partido me encontré con el balón entre las manos y antes de que pudiera pasárselo a otro, un animal salvaje me dió un soplamocos que me dejó sin respiración durante toda la primera parte. No éramos muy malos porque nuestro zaguero era de la selección española sub21 y la cosa consistía en darle el balón a él y él solito se encargaba de anotar. El caso es que conseguí desenvolverme bastante bien y llegué a anotar algún ensayo. Además nos invitaron a participar en un torneo en París durante una semana y aquello estuvo muy bien.

Este es más o menos mi historial deportivo. Como ven, hace al menos 20 años que no practico ningún deporte y, a pesar de todo, todavía consigo subir las escaleras de mi casa sin cansarme (aunque he de reconocer que vivo en un primer piso)

Escrito por Hallofon a las 11:11 AM | Comentarios (7) | TrackBack

Octubre 11, 2004

11 de Octubre

Hoy, 11 de Octubre, es una efemérides muy especial para mí. Y no sólo porque es el cumpleaños de Daryl Hall, mi cantante favorito, sino por otro motivo mucho más importante que tal vez cuente algún día aquí, en este blog, dentro de unos años. Pero hoy no me voy a detener ni en una cosa ni en otra sino en otro día como hoy, concretamente el del año 1.992.

Aquel día se casaba uno de mis mejores amigos, un compañero de facultad. Nacido en un pequeño pueblo rural del interior, se había labrado su camino a base de becas, con las que había recorrido internados de todo el país. En la Universidad, a pesar de provenir de ambientes opuestos, hicimos muy buenas migas y, a día de hoy, cuando él es ya un ejecutivo importante en una gran empresa, seguimos siendo grandes amigos.

Pero vayamos a aquel 11 de Octubre. Se casaba con su novia de toda la vida, vecina de otro minúsculo pueblo colindante. Como el lugar donde se casaba, un monasterio semi-abandonado y que sólo se abría para acontecimientos puntuales, se encontraba en un recóndito lugar donde los únicos pobladores eran un par de monjes nonagenarios, unas cuantas alimañas y algún que otro peruano que tocaba la flauta de pan, los compañeros de estudios que habíamos sido invitados quedamos en la capital de la provincia para dirigirnos allí en un sólo vehículo. Así que montamos en mi coche un gallego, un asturiano, un madrileño y un vasco. Tranquilos que no voy a contar ningún chiste.

Dada nuestra experiencia en terrenos rurales y a mi pericia como conductor y estratega llegamos justo en el momento adecuado: aquel en el que terminaba la celebración y los invitados se aprestaban a salir. Yo, que llegaba en ese instante, atisbé a dos fornidos mocetones provistos de cohetes y petardos que ya le hubiera gustado a Saddam Hussein tenerlos en su poder. Como soy un fisonomista de primera, pude intuir que aquellos dos muchachos eran Ingeniero de Telecomunicaciones de las últimas promociones el uno e Ingeniero Aeronáutico con amplia experiencia en la Agencia espacial Española el otro. Así que corrí a refuigiarme bajo un lejano y frondoso árbol. El primer cohete salió disparado hacia arriba, realizando posteriormente un escorzo y dirigiéndose raudo y veloz hacia donde yo me encontraba, explosionando a escasos centímetros de mis tímpanos. Del susto se me cayeron todos los botones de la americana. Al segundo cohete le pasó exactamente igual, con lo cual tenía ya el corazón a punto de salírseme por la garganta. Afortunadamente, lograron ajustar el punto de mira y los siguientes ya tomaron su pretendido objetivo: la muchedumbre que en esos momentos abandonaba el templo.

Posteriormente se produjo el acontecimiento central del día: el ágape. A los cuatro universitarios, todos solteros, se nos colocó estratégicamente en las mesa con las solteras más apetecibles de la región. Teniendo en cuenta que se trataba de una zona rural, apenas habitada y en franco declive, donde cualquiera que tuviera mínimamente una mínima posibilidad había ahuecado el ala, no hace falta que les diga que la belleza exterior de las dichas muchachas no era como para tirar cohetes, ya que estamos hoy muy pirotécnicos (de su belleza interior no puedo hablarles porque no me dediqué a investigarla). Así que nos dedicamos preferentemente a las botellas de vino colocadas sobre la mesa. Nuestras vecinas no paraban de lanzarnos insinuaciones. Pero, a cada aleteo de pestaña, más prieto sentía el nudo de la corbata y con más sed me lanzaba a por la copa de vino.

Una vez comidos nos dirigimos a la discotheque. Allí, y con el fin de no desperdigarnos y ofrecer un blanco fácil, los cuatro amigos permanecimos en el centro de la pista bailando sin resuello. En el momento en que el disjockey colocó una de esas canciones lentas para bailar a lo agarrao, los cuatro corrimos a los urinarios y estuvimos miccionando allí los más de veinte minutos que duró la música de confraternización. Cuando volvieron a resonar los conocidos sones de "Saca el wiki Cheli para el personal", corrimos raudos hacia el centro de la pista, bajo los focos, para proseguir con nuestras maniobras de distracción.

Afortunadamente, no sucedió nada aquella noche de lo cual pueda arrepentirme y no es más que una anécdota más que, simplemente, sucedió en una fecha muy señalada y querida.

Escrito por Hallofon a las 01:08 PM | Comentarios (7) | TrackBack

Octubre 07, 2004

Un mes en Francia

En Julio del glorioso año 1.975 (y digo glorioso por acontecimientos que ocurrieron después, más concretamente el 20 de Noviembre) mis padres nos enviaron a mi hermano mayor y a mi a un pueblo de los Pirineos franceses a pasar el mes de Julio. Era una especie de colegio de verano donde por las mañanas se estudiaba francés y por las tardes había una sucesión de actividades deportivas y extradeportivas de muy variado interés.

La edad mínima de inscripción era 14 años, edad que yo cumplí durante mi estancia allí, luego era el más joven de todos los allí presentes, lo cual me produjo algunas molestias que luego contaré. Además yo estaba en aquella época en plena pubertad con todo lo que ello conlleva: Unas hormonas ligeramente desbocadas a las que había que añadir una etapa intelectualmente rebelde. Por un lado, estaban las mujeres, que consideraba seres de interior traicionero y cursi pero con un envoltorio ciertamente apetecible y motivador. Por otro lado estaba mi actitud pasota e inconformista que me hacía adoptar una pose entre enfadada e independiente y a descuidar mi aspecto físico exterior. Además, como la odiosa Madre Naturaleza hacía de las suyas en forma de pelusilla sobre el labio superior, otros tres pelos repartidos por la cara, un crecimiento físico descompensado y un cambio de voz que a veces parecía un disco de 45 r.p.m. sonando a 33 r.p.m. y otras veces lo contrario, al final, mi atractivo físico de cara a afrontar mis primeros escarceos con el sexo contrario, que era en realidad lo único que me interesaba en aquellos momentos, dejaba mucho que desear.

Pero como la esperanza es lo último que se pierde, y dado que aquel lugar iba a ser frecuentado por extranjeras que yo suponía liberadas, tenía francas perspectivas de conseguir algo concreto que llevarme a la boca (la verdad es que me conformaba con poco). Lamentablemente más del 90% de los asistentes a aquel curso de verano eran españoles, y de estos, más del 90% eran vascos. Así que mi gozo en un pozo. Antes he comentado que había descuidado mi aspecto exterior. El caso es que llevaba una melena hasta los hombros, que lavaba muy de vez en cuando, unas bermudas vaqueras, una camiseta blanca toda raída, una camisa vaquera colocada indolentemente y unas sandalias de apóstol que dejaban entrever unos pies terminados en largos apéndices sin cortar. Si a ello añadimos una delgadez extrema y un andar encorvado y arrastrando los pies, contemplo ahora con horror que me había convertido en una especie de Joaquín Sabina de 14 años.

En aquella época, además de en las mujeres, mis intereses se centraban en el alcohol, los porros y la música, cuanto más rara mejor. Por eso me pasaba el día levitando con cosas tan extrañas como Premiata Forneria Marconi o Mahavisnu Orchestra. En cuanto llegué a aquel lugar y me di cuenta de que mi estancia iba a ser un calvario me dediqué a beber una botella de vino tinto en cada comida, dormirme en clase y vaguear por los pasillos y las habitaciones mientras otros se dedicaban a jugar al fútbol, al voleibol, a la natación o a intercambiar experiencias. Sólo conseguí hacerme dos amigos, también españoles, tan colgados como yo y con los que pasaba el día hablando de música y revolución. Al menos, durante aquel mes, me compré mi primer disco: un doble LP en directo de Creedence Clearwater Revival que todavía guardo como un tesoro.

El caso es que, sin mal no recuerdo, dos chicas se fijaron en mi y en mis poderosos atractivos. Como he dicho antes yo era el más joven de todos los allí presentes y a estas chicas les debí tocar su fibra maternal porque me adoptaron como mascota y se pasaban el día diciéndome lo guapo y tierno que era. Eso era de día. Por la noche se dedicaban a repasarse los labios con gente como mi hermano mayor (siempre jodiendome la fiesta el muy c..) y otros canallas del mismo pelo.

Un día se celebró una especie de función musico-teatral donde los allí presentes que quisieran podrían exponer sus talentos ante el resto. Como yo llevaba desde los 7 años tocando el piano pensé que aquel era el momento de epatar a alguna damisela sensible con mi virtuosismo con las teclas, así que me apunté gustoso. Mi hermano, que también chapurreaba un poco dicho instrumento, aunque por su natural indolente lo hacía mucho peor que yo, también se apuntó. La noche del evento él salió justo antes que yo. Tocó un pieza sensiblera y horrible a lo Richard Clayderman y lo hizo francamente mal. Al terminar observé con sorpresa que más de una tenía los ojos humedecidos por la emoción. En cambio, al acabar yo mi fantástica y muy difícil composición, sólo pude ver miradas de compasión que parecían decir: "Pobre chico, qué infancia más dura ha tenido que pasar". Abandoné el estrado cabizbajo mientras con el rabillo del ojo vi como estaba mi hermano en un oscuro rincón consolando a una chica muy guapa deshecha en un mar de lágrimas.

En resumen, fue un mes nefasto y del que no guardo muy buenos recuerdos. Acabé con el hígado hecho polvo a base de tanto vino peleón y enfadado con el mundo en general, con las mujeres en particular y con mi hermano en particularmente particular. Pero, lo que son las cosas, los dos años siguientes volví al mismo sitio y lo pasé de maravilla. Entre otras cosas tuve mis primeros escarceos amorosos, me operaron con anestesia general pasando una semana en el hospital y hice una entrañable amistad con un chico que, años más tarde, es una celebridad nacional.

Pero eso es materia para otros escritos.

Escrito por Hallofon a las 10:36 AM | Comentarios (10) | TrackBack

Septiembre 30, 2004

El día que nací yo

Vamos a dejar de momento las trepidantes aventuras de nuestras fuerzas de élite en busca de recuperar el honor perdido y voy a bucear de nuevo en mi particular baúl de los recuerdos para rescatar algún período de mi historia pasada. Y qué mejor momento que el día de mi alumbramiento, el día en que vine al mundo. Todo lo que voy a contar lo sé de fuentes externas que estaban allí presentes porque he de confesar que yo apenas recuerdo algo del momento (quizá los azotes en el culo para que comenzara a respirar lo que ha terminando derivando en... bueno mejor sigamos por otro camino)

Como Ustedes ya sabrán si son asiduos lectores de mi blog yo nací un 18 de Julio. Eso marca. Lo que seguramente ignoran es que nací con el color umbilical a modo de foulard enroscado unas cuantas vueltas alrededor de mi cuello. Eso también marca y, sobre todo, deja marcas. Según todos los estudios médicos, semejante evento puede causar daños irreversibles al bebé porque impide que el oxígeno llegue correctamente al cerebro y sufrir como consecuencia parálisis cerebral o algo similar. En mi caso, y como habrán podido comprobar, la única secuela que me dejó el evento fue una alergia a llevar bufanda y ciertos desvaríos varios en mis funciones cerebrales sin consecuencias visibles exteriormente.

Y allí estaba yo, una vez liberada mi garganta. El médico Mayor, y no me refiero a que era un galeno de avanzada edad ni a que pertenecía a una especie de corporación hipocrática sino a que se apellidaba así, consideró que, para evitar riesgos y antes de hacer las pruebas para determinar si era tonto de remate o una persona normal, me aplicaran oxígeno mediante una mascarilla. La encargada de tal operación fue mi abuela. Afortunadamente, el parkinson que posteriormente le llevó a la tumba a la pobre, le sobrevino unos años después por lo que pude aspirar de la botella sin vaivenes totalmente innecesarios.

Así que cuando al final el resto de mi familia fue a conocer al nuevo miembro de ella, con sus ramos de flores y cajas de bombones, se encontraron al entrar en la habitación con el panorama de mi madre llorando en una esquina ante la posibilidad de tener que pasar el resto de su vida con una carga realmente pesada y mi abuela aplicando una mascarilla de oxígeno a mi congestionado rostro. El shock fue especialmente fuerte para mi tío que llegaba en ese momento de Pamplona, de pasar los San Fermines, fiesta que por cierto, había terminado cuatro días antes.

Si creen Ustedes que con esto había terminado con mi primer día es que no conocen mi afán de protagonismo y la necesidad imperiosa que tengo de dar la nota allí donde me encuentre.

Un par de horas más tarde, y cuando ya se entrevía que yo iba a ser una persona sin taras ni minusvalías me puse de color azul. Y cuando digo azul no lo digo en plan "mira que mono el niño que colorcito más original tiene", sino azul AZUL. Sin explicación aparente y respuesta convincente por parte de los médicos. Afortunadamente en aquella época todavía no estaban de moda los Pitufos por lo que me evité que me cargaran inmediatamente con un apodo que hubiera marcado mi vida para siempre.

Ante el color que estaba tomando la situación, decidieron llamar al pediatra más conocido de San Sebastián para ver si podía aportar algo de luz al tema. Además este médico era amigo de mi abuelo luego no se podía negar a echar una mano.

El susodicho era un bon vivant de reconocido prestigio y un ludópata de armas tomar. En ese momento, las ocho de la tarde más o menos de un día festivo en España, se encontraba en el casino de Biarritz dedicándose a sus aficiones favoritas luego supongo que el tener que abandonarlas para acudir en ayuda de un bebé con pinta de extraterrestre supongo que no le haría ninguna gracia. El caso es que cuando llegó a la clínica mi piel había recuperado el color normal, sin explicación ni motivo aparente, así que su viaje fue en vano y podía haber continuado perfectamente haciendo lo que cualquiera sabe estaba haciendo el viejete. Con el paso de los años siempre me pareció que este hombre me miraba de forma extraña, achacando sus vitriólicas miradas a la faena que le hice aquel día, hasta que mi madre me comentó que tenía un ojo de cristal y que miraba de igual forma a todo el mundo.

En definitiva, nunca se supo por qué ese cambio de color, ni los médicos encontraron explicación plausible alguna. Mi abuelo echó las culpas a haber nacido en tan infausto día y el caso quedó aparcado para siempre. Como ven, entré con fuerza en este mundo causando problemas a mi familia.

Afortunadamente pocos quebraderos de cabeza he dado posteriormente y no ha quedado ningún rastro del aquel accidentado día.


Escrito por Hallofon a las 11:50 PM | Comentarios (5) | TrackBack

Agosto 26, 2004

De vacaciones: Capítulo 1

Debido a que la gran cantidad de correo recibido pidiéndome que hiciera un alto en mis vacaciones y publicara algo, ha llegado a colapsar mi cuenta gmail, he decidido ser altivamente condescendiente y sacar a la luz el primero de una batería de 36 artículos relatando mis aventuras estivales bajo el epígrafe: "Mis vacaciones y yo". Ríanse ustedes de los culebrones venezolanos de TVE1 (por cierto... pobre Rebeca!)

Mis Vacaciones y Yo: Días 1 y 2. Primeras sorpresas

Como Ustedes saben, el primer destino fue mi ciudad natal de San Sebastián que en esos días estaba celebrando su Semana Grande. Nada más llegar, y tras una suculenta cena, me dirigí a casa de unos tíos que tienen una visión privilegiada del espectáculo de los fuegos artificiales y unos postres de chocolate de chuparse los dedos. Allí me esperaba la primera sorpresa: las hijas allí presentes de unos amigos de mis tíos, me comentaron lo favorecido que estaba con mi bronceado y esos kilos que había perdido. Yo, que no recordaba haber extraviado ninguno, no pude devolverles el cumplido porque hubiera sonado más falso que una declaración de principios de Joaquín Sabina.

Una vez concluido el evento, mi hermano y yo nos dispusimos a hacer un recorrido por las zonas más marchosas de Donosti, que es lo mismo que decir por las zonas con más glamour de Torremolinos. Al final, terminamos a las tres de la mañana, tomando Heinekens con un nativo de Colorado, abogado especialista en divorcios y quiebras, que se encontraba allí de luna de miel, pero a cuya recién estrenada mujer no vimos por ningún lado.

Al día siguiente me esperaban el resto de sorpresas, en forma de actividades que mi madre tenía preparada para mí. Por la mañana: sacar a pasear a una viejecita de 86 años, amiga suya, que no salía nunca a la calle. Al mediodía: acompañarla a la playa para cuidar de los nietos de una amiga que se encontraba de celebración por otros lares. Y por la tarde: llevarla a visitar a una tía política, aquejada de Alzheimer y que se había roto recientemente la cadera. Antes de que pudiera abrir la boca para protestar me enseñó una lista con las viandas y manjares que me tenía en preparación para el caso en que me comportara como un buen chico. Al más puro estilo Naciones Unidas o FMI.

Así que, sin ninguna objeción, me dirigí a casa de la viejita para darle un paseíto. La señora en cuestión era un magnífico ejemplar de la raza vasca y, probablemente, habría sido levantadora de piedras en su juventud. Así que, ya en el portal, y tras bajar una docena de escaleras, llevaba el espinazo partido, sudaba de forma amazónica y tenía la boca pastosa y babeante. No vino mal su invitación a tomar unas cañas y unos pintxos en el bar de al lado. En resumen, aquel paseo se me hizo más largo que un concierto de Charlotte Church. Aunque no sé si fue peor el par de sonoros besos que me dió como agradecimiento en su despedida.

Mi segundo destino era la playa de La Contxa, lugar al que siempre he tenido especial asco. Allí me esperaba mi madre y un par de inocentes criaturitas, en espera de un servidor que les amenizara la mañana. Nada más llegar yo se pusieron a berrear que quería ir al gabarrón (una especie de plataforma en mitad de la bahía donde hay un tobogán y un trampolín para hacer el ganso y que suele servir de refugio para padres en espera de la hora de comer). A mí cualquier distancia acuática me parece excesiva así que me negué en redondo a acompañarles, pero un sutil ademán gestual de mi madre me hizo cambiar de opinión ipso facto.

Lo malo es que estos chicos, de 8 y 10 años, estaban convenientemente provistos de un Paipo y unas aletas, y yo, de lo único que disponía era de mi bañador/spinnaker y las uñas de los pies como único aditamento para la travesía. A pesar de las dificultades, el pensar en los pimientos rellenos, txipirones en su tinta y demás maravillas que me esperaban en casa, me hicieron deslizarme sobre el agua como un sireno y llegué allí, me tiré por el tobogán de todas las formas posibles e hice un ridículo muy sano en mis zambullidas desde el trampolín.

Para terminar la jornada, la visita a mi tía resultó de lo más desalentadora. Yo, que no la había visto en varios años, la recordaba como una señora elegante, muy agradable y cariñosa. Y se había convertido en un guiñapo humano, encogido, que no reconocía a nadie y no decía más que cosas sin sentido. Hay veces que llegar a viejo asusta.

Estos fueron mis dos primeros días de vacaciones. Hice bastantes más cosas de las que pretendía y confiaba en que los siguientes pudiese descansar de tanto ajetreo

Pero me equivocaba...

Escrito por Hallofon a las 09:18 PM | Comentarios (3) | TrackBack

Agosto 12, 2004

La Piscina

Desde que era muy pequeño, mis padres han demostrado un inusitado interés por conocer mi desenvoltura en el agua. De hecho, con apenas 9 meses de vida me caí al Ebro y con un año recién cumplido al río Tirón, que si bien no es tan conocido y caudaloso como el anterior, también puede resultar mortal.

Estos hechos desarrollaron en mí cierta tendencia a salir despavorido en dirección a tierra firme cada vez que me aproximaba a una concentración de agua superior a la de un charco o la bañera de mi casa.

Para vencer esta aversión, mis padres nos apuntaron a mi hermano mayor y a mí al equipo de natación de un club deportivo cercano a nuestra casa. Los entrenamientos se desarrollaban en una piscina de dimensiones olímpicas que, a su vez, era foso de saltos por lo que alcanzaba los 4,5 metros de profundidad. Es decir que semejante estanque de agua no lo calentaba ni Dios y jamás superaba la temperatura de 10 grados. Esto está muy bien para fornidos y musculosos nadadores adultos pero para un niño más bien enclenque y con cierta propensión nada marginal a pillar todo tipo de catarros, era una tortura sin igual.

Y allí, en esas heladas aguas es donde nos sumergíamos a practicar nuestro estilo natatorio. El mío era muy sui generis y original: una especie de híbrido entre el tradicional crawl y el estilo propio del perro de aguas Cántabro. Como era, con diferencia, el más lento de todos los allí presentes y el último en terminar los ejercicios impuestos, con frecuencia se olvidaban de mí hasta que mi hermano, una vez duchado y vestido, intuía que se dejaba algo y, tras cerciorarse de que la toalla y el bañador los tenía consigo, se daba cuenta que lo que faltaba era su esforzado hermano menor que seguí dando brazadas en la gélida piscina. Allí acudían pues a rescatarme y me sacaban del agua congelado, con el color y la textura de una uva pasa y castañeteando los dientes a un ritmo que bien podría servir de base para un número musical de Lord of the Dance.

Finalmente, dado que mi hermano era una de las estrellas del equipo y yo un simple subalterno que apenas sabía mantenerse a flote, mis padres me retiraron del equipo con el fin de preservar el buen nombre de la familia. No hace falta decir que aquello no hirió en absoluto mi orgullo y me sentí más contento que unas castañuelas de poder abandonar aquella sádica práctica.

Aquí un pequeño inciso en la narración para comentarles que el olímpico de mi hermano, de tanta inmersión en agua helada, sufrió una otitis de caballo, que le retiró del deporte, estuvo durante meses emanando pus de su oreja y con unos dolores que apenas podía dormir. Que se joda.

Fueron pasando los años y, si bien perdí aquella inicial fobia, mis preferencias se tornaron hacia otros deportes en los que, si he de ser sincero, tampoco destaqué en demasía. Solamente al llegar a la Universidad encontré la práctica deportiva que mejor se acomodaba a mis condiciones y mi espíritu: el mus y el tute con sus variantes de la brisca, la pocha o el subastado. Creo que también podría ser bueno jugando al golf pero todavía no tengo ni el patrimonio ni las hechuras idóneas para darle al drive y embocar putts desde el green.

Y héteme aquí, cuarenta años después de mis primeras hazañas submarinas, que tras leer en una revista que la natación es uno de los deportes más completos y sanos que hay, me he comprado un gorro y unas gafas de nadador y me he autoimpuesto la obligación de acudir diariamente a tonificar mi cuerpo y mente luchando contra el líquido elemento. Uno de estos días tengo que comprarme un bañador que sea más aerodinámico porque el que tengo me lo dio mi padre hace ya unos años y está tan dado de sí que hasta a Manuel Fraga le quedaría pequeño (lamentablemente de este hecho me di cuenta tras lanzarme a lo Johnny Weismuller para impresionar a un cursillo de natación de niños y niñas de ocho a diez años. Impresionados sí que quedaron)

Pero una vez más he de rendirme a la cruda realidad. Como me temía sigo siendo una nulidad acuática de primer orden. Me adelantan hasta los viejos a los que su médico les ha recomendado que hagan un poco de ejercicio. Por más que intento alargar la brazada, batiendo con fuerza mis piernas, aplicando un molinillo supersónico a mis brazos, sólo consigo agotarme, quedarme sin respiración y formar un atasco en mitad de la piscina.

Pero de momento mi moral sigue firme, y espero notar dentro de poco en mi cuerpo esos milagrosos efectos que me han prometido.

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Agosto 10, 2004

Una noche con una top model

Durante la época más convulsa de la existencia de cualquier individuo, es decir, la adolescencia, todo el mundo tiene a integrarse en grupos heterogéneos de personas, llamados cuadrillas de amigos, cuyo intereses comunes suelen ser o bien un lugar de terminado de reunión, o un grupo de chicas o chicos, o ciertas afinidades deportivas o culturales. En mi caso, durante esa época me vi envuelto en un grupo de 20 ó 25 personas, de gustos y temperamentos muy diversos pero, por algún motivo que desconozco, había decidido formar un todo homogéneo.

Como determinados personajes de dicho amontonamiento humano no había forma de hacer que congeniaran, se formaron distintos subgrupos diferentes que, si bien se reunían y hacían las mismas cosas, difícilmente se podría decir que se mezclaban entre ellos. Yo pertenecía, junto a cuatro o cinco más, al clan de los radicales, aquellos cuya principal tarea era ignorar totalmente a las chicas, criticar a aquellos chicos que no seguían esa primera norma, y dedicar el tiempo libre a beber hasta emborracharse, fumar canutos y escaparse a la más mínima ocasión en que los padres de alguno se iban de viaje, a casa del afortunado a escuchar discos de Lou Reed, Deep Purple o los Ramones.

Dentro de este grupito había un chico, al que podía considerar sin duda como mi mejor amigo. Era muy inteligente, tenía un astifino sentido del humor y era una delicia colocarse junto a él para competir sobre quién podía ser más ingenioso, sobre todo en el arte de criticar a otros componentes del grupo grande. Era alto, delgado, de rostro algo aniñado, de lacia cabellera rubia y espectaculares ojos de color azul cristalino. Aunque no se jamaba una rosca, dada la filosofía que presidía nuestra pequeña hermandad, había siempre un par de chicas dispuestas a perdonarle sus excesos. En cambio, para los demás mortales, su odio estaba garantizado de por vida.

Este amigo tenía una hermana algo menor. Yo la conocía desde que era niña, y cuando empezó a desarrollarse como mujer, su deslabazada y excesivamente delgada y pálida figura, ojos saltones y prominente nariz, nunca recabaron mi atención ni la de ningún otro miembro del grupo. Recuerdo que una vez, y dado que algunas de las componentes femeninas eran amigas suyas, quiso entrar en él pero su hermano se negó rotundamente y a nosotros nos parecía que su poco atractivo descompensaba la media.

Sin embargo, el patito feo se convirtió en cisne. De delgada y huesuda pasó a ser esbelta. Su larga cabellera rubia, sus ojos, que al igual que los de su hermano, se tornaron en espectaculares y su nariz, convenientemente retocada, le dieron un aire angelical y espúreo que nunca habíamos sido capaces de intuir. Y, a los diecinueve años, la chica se había convertido en una célebre top model, que alternaba con asiduidad las pasarelas de Parías, Milán o Nueva York, acaparaba portadas en revistas y era habitual verla en anuncios por televisión.

Un martes de septiembre que me encontraba yo de vacaciones había aparcado el coche en el garaje de casa de mis padres. Eran las 12 de la noche y me disponía a ir a la cama. Al salir escuché cómo alguien me llamaba. Me volví y vi a la hermana de mi amigo. Nunca habíamos hablado más de una pocas frases y algún hiriente comentario (tenía el mismo humor que su hermano) así que me sorprendió que me interpelase. Me dirigí a su encuentro y me preguntó si yo tenía coche pues ella y su amiga, también modelo, habían sido invitadas a una fiesta particular de un ricachón y se les había estropeado el suyo.

Yo, que soy de natural desprendido, altruista y generoso les dije que sí, que podía llevarles donde quisieran. Así que volví al garaje, ésta vez a por el coche de mis padres, y en un momento estaba yo, acompañado de dos modelos, dirigiéndome a una fiesta privada con interesantes expectativas de pasármelo en grande.

Quiero notar que no soy tan tonto como parezco y que ya sabía que mi única función era la de chófer; que una vez allí si te he visto no me acuerdo, y que tendría que apañármelas por mi mismo. Pero la alternativa era ir a acostarse a casa y desde luego aquel era mucho mejor plan.

Pero las cosas no sucedieron tal y como lo había previsto. No sólo ella me introdujo en la casa, sino que me presentó a un montón de gente, apenas se despegó de mi lado en toda la noche, nos tomamos unas cuantas copas y estuvimos hablando y riendo de forma muy distendida y agradable. Cuando llegó la hora de marcharse, abandonamos el lugar juntos.

Además, y por si fuera poco, en aquella fiesta debía de haber gente de mi Universidad y que me conocía de vista, porque días más tarde, al reintegrarme al curso académico, la noticia había corrido como la pólvora y noté un cambio en las miradas y en las actitudes tanto de los chicos como de las chicas hacia mi persona.

El caso es que, todavía hoy, me cuesta creer que aquello ocurrió realmente y que no fuera más que un agradable sueño.

Escrito por Hallofon a las 09:24 AM | Comentarios (9) | TrackBack

Agosto 06, 2004

Belle Epoque

Nunca me ha gustado disfrazarme. Considero que, para ello, son imprescindibles dos condiciones: tener un buen disfraz y saber llevarlo con soltura y aplomo. Y no como se ve en la mayoría de los casos a gente que se ha puesto cualquier tela comprada en una tienda de bromas y con cara de darse cuenta de lo mal que le sienta y del ridículo que está haciendo.

Pero hubo una ocasión en que me disfracé convenientemente. Y esto es lo que pasó:

Un majestuoso hotel, del que mi tía era la subdirectora, organizó una fiesta de contenido "Belle Epoque". Mi tía había encontrado en una habitación un montón de ropa de la época, la había mandado restaurar y había decidido hacer una fiesta de gala. Así que se presentó en casa las más variadas prendas para ser utilizadas en tal magna ocasión.

La verdad es que los trajes estaban muy bien y nos sentaban como un guante así que aceptamos gustosamente la invitación y decidimos presentarnos en la fiesta. Tras pasar toda la tarde preparándonos, de mi casa salió una expedición compuesta de los siguientes miembros: yo, mi hermano mayor, mi madre, mi tía y mi tía abuela de 80 años todos convenientemente engalanados y elegantes. También teníamos que pasar a recoger a una amiga de mi madre que vivía cerca.

Al recoger a esta amiga nos enteramos que se hallaba indispuesta, por lo que en su lugar vendría su hija. Y aquí viene lo interesante. Su hija era un bombón de quitar el hipo. De profesión: modelo. Una chica alta, estilizada, morena y más tonta que las gallinas (lo cual también ayuda).

Pero como en el lote iba mi hermano mayor, que siempre ha sido un ligón infalible, las esperanzas que tenía yo de pasar una noche junto a esa beldad y no junto a mi parentela eran realmente escasas.

Pero las cosas no se desarrollaron tal y como yo había pronosticado. Nada más llegar al hotel, mi hermano se abalanzó sobre la bandeja de cócteles de champán y se bebió unos diecisiete. Al poco tiempo estaba en un rincón, balbuceando palabras inconexas y cayéndosele la baba por la comisura izquierda de los labios. Así que me dije para mis adentros: Esta es la tuya y abandoné a mi tía abuela que me estaba contando no sé qué cosas sobre el perlé y el ganchillo, y con la mejor de mis sonrisas me dirigí a la desamparada chica. He de decir que ella, mi hermano y yo eramos las tres únicas personas que bajábamos de los 40 años así que no había mucha competencia.

Aquella noche desplegué todos mis encantos. Bailé como el Travolta, estuve chistoso, divertido, atento, amable, sincero. Incluso intenté, durante el can can hacer el esparrat o el frontal o como se diga esa figura de abrir las piernas hasta tocar el suelo. Al menos las costuras aguantaron. La chica no se despegaba de mí y pasamos toda la velada juntos. Aquello era mejor que un sueño... sólo faltaba poner la guinda final.

Una vez terminada la fiesta nos dirigimos a una discoteca cercana para tomar la última. Nos acompañaron dos maduritas marchosas que supongo habían fijado su atención en mi semi-inconsciemte hermano. Una vez instalados en un lugar apartado fui a la barra a pedir bebidas para todos. Cuando regresé, me encontré a mi chica, bueno, sería algo prematuro decir mía porque todavía nada me había unido a ella, pegándose el lote con mi desorientado compartidor de apellidos.

Una vez más, a pesar del despliegue del que había hecho gala, y que había sido tan bueno hasta que yo mismo me había quedado sorprendido del atractivo que desprendía mi persona, el "simpático" de mi hermano, sin haber dicho nada coherente en toda la noche, se llevaba al huerto a la más bonita del lugar. Como es lógico, mi decepción fue evidente, porque si bien he dicho que la chica era tonta y que no me sentía en absoluto atraído por ella, la posibilidad de echar un polvo con semejante bellezón me había seducido gratamente.

Y por qué la chica había preferido al hijo mayor de mis padres en lugar de a mí. Ni idea. Tal vez porque él era ya un prestigioso profesional que vivía en Estados Unidos y yo un esforzado currante que malvivía trabajando 16 horas diarias. Aunque no creo que las mujeres se rijan por esas futilidades no???

Lo peor fue al día siguiente cuando el causante de todas mis envidias, una vez recuperado de la borrachera, me dijo: "Perdona chico, yo pensaba que la tenías en el bote pero es que se me abalanzó encima y yo no sabía qué hacer"

En fin. A veces me encuentro con la chica por la calle y nos ignoramos el uno al otro con indisimulado desdén.

Escrito por Hallofon a las 10:20 AM | Comentarios (11) | TrackBack

Julio 23, 2004

Historia de Amor 3

No había tenido excesiva suerte en la vida. No era guapa. Ni siquiera atractiva, demasiado baja, delgada de huesos marcados, nariz grande, pelo áspero y piernas cortas que se separaban a partir de la rodilla. Tampoco era muy inteligente ni de personalidad arrolladora. Su familia pertenecía a la clase media de un endogámico pueblo pesquero de difícil acceso, donde todo el mundo se conocía y del que escaparse para no volver era tarea al alcance de muy pocos.

Consciente de sus limitaciones y del monótono futuro que le esperaba, decidió que, al menos una temporada, viviría a tope, sin responsabilidades ni ataduras. Para ello, nada más cumplir los 18 años, ella y otras dos amigas se trasladaron a una ciudad industrial en pleno declive, a una hora de camino, y se matricularon en unos cursos que sabían que nunca terminarían.

Sus padres, para evitar las tentaciones que podrían acabar con su buen nombre a ojos de todo el pueblo, las obligaron a alojarse en un Colegio Mayor, compartiendo residencia con muchachas de carácter cosmopolita y urbano, risueñas y pizpiretas y dispuestas a comerse el mundo. La llegada de tres pueblerinas de rudos modales y ningún cuidado por la imagen, apenas les despertó el interés de una molestia pasajera a la que se acostumbrarían rápido.

Pronto comprendió que allí la gente, al igual que ella, no había ido a estudiar, sino a pasárselo bien. Las fiestas eran continuas. Las chicas más guapas revoloteaban alrededor de atractivos estudiantes de una universidad contigua. Mientras tanto, ella y sus amigas se limitaban a asistir como comparsas a los pocos lugares donde eran invitadas.

Las clases eran monótonas pero pronto algo le hizo cambiar de parecer. Era aquel chico guapo, estudiante universitario que, para ganarse ese dinero extra que sus acaudalados padres le negaban por su afición a la bebida y las juergas, daba clases de inglés en aquella academia. Pronto se inscribió en la citada asignatura para poder observar de más de cerca a aquel chico tan atractivo.

A las pocas semanas, los alumnos de su clase decidieron celebrar una cena de confraternización, a la que se apuntó el joven sin mucha convicción. La cena fue seguida por una frenética excursión de bar en bar, por lo que a eso de las cuatro de la mañana sólo quedaban en pie, aunque en equilibrio precario, el profesor y su admiradora/alumna. El la llevó a su apartamento, a su cama y tras una sesión de sexo sin compromiso ella se vistió y se volvió a la residencia. La semana siguiente el profesor parecía no recordar lo sucedido aquella noche pues apenas se limitaba a saludarla con la habitual cordialidad. A ella esto le hizo mucho daño porque el chico le gustaba de verdad.

A los pocos días coincidieron en otra fiesta. El estaba hablando con una preciosidad rubia, asimismo habitante de la misma residencia femenina. Una componente del grupo que las miraba con desdén y las consideraba seres de segunda categoría. Y allí estaba con él, su idolatrado caballero, riéndose los dos de tonterías, seguro. Al pasar a su lado él le había saludado con un escueto hola mientras ella ni siquiera había hecho el más mínimo ademán. Tras una horrible noche y justo cuando ya de madrugada se disponía a volver a casa, él se le acercó. Tenía una borrachera considerable.

- Hola, bonita, qué tal lo estás pasando?
- Tú no estabas con la rubia esa?
- Bah.. son todas unas estrechas

Y de nuevo acabó la noche en su apartamento, en su cama y bajo el fuerte olor a alcohol que salía de su boca.

Esta situación siguió sucediéndose varias veces más. Para él, ella sólo parecía existir al final de la noche. Ella se conformaba con eso, porque, al menos conseguía estar en su compañía. Hasta que una noche, en la que él, demasiado borracho como para acercarse a ella, se había ido a su casa, y cansada de ser un simple recurso de última hora, decidió lanzarse en los brazos de su mejor amigo, otro estudiante mucho más serio e introvertido, que dormía la mona en un sillón del bar donde se encontraban. Había oído hablar de él porque una de las niñas bien de la residencia estaba loca por sus huesos aunque éste poco caso parecía hacerla. A pesar de su pequeño tamaño consiguió cargarle sobre sus hombros, le llevó a su casa (la de él) y terminó por meterse en su cama, a pesar de su lamentable estado físico. Ni siquiera pudo cumplir con una pequeña ración de sexo pues se quedó dormido después de la segunda embestida.

Esta vez decidió quedarse a dormir para que al día siguiente el chico contemplara lo que había hecho y se lo contara a su amigo. De una forma insospechada y que a ella le pilló por sorpresa, al despertarse él no sólo recordaba lo sucedido, sino que se deshizo en excusas por haber sido una carga inútil y pesada, le preparó un buen desayuno, que le llevó a la cama, y, tras esperar a que se vistiera, le acompañó a la residencia.

La siguiente vez que se volvieron a encontrar, al contrario que su compañero de fatigas, se acercó a saludarla, se tomó algo con ella y estuvo simpático, amable y divertido. Pronto, en su mente comprobó que la imagen del apuesto profesor se iba desvaneciendo y su lugar era ocupado por este chico tan sorprendente y educado. Tras desaparecer unas horas con su cuadrilla de amigos, volvieron a coincidir en un bar, volvió a acercarse con ella, y ya permanecieron juntos hasta la mañana siguiente, cuando después de despertarse con la satisfacción de tener una presencia cariñosa a su lado y compartir una excelente noche de sexo a dos, él tuvo que irse corriendo a clase después de despedirse con un sonoro beso.

Y estuvieron saliendo durante varios meses. El momento culminante fue en la fiesta de final de curso de la residencia cuando él, de forma evidentemente consciente, se pasó toda la noche besándola y abrazándola delante de aquella niñas que tanto desprecio habían mostrado por ella.

Los caprichos del destino acabaron por separarlos pero ella siempre guardará en su recuerdo un lugar especial e insustituible para ese chico que surgió del lugar más inesperado y que convirtió durante un tiempo su monótona y gris existencia en algo feliz y maravilloso

Escrito por Hallofon a las 08:44 AM | Comentarios (11) | TrackBack

Julio 12, 2004

Sabado Sanferminero

Si leen atentamente mi blog sabrán que este fin de semana he estado en la muy acogedora ciudad de Pamplona, que estos días celebra sus conocidas fiestas de San Fermín.

Al final hubo un cambio de última hora y uno de mis acompañantes no pudo venir y fue sustituido por mi hermano pequeño. Así que en lugar de un compañero de borracheras desde hace 25 años, una especie de alter-ego que tiene los mismos gustos que yo, el mismo sentido del humor y, por qué no decirlo, el mismo éxito con las mujeres (es decir, ninguno), vino un chaval al que conozco desde pequeño (faltaría más), más raro que un perro a cuadros, ejecutivo de una multinacional americana, que vive en Barcelona y trabaja en Madrid y que se define a sí mismo como "Nacionalista radical de extrema derecha" Díganme Ustedes a dónde voy yo con semejante individuo. El tercer componente de la expedición ha sido otro ejecutivo, esta vez de una empresa nacional, conservador, padre de familia numerosa y que acudía por primera vez al evento en cuestión.

Así que con un sólo cambio en al alineación, las perspectivas variaban por completo. En lugar de hablar de temas como las suecas, los tangas o recordar épicas partidas de tute que duraban toda la noche, hablamos de asuntos como Boadilla del Monte, el Puente Aéreo o la implantación en España de los Hedge Funds.

La jornada empezó con una cita el sábado 10 a las 3 de la tarde en un asador cercano al hotel donde nos alojábamos. Pedimos Tortilla de Bacalao y Chuletón de Buey, que fueron convenientemente regados con unas cuantas botellas de sidra. Una vez concluido el ágape, nos dirigimos a las habitaciones a disfrutar de una pequeña siesta con el fin de estar en forma para la dura noche que se dibujaba en el horizonte.

Tras dormir convenientemente, y ataviados todos con ropa sanferminera: en mi caso unos pantalones vaqueros desgastados y llenos de parches y roturas, una camiseta blanca con amplio historial en ocasiones similares y el obligatorio pañuelo rojo atado al cuello, nos dirigimos a la vorágine de la fiesta. Nuestra primera parada fue la reformada Plaza del castillo y el bar Txoko, un histórico lugar donde hace 50 años, mi abuelo, una celebridad local, compartía charla y terraza con gente como Orson Welles o Ernest Hemingway. Allí, unas Heinekens bien frías nos dieron la bienvenida a la fiesta.

La noche no trajo ningún tipo de sorpresas. Recorrimos los lugares de siempre, calles San Nicolás, Estafeta, Jarauta, el café Iruña, El Casino, etc. Por primera vez que yo recuerde, no me tropecé con nadie conocido, aunque dado el gentío que había, tampoco me extrañó en demasía. Para no beber siempre lo mismo alternábamos las Heinekens con cañas de barril. Como todos los bares estaban abarrotados de gente cantando y brincando, era muy normal esparcir parte del contenido de las bebidas sobre los cuerpos de los asistentes así como ser convenientemente regado por otros aspirantes a bebedores en las mismas circunstancias.

Por fin, tras muchas horas de fiesta, de beber y de conversar con gente desconocida, decidimos que lo mejor era retirarse ya que lo que teníamos que hacer ya estaba hecho, habíamos pasado un gran día y podíamos retirarnos a descansar con la satisfacción del deber cumplido y la promesa de que el año próximo volveremos a por más. Así que a eso de las mil horas emprendimos el camino de regreso al hotel, y tras un sueño no muy reparador que digamos, amanecimos al día siguiente, bastante resacosos y nos despedimos hasta la próxima vez.

Por último, no podían faltar las siguientes conclusiones:

- A pesar de que no me gustan las concentraciones de gente, en Pamplona disfruto como un crío con los empujones, olas humanas y brincos colectivos que siempre acompañan a estas fiestas.

- Cada pocos metros encontrabas a alguien o bien dormido o bien orinando contra una pared. Signo inequívoco de que mientras el cuerpo aguante allí no se retira a casa ni Cristo

- Los franceses continúan con la fea costumbre de creer que nadie más habla su idioma

- O bien me hago ilusiones de cuarentón en retirada o bien un par de veces alguna chica me tiró los tejos con disimulo. Yo no estaba para cortejos así que me hice el sueco como buenamente pude pero me quedó la duda. Es posible que todavía me encuentren atractivo? O es que estaban muy borrachas?

- El año que viene... MAS!


Escrito por Hallofon a las 01:01 PM | Comentarios (5) | TrackBack

Julio 06, 2004

Hacer el ridículo 3

Ante la dificultad de encontrar nuevos temas con los que deleitar a las masas de fieles, he de recurrir a viejos tópicos y, al igual que los guionistas de Hollywood faltos de recursos, sacarme de la manga una secuela de un viejo éxito. En este caso, volveré al tema de las ocasiones que he hecho el ridículo aunque con un matiz diferente, ya que esta vez más que ridículos son situaciones de compromiso ya que me enfrentaba con agentes de la autoridad.

Ridículo Número 1

Protagonista: Yo mismo
Edad: 20 años
Lugar: Autopista en las afueras de San Sebastián
Magnitud: 2/10
Intensidad de las Secuelas: Baja
Relato del Suceso: Venía de pasar unos buenos momentos en las Fiestas Patronales de Fuenterrabía (o Hondarribia como se le llama ahora). Iba con mi novia en un suntuoso R5. Ambos habíamos bebido sin moderación y ella, que estaba menos acostumbrada que yo, se encontraba durmiendo la borrachera en el asiento del copiloto. En plena autopista sufrí un pinchazo. Suerte que el coche no pasaba de 90 por hora así que pude dominarlo a pesar de mi estado y aparcarlo convenientemente en el arcén. En mi vida había cambiado una rueda así que se me avecinaba una noche muy movida. Afortunadamente, al poco tiempo apareció un coche de la Guardia Civil de Tráfico, que paró a nuestro lado. Se bajaron un par de agentes que, muy amablemente, se interesaron por nuestro percance. En aquella época no debía estar mal visto conducir beodo porque no me hicieron ninguna indicación al respecto. Es más, se ofrecieron a cambiarme la rueda ellos ante mis inexistentes conocimientos sobre el tema. El caso es que mi novia permanecía ajena a todo el follón sumida en un envidiable letargo etílico, siendo objeto, de vez en cuando, de inquisidoras miradas por parte de los agentes. Sólo el inconfundible sonido de su respiración y unos cuantos espasmos que le daban de vez en cuando evitaban que fuera conducido al calabozo por homicidio o asesinato.

Una vez repuesta la rueda, y tras agradecerles profusamente su ayuda, me puse de nuevo en camino junto a la bella durmiente. No habían pasado dos minutos cuando ésta despertó u me dijo: "Para, para.. que voy a vomitar"

Y ahí me ven de nuevo parado en el arcén, esperando de un momento a otro que el coche de la Guardia Civil, al que acababa de abandonar, volviera a pasar a mi lado y tuviera que volver a dar explicaciones de por qué me hallaba de nuevo estacionado en lugar semejante.

Ridículo Número 2

Protagonista: Yo mismo
Edad: 26 años
Lugar: Carretera Nacional Número 1 a la altura de Boceguillas, provincia de Segovia
Magnitud: 6/10
Intensidad de las Secuelas: Media
Relato del Suceso: Viajaba yo en otro R5 diferente del anterior, a altas horas de la madrugada en dirección a Madrid cuando un destartalado coche, saliendo de un camino vecinal y obviando cualquier señal de stop se me cruzó en el camino. Para evitar la colisión tuve que dar un volantazo y salí despedido de la calzada, aterrizando sobre unos matorrales con la parte delantera derecha del coche en lamentable estado. El autor de semejante tropelía, visto el follón que acababa de montar y, sin duda avergonzado, huyó despavorido del lugar del crimen. Por suerte, el coche que venía detrás de mí, siendo testigo del suceso y en un acto que le honra, persiguió al infractor hasta detenerle unos metros más adelante.

En esto llega un destacamento de la Guardia Civil de Tráfico. El amable testigo me había dado su tarjeta para corroborar mi relato del suceso con lo cual yo me sentía seguro de que mi versión sería la que triunfara. Por tanto, entablé una distendida charla con uno de los agentes. Para quitar trascendencia al asunto y mostrar mi buena disposición y talante a pesar de la faena que me acababa de hacer el gañán que iba al volante del otro coche, comenté chistosamente: "Tampoco seáis muy duros con él, qué se puede esperar de alguien de Boceguillas (Segovia)" (Inciso: Espero que entre mis lectores no haya nadie de tan magnífico pueblo). Acto seguido, el agente se dirigió a mi contrincante y le dijo con inequívoco acento boceguillense: "Pero hombre, Jacinto, ten más cuidado cuando entres en la Nacional, cojones!"

Resulta que todos y cada uno de los componentes del convoy eran del pueblo en cuestión y acababa de sumar unos cuantos nombres a la lista de mis enemigos.

Ni qué decir tiene que el escrutinio de papeles y el control de alcoholemia sólo me lo hicieron a mí. Posteriormente comprobé que el interfecto no tenía seguro y ante la posibilidad de denunciarle y celebrar un juicio en tal renombrada localidad y con mis amigos como testigos, opté por pagar la reparación y olvidarme del asunto para siempre, cosa que obviamente no he conseguido todavía.

Ridículo Número 2

Protagonista: Yo mismo
Edad: 29 años
Lugar: Paseo de la Castellana. Madrid
Magnitud: 6/10
Intensidad de las Secuelas: Media
Relato del Suceso: Mi tercer año en Madrid fue un auténtico desajuste en todos los sentidos. Llevaba una doble vida, de lunes a viernes trabajaba y salía con una chica, y a partir del viernes a las ocho hasta el domingo hacia las cuatro de la tarde, aquello era un caos y un desmadre. Una de las principales experiencia de este período de tiempo fue la de hacer de cobaya del conductor de coche más temerario que he conocido en mi vida. Y digo temerario por lo siguiente:

- Sufría narcolepsia etílica, es decir, en cuanto bebía más de la cuenta se quedaba dormido, fuese donde fuese
- Su amor propio era tal que por más que se insistiera en que condujese otro en mejores condiciones, él se negaba
- Era una persona extremadamente nerviosa, impetuosa e impaciente. Conducía a toda velocidad, usaba el claxon más que los pedales, sobre todo el del freno y no le importaba tomar atajos en dirección prohibida o aparcar en lugares inverosímiles.
- No tenía carnet de conducir. Según él, no tenía tiempo de ir a clases, o sea que primero quiso aprender por su cuenta y luego apuntarse a la autoescuela
- Era de Bilbao, y presumía de ello, así que a su coche cuya matrícula empezaba por BI- le añadió unos cuantos toques folclóricos que denotaban claramente su origen vasco, algo muy útil si se circula por Madrid a toda velocidad, en dirección contraria, borracho como una cuba, tocando el claxon frenéticamente y sin permiso de conducir.

Y el día que todos ustedes se imaginan llegó. Y para no variar fue a lo grande. Fue un día que otro amigo y yo habíamos ligado con un par de gallegas. Nos costó convencerlas de que vinieran a casa, sobre todo cuando se enteraron que el chófer iba a ser el que en ese momento hacía equilibrios para no caerse del taburete sobre el que dormitaba. Aún y todo, y en mala hora para ellas, accedieron a montarse. Salimos zumbando como siempre y en una de estas vi un semáforo rojo que nos interceptaba el paso. El caso es que el conductor no acertó a verlo y entramos en la Castellana, a mil por hora. Los frenazos no se hicieron esperar y entre los dedos que tapaban mi cara atisbé un compacto vehículo contra el cual no impactamos de milagro. El conductor seguía sin enterarse de nada y enfiló Castellana arriba a toda velocidad. Una de las chicas comentó: "Me parece que el vehículo contra el que casi chocamos era una furgoneta de la Policía Nacional". El inminente ulular de sirenas y fogonazo de luces azules nos corroboró tales palabras. Pronto nos vimos rodeados de unas cuantas furgonetas policiales, de las cuales descendieron unos impetuosos agentes que rodearon nuestro coche arma en ristre, todavía nerviosos ante lo que seguramente pensaban era un ataque con coche-bomba de unos etarras.

Salimos manos en alto, carnet en la boca y temblequeo en las rodillas. Nos pusieron de cara a la pared y todas esas cosas que salen en las películas mientras las pobres chicas lloraban a moco tendido.

Ni qué decir tiene que, a pesar de todo, seguí poniéndome en manos de tan cualificado peligro público. Aquel año terminó con dos accidentes con el coche destrozado, en uno de los cuales iba yo de copiloto. Afortunadamente, al año siguiente el chico se echó novia, se sacó el carnet y aunque siguió siendo un peligro, se moderó un poco.

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Junio 28, 2004

Deportes

Dentro de cada persona se esconde un deportista en potencia. El caso consiste en encontrar ese deporte en el cual podamos explayar convenientemente nuestras mejores cualidades y conseguir una maestría en el mismo de la cual podamos estar orgullosos. En mi caso, ese deporte es el tute.

Pero para llegar a esta conclusión he tenido que, a través de los años, ir probando toda clase de disciplinas en las cuales he hecho mis pinitos en algunas con un éxito relativo y en otras con un fracaso absoluto. Aquí van, desgranadas y en orden más o menos cronológico dichas experiencias:

- La natación: Ya he comentado en otro post mi experiencia en este campo. Para no ser repetitivo les resumiré que mi hermano y yo fracasamos en este campo, él por una otitis muy dolorosa y yo por mi negativa a hacer algo más que flotar.

- El judo: Con ocho años, yo daba clases de solfeo y de piano los lunes, miércoles y viernes después del colegio. Así que mis padres consideraron que todavía tenía los martes y los jueves libres y que debía aprovecharlos si no quería caer en las garras de la holgazanería y el consumismo. Por ello nos apuntaron a mi hermano y a mi a clases de judo. Yo, que soy de natural pacífico y dialogante y no me gusta hacer daño a los demás, no colaboraba con el deseado interés. Si a ello añadimos que en aquella época era un enclenque y subdesarrollado palillo y me daban unas palizas de campeonato, quedó bastante diáfano que aquel deporte no era para mí. Asi como mi hermano fue cambiando el color del cinturón de su vestimenta con bastante asiduidad, el único cambio que se producía en la mía era que cada vez estaba más sucio de todas las veces que rodaba por el tatami. Finalmente, tras consultarlo con mis maestros me retiraron de la circulación con gran alegría por mi parte.

El tenis: Mirando el calendario mis padres se fijaron en que también tenía los fines de semana libres así que por qué no madrugar los sábados para dar unas sanas clases de tenis? Recuerdo frecuentemente aquel período por un acontecimiento extradeportivo: fue el año en que mi madre se sacó el carnet de conducir. Así que recorríamos toda la ciudad con mi madre al volante. Una experiencia inolvidable. Todavía me acuerdo cómo consiguió la proeza de que en una sola calle se le calara el coche 17 veces con las consiguientes recomendaciones de los automovilistas que nos rodeaban.

El esquí: Y Ustedes se preguntarán.. Y el domingo? Pues el domingo tocaba esquí. Ya he tratado este tema en otro post. Así que repetiré lo ya dicho. El único recuerdo que me queda de aquellos días es que pasaba frío, hambre, sueño y las chicas no me hacían ni caso.

Como ven, no había ningun día de la semana en el que no tuviera que madrugar. Desde entonces ando con falta de horas de sueño y me duermo por todas las esquinas.

- El baloncesto: Una vez terminado el judo y para rellenar el hueco en el calendario, decidí, esta vez no fue impuesto, meterme en algún deporte de equipo. Como todavía ningún ojeador me había reclamado para el fútbol, me incliné por el baloncesto. En el colegio había dos equipos: el A y el B. Por supuesto yo estaba en el B. Eramos lamentables. El único partido que ganamos en tres años fue porque el contrincante no se presentó. Por lo demás, los partidos más igualados eran contra los equipos B de otros colegios que sólo los perdíamos por 30 puntos. Contra los equipos A los perdíamos por más de 100. Y nunca llegábamos a meter más de 10. En los tres años no fui capaz de anotar un solo punto. No está mal no?

- El atletismo: Como era de los más rápidos del colegio, me apuntaron a un club de atletismo. Cuando llegué a la pista de entrenamiento, el entrenador me preguntó: Tu, en qué eres bueno? Sprint, medio fondo o vallas? Y yo respondí: ... bueno.... Así que el primer día hice sprint, el segundo medio fondo y el tercero vallas. Al cuarto ni me llamaron. Lo mejor de aquello es que mi hermano mayor, que me acompañó el segundo día, fue inmediatamente fichado y consiguió ser campeón provincial ese mismo año.

- El rugby: Este deporte lo practiqué ya de mayorcito, en la Universidad. Se formó un equipo en el COlegio Mayor donde estaba y nos apuntamos varios amigos. Yo, como ya he dicho, que rehuyo la violencia, me adjudiqué el puesto de alero, ya que, en estos equipos, el balón nunca llega hasta él con lo que evita encontronazos y ensuciarse la ropa. Y así fue durante los primeros partidos. Pero un dí en que faltó el primer medio centro me colocaron en su lugar. Nada más empezar el partido me encontré con el balón entre las manos y antes de que pudiera pasárselo a otro, un animal salvaje me dió un soplamocos que me dejó sin respiración durante toda la primera parte. No éramos muy malos porque nuestro zaguero era de la selección española sub21 y la cosa consistía en darle el balón a él y él solito se encargaba de anotar. El caso es que conseguí desenvolverme bastante bien y llegué a anotar algún ensayo. Además nos invitaron a participar en un torneo en París durante una semana y aquello estuvo muy bien.

Este es más o menos mi historial deportivo. Como ven, hace al menos 20 años que no practico ningún deporte y, a pesar de todo, todavía consigo subir las escaleras de mi casa sin cansarme (aunque he de reconocer que vivo en un primer piso)

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Junio 21, 2004

Hacer el ridículo 2

Ha llegado la hora de pasar a un siguiente capítulo de mi historia de ridículos inconfesables que al final acaban confesándose, ya que, por el número de comentarios que obtuvo el primer post sobre el tema, parece que ustedes se divierten con mis desdichas. Les deseo una feliz estancia en el infierno. El tema de hoy es: Hacer el ridículo en el trabajo.

Ridículo Número 1

Protagonista: Yo mismo
Edad: 29 años
Lugar: Reunión informal de trabajadores para tomar un café
Magnitud: 2/10
Intensidad de las Secuelas: Baja
Relato del Suceso: Un ex-jefe y sin embargo amigo fue nombrado Director General de una importante empresa industrial. Me ofreció un puesto en el organigrama que yo acepté gustoso. Al incorporarme en el trabajo me comentó que el ambiente en el trabajo estaba muy enrarecido ya que existía una terrible pugna entre él y otro Director General por hacerse con la confianza del Presidente. El puesto para el que me habían designado era también pretendido por la mano derecha del otro aspirante, por lo que mi llegada había supuesto un peldaño más en el grado de confrontación interna.

Mi jefe comentó la necesidad de que hiciera buenas migas con el otro contendiente a mi puesto, para así apaciguar un poco los ánimos con vistas a trazar una estrategia más de largo plazo. Esta otra persona era ya veterana en la empresa y tenía gran popularidad entre los trabajadores, en especial entre los del sexo femenino ya que a su buen físico se le añadía una preocupación estética de primer nivel que contrastaba con mi desgarbado porte y arrugada vestimenta. Así que me puse manos a la obra para hacer buenas migas con el casanova. Me autoinvité a una reunión informal que se celebraba todos los días a la que asistían prácticamente todas las mujeres jóvenes del departamento de administración, un par de apolillados jefes de sección y el amigo del porte impecable. Estaban criticando a determinado personaje público y notorio, natural de X (léase una ciudad sin relumbrón de la geografía española). Yo, como siempre tengo que aportar el matiz jocoso y picante a cualquier tema solté haciéndome el gracioso: "Pero qué se puede esperar de un tipo nacido en X". Como X estaba bastante alejado de Y (el lugar en que nos encontrábamos) supuse que nadie se sentiría ofendido por mi comentario. Por el silencio sepulcral que siguió a mis palabras, la cara de desaprobación de las chicas, el movimiento lateral de cabeza de los apolillados y el rictus de furia contenida del poseedor de las rayban de última generación, deduje que había supuesto erróneamente, como pude comprobar más tarde en el parking de la empresa donde su Toyota Celica llevaba adosados en la parte trasera una par de pegatinas, una con el escudo de la ciudad X y otra con un palito, un corazón rojo y X.

Ni qué decir tiene que lo que siguió fue una guerra sin cuartel de la que afortunadamente salimos victoriosos pero con la que perdí la fe ciega que mi amigo y jefe tenía en mis dotes profesionales. Asimismo mis intentos de entablar amistad con las jóvenes del lugar sufrieron un importunado revés.

Ridículo Número 2

Protagonista: Yo mismo
Edad: 31 años
Lugar: Mi despacho. Reunión con el socio de Auditoría
Magnitud: 6/10
Intensidad de las Secuelas: Media
Relato del Suceso: Tras varias semanas de arduo trabajo de los ínclitos auditores, el informe ya estaba preparado así que me reuní con el socio de la firma para charlar sobre diversos temas y solucionar los últimos problemas surgidos durante su estancia. El socio era una persona a la que conocía de antaño, buen amigo y que podría ser definido como una persona alegre, socarrona, voceras, locuaz y muy dada al chismorreo.

Así que estábamos charlando animadamente en mi despacho cuando entra una administrativa de exportación, alta y rubia y me entrega con gran sigilo una nota doblada. Abro la nota, pensando que es algo de gran importancia y me encuentro con el siguiente comentario:

"Mi marido está de viaje. No me gusta dormir sola. Podrías venir a casa a pasar la noche?"

Y abandonó el despacho no sin girarse en la puerta sonreírme turbadoramente con un aleteo de pestañas. Antes de que se hagan una idea equivocada del tema déjenme que siga con la descripción de la chica. He dicho que era alta y rubia. De pelo lacio. Frente amplia. Dientes de camello. Expresión de murciélago. Piernas jónicas. Curvas inexistentes.

Así que la expresión de sonrojo de mi cara era más bien una muestra de asco, pero mi contertulio la interpretó mal. Me comentó: "No me jodas que te estás tirando a esta chica" A lo que yo dije "Yo no jodo, y menos con eso" La chica volvió al cabo de un rato y desde la puerta me espetó "No me has contestado todavía. Vienes o no?" Yo, intentando mantener la compostura, le hice un gesto firme para que nos dejara solos. Pero el daño ya estaba hecho.

Ni qué decir tiene que, a partir de ese día, cada vez que me encontraba a un auditor, notaba cierta sonrisilla pícara de complicidad. Ustedes creerán que desde entonces mantengo una gran fijación contra los miembros de tan respetable actividad pero no es cierto: viene de mucho antes.

Ridículo Número 3

Protagonista: Yo mismo
Edad: 27 años
Lugar: Ministerio de Agricultura. Conferencia sobre ayudas comunitarias
Magnitud: 8/10
Intensidad de las Secuelas: Media-Alta
Relato del Suceso:En uno de mis primeros trabajos, era el chico para todo. Lo mismo arreglaba la fuente del agua, que rellenaba los impresos para cobrar las subvenciones de la comunidad europea. Y sobre éste último trabajo versa mi siguiente ridículo. La empresa recibía muy cuantiosas cantidades por utilizar en su proceso productivo una materia prima subvencionada. Yo era el encargado de las relaciones con el Ministerio de Agricultura para cobrar el dinero aunque desconocía por completo las características del producto, su modo de empleo y para qué se utilizaba.

Un inolvidable día, mi jefe me envió una vez más al Ministerio. Esta vez era para asistir a una conferencia para la cual venía un miembro de la CEE. El invitado era él, pero como urgentes asuntos le reclamaban, me envió a mi en su lugar. Yo, incautamente, me acerqué al lugar convenido. Ante mí se presentó el funcionario con el que despachaba habitualmente, que me presentó a una docena de vejestorios funcionarios de alto rango a los que no había visto en mi vida puesto que siempre que acudía al Ministerio se encontraban tomando café. Asimismo me presentó al representante de la comisión, un alemán con cara de alemán. Lo que no me gustó fue que al hacer las presentaciones, se refiriera a mi con las siguientes palabras: "Aquí, el Señor P. de la Empresa B. que es el que va a dar la conferencia"

Como??? Que voy a dar que??? En ese momento se me nubló la vista, perdí el habla y me acordé de toda la familia, perro excluido, de mi jefe el cabrón. Así que yo, que apenas llevaba un año en la empresa cuadrando presupuestos, mirando balances y estudiando la evolución de las divisas, me ví de pronto, sin comerlo no beberlo, dando una charla sobre "La utilización de la materia prima X en el proceso productivo Y". Por supuesto, yo ignoraba que la tal materia, y mucho menos su prima, estuvieran envueltas en cualquier proceso.

Ni qué decir tiene que a las pocas semanas cambié de trabajo porque otra encerrona de estas y acababa recluido en un sanatorio.

Escrito por Hallofon a las 10:05 AM | Comentarios (13) | TrackBack

Junio 16, 2004

Entrevista en la radio

En mi post a propósito de cierto programa de radio que sólo me duró un día, comenté que había ido más veces a la radio pero siempre como invitado. Pues una de esas veces es la que voy a contar hoy.

Era mi primer año en Madrid (es increíble lo que dio de sí ese año). Yo preparaba, es un decir, oposiciones así que, pasaba muchas horas delante de los libros intentando estudiar. Normalmente, entre semana, lo hacía de noche porque, entre otras cosas, andaba con el sueño cambiado. Y para amenizar los penosos momentos allí sólo, leyendo libros de Historia y Filosofía, escuchaba un programa de radio de cobertura nacional que me hacía mucha compañía. Un día decidí escribirles para felicitarles por los buenos ratos que pasaba con ellos, pero, en lugar de hacerles una carta normal, les mandé un relato conmigo de protagonista, describiendo más o menos lo que sentía al escucharles y las consecuencias de ello. Era una especie de cuento fantástico-humorístico que me quedó bastante apañado.

A los pocos días, nada más empezar, su director y locutor principal comentó que había recibido una carta muy original y que pasaba a leerla en su integridad. Una vez hecho esto daba un número de teléfono y pedía al autor de la misiva que le llamase. Yo, que no tenía nada mejor que hacer, lo hice. Se mostró muy simpático y, al enterarse que vivía en Madrid, me invitó a venir a la emisora para conocernos. Era ya la una de la madrugada por lo menos, y como entonces (incluso ahora cuando puedo) vivía a impulsos, bajé a la calle, tomé un taxi y me dirigí a la emisora. Allí me recibieron muy amistosamente, y en vez de tenerme fuera esperando, me hicieron pasar adentro y me acomodaron al lado del locutor, junto a un tipo que yo desconocía y que luego me enteré que era el cantante del grupo que en ese momento era el número uno en las listas (y no era Aute).

Yo empezaba a estar algo acojonado porque soy muy tímido y me estaba temiendo lo que finalmente sucedió. Al terminar la canción que estaba sonando, el locutor empezó a hablar de la visita que tenían en ese momento, me presentó y me hizo una entrevista en toda regla. No recuerdo nada de lo que dije porque mi mente permaneció en blanco durante todo el tiempo.

Tras haber hecho de nuevo el ridículo, terminó el asunto de marras y nos fuimos el locutor, el técnico de sonido, el cantante y yo a tomar unas copas. Allí, ya más en mi ambiente, me tranquilicé y acabamos a las tantas de la mañana con un colocón importante. Volví a casa, no comenté a nadie lo sucedido, ni siquiera a mis compañeros de piso, y allí se terminó todo.

Como ven, a cualquiera le ponen un micrófono delante y es una experiencia muy poco recomendable y que no pensaba repetir (estás tomando nota, Jasp?). pero unos años más tarde, me volvió a suceder más o menos lo mismo, con otro programa, esta vez de mañana, y otro cantante invitado del que, ahora sí, recuerdo su nombre y que se llamaba Paul Carrack.

Así que, si están pensando escribir a una emisora para felicitarles por su programa, no pretendan ser originales. Si no saben qué poner, pueden probar a copipastear (qué horror de palabro) este párrafo:

"Cojonudo tu programa, oyes. Me dibierto mogollón con él. Sigue asín".

Seguro que no tendrán problemas.

NOTA: Esta historia que les acabo de contar tiene su lado negativo. El director del programa, al comentarle qué tipo de música me gustaba a mí, me prestó una cinta que había grabado personalmente en Nueva York, para que hiciera una copia y se la devolviera. Por esos azares y maledicencias del destino, acabé perdiendo la cinta. Le llamé por teléfono para comentárselo. No me creyó, lo cual tampoco le culpo, y fue una conversación bastante tensa. Finalmente, le mandé una caja de vino de Rioja con una carta excusándome de nuevo por mi torpeza y nunca más volví a saber de él puesto que dejé de escucharle por lo mal que me hacía sentir.


Escrito por Hallofon a las 11:44 AM | Comentarios (11) | TrackBack

Junio 14, 2004

Hacer el ridículo

En un pasado post rememorando las vicisitudes sobre los peligros de jugar al escondite a determinadas horas de la noche, he comprobado que alguno de los lectores se han regocijado especialmente de mis desdichas en el momento de hacer el ridículo. Para esos amantes del mal ajeno, he recopilado algunos de mis más sonoros deslices, cosa que no me ha sido nada difícil, y los he agrupado por temas. Hoy, mi artículo va a relatar tres de ellos correspondientes al asunto: Compra o alquiler de material pornográfico.

Ridículo Número 1

Protagonista: Yo mismo
Edad: 19 años
Lugar: Ciudad con Universidad. Barrio popular. Kiosco.
Magnitud: 3/10
Intensidad de las Secuelas: Baja
Relato del Suceso: Al poco tiempo de llegar a la Universidad, compartía piso con otros tres colegas. A su vez, los pisos contiguo y frontal al nuestro estaban asimismo ocupados por 4 estudiantes cada uno. Por lo tanto, los doce habitantes del lugar decidimos crear un fondo monetario para compartir esas cosas que vienen bien que las disfrutemos todos, como son el alcohol, las drogas y las revistas. En principio se hizo una votación para elegir éstas últimas, votación en la que fueron elegidas las siguientes publicaciones: Cambio 16, Interviú, Don Balón y Solo Moto. Asimismo se eligió un encargado de comprarlas, que con periodicidad mensual, cambiaría por orden alternativo. El mes que me tocaba a mí hubo una nueva votación y salieron elegidas: Playboy, Penthouse, Lib y Private.

Así que, bastante en contra de mi voluntad, me dirigí al kiosco del barrio a comprar el material. El kiosco estaba situiado en mitad de una muy concurrida plaza, llena de niños, madres, jubilados y gente de todo tipo. Permanecí oteando el horizonte, esperando que el lugar del crimen quedara vacío de todo vestigio humano. Tras dar unas cuantas vueltas alrededor, llegó un momento en que no había ni rastro de clientes, momento que aproveché raudo para hacer el pedido. Justo detras de mí se colocaron 4 señoras del barrio de edad madura, una de ellas vecina del mismo portal a la que fingí no ver. El caso es que entre la poca maña de la kiosquera con el inglés (la palabra penthouse se le encasquilló especialmente), su más que evidente sordera, el hecho de que para no llamar la atención yo hablara en voz baja y mi nerviosismo, dudo mucho de que quedara alguien en la plaza que no se enterara de cual era mi propósito y qué tipo de material impreso estaba adquiriendo. Afortunadamente, no vino ningún simpático socarrón a darme una palmadita en la espalda y soltar un chiste fácil por lo que pude alejarme del lugar, con el rabo entre las patas y las revistas bajo la cazadora.

Ni qué decir tiene que dimití de mi cargo de revistero nada más pasar la puerta aunque aduje motivos de conciencia ya que no me apetecía contarles el intenso momento que había vivido en la plaza.

Ridículo Número 2

Protagonista: Yo mismo y dos amigos
Edad: 21 años
Lugar: San Sebastián. Videoclub en la zona noble de la ciudad
Magnitud: 8/10
Intensidad de las Secuelas: Media
Relato del Suceso: Estabamos tres amigos pasando el fin de semana en casa de uno de ellos en la muy puritana ciudad de San Sebastián. El chico vivía en la zona más elegante de la ciudad y sus padres habían ido a pasar el fin de semana fuera. Por lo tanto, nada más comer y con el fin de pasar las horas hasta la llegada de la noche, se nos ocurrió ir a un videoclub de las cercanías a alquilar una película pornográfica. El plan era brillante: Mientras mis amigos alquilaban dos películas normales, yo, haciendo como que no iba con ellos, me introducía en la sección de películas X y elegía cuidadosamente una de ellas. Mientras yo escudriñaba los títulos, ellos se pondrían en la larga cola, y justo en el momento de pagar, aparecía yo con mi película camuflada entre la ropa y, aparte de la cajera, nadie del local se daría cuenta de lo que acabábamos de hacer. El plan funcionó a a la perfección salvo en un pequeño detalle. Una vez introducida la película porno astutamente dentro del lote, la cajera nos miró a los ojos y nos dijo delante de todo el mundo:

- "Estas pelis son para ver en un único vídeo?" - restalló su atronadora voz
- "Pues.... sí" - acertamos a decir
- "Pues debe haber un error porque estas dos películas son VHS y Rajitas Húmedas 3 es Beta, así que tendréis que cambiar alguna"

En ese momento el tiempo se detuvo por unos segundos. Nosotros tres nos contemplamos sin saber que hacer. La gente del local no sabía si reir o mirarnos con desaprobación. Al final, como yo era el responsable del desaguisado, cogí la película en cuestión, la deposité en el lugar adecuado, me dirigí al mostrador VHS, agarré lo primero que pillé y me presenté de nuevo en la caja donde esperaban mis atribulados amigos, rojos como dos tomates.

Ni qué decir tiene que apenas disfrutamos del bodrio que habíamos alquilado.

Ridículo Número 3

Protagonista: Yo mismo
Edad: 29 años
Lugar: Pueblo de 60.000 habitantes. La mitad de ellos trabajaban en o para una gran fábrica de la que me acababan de nombrar Director de C. Videoclub.
Magnitud: 10/10
Intensidad de las Secuelas: Alta
Relato del Suceso: Me pasaba el día solo. En el despacho, comiendo, en casa y en la calle. Comprenderán ustedes que uno de mis posibles pasatiempos era alquilar películas. Así que una de las primeras cosas que hice fue hacerme socio del videoclub. Al tercer día decidí que ya estaba maduro para poder alquilar una película porno sin sufrir ningún tipo de complejo. A fin de cuentas era algo natural y estaban allí para ser alquiladas no?. Así que me dirigí al lugar. Utilicé la táctica del bocadillo de cintas. Dos películas normales en las esquinas y la X en el centro. Una vez elegidas, me dirigí raudo a la caja. La cajera era nueva para mí. Y muy guapa por cierto. Justo cuando estaba llegando a su altura, con el paquete (de cintas) en la mano me sonrió y me dijo:

- "Tú eres el nuevo Director de C. de la fábrica no? Yo soy Carmen la hija de Germán O."

El tal Germán O. era un administrativo de mi departamento. En ese momento recé porque las relaciones paterno-filiales de la chica fueran inexistentes.

- "Mi padre me ha hablado mucho de tí. Me ha dicho que pareces una persona seria y trabajadora y de que ya era hora de que en ese departamento tuvieran un jefe como Dios manda"

Obviamente mis rezos no habían servido de nada. Allí estaba yo, petrificado, con el sandwich de cintas en la mano y sin saber qué hacer. Las alternativas eran escasas: o quedaba como un salido mental o como un gilipollas. Así que, tratando de adoptar un aire tranquilo y campechano, a pesar del temblequeo en las manos, le dí las cintas, pagué y me fui.

Ni qué decir tiene que me pasé los siguientes días escudriñando la mirada del tal Germán O. y de sus compañeros de departamento aunque nunca pude observar ningún destello en los ojos que me hiciera pensar de que sabían lo que había hecho ese verano.

Escrito por Hallofon a las 10:29 AM | Comentarios (20) | TrackBack

Junio 08, 2004

Mi primer trabajo

Hurgando una vez más en los recuerdos de la mente, les voy a relatar mis primeras andanzas en el mundo laboral. Terminada la Universidad, tenía claro que hiciese lo que hiciese, era obligatorio pasar una temporada en una gran capital. Elegí Madrid porque era donde mayores oportunidades tenía de vivir del cuento ya que ofrecía numerosas posibilidades académicas en forma de Masters, cursos y oposiciones, con los que alargar al menos un par de años más la vida de estudiante que tan bien me había ido hasta entonces.

Así que, un caluroso día de Agosto de allá por la mitad de los años 80, me presenté en Madrid en casa de una prima de mi madre, con el fin de buscar acomodo y matricularme en una academia para preparar oposiciones. La prima resultó ser una mujer extremadamente agradable, de cincuenta y muchos años, que se había quedado soltera para cuidar a su madre, que había muerto unos pocos años antes. Me acogió estupendamente durante un par de meses hasta que encontré acomodo en un piso junto a dos ex-compañeros de Universidad. Así pasaron dos años, en los que abandoné las oposiciones por falta de disciplina en el estudio y me matriculé en un Master.

Finalizado éste, y ante la alternativa de seguir explotando a mis padres, o ponerme en serio a trabajar, la voz de la conciencia, que hasta entonces había permanecido totalmente muda incluso en mis actos más abyectos, me conminó a dejar de sangrar la cuenta corriente familiar y buscarme un sustento.

Encontré sin problemas un trabajo en una multinacional conocida por pagar poco, exigir mucho y despedir a la gente al más mínimo fallo. Me asignaron un trabajo muy especial, como no podía tratarse de otra forma tratándose de mi persona: supervisar y controlar la construcción de la nueva sede de la empresa en un barrio periférico de la capital. Por ello, me ubicaron en las nuevas oficinas, ya construidas y me dieron un casco homologado para que me desplazara entre las obras de las plantas industriales en curso. Lo curioso del caso es que a las nuevas oficinas sólo se había desplazado un departamento, unas doce personas, con lo que, en un complejo diseñado para dar cabida a alrededor de 1000 trabajadores, sólo una docena ocupábamos el lugar. Y lo peor era de noche, cuando, por razones de mi trabajo, me tenía que quedar diariamente hasta bien esparcida la oscuridad, siendo el único habitante de aquellos fantasmales edificios. Desplazarse por el interior de ellos, a oscuras, y con las paredes reverberando mis acongojados pasos, fue algo inusual y poco divertido.

Finalmente, unos meses después se produjo el esperado traslado. Aquello se llenó de gente, de caras nuevas, y de trajín incesante por los pasillos. Como yo era el que mejor conocía el edificio, me asignaron la responsabilidad de ocuparme de diversas instalaciones: teléfonos, mesas, sillas, luces, etc. Y allí iba yo, seguido por unos cuantos operarios, de oficina en oficina, atendiendo las múltiples demandas de los recién instalados. Supongo que trasladarse desde las cómodas oficinas del centro, a un frío edificio de las afueras no le había sentado muy bien a la gente por lo que tuve que lidiar con numerosas imprecaciones y quejas. Además, como las cosas nunca funcionan a la primera, los problemas se multiplicaban y no daba a basto. Eso sí, esto me permitió codearme con toda la plantilla de la empresa, desde el consejero delegado hasta el guarda de seguridad. Mi presencia se hacía prácticamente indispensable en los despachos de los jefazos ya que era continuamente requerido para solucionar los más variados contratiempos. Desde entonces, siempre he tenido especial animadversión hacia los jefes altivos y condescendientes, ya que no cuesta nada pedir las cosas con educación y simpatía y es un gesto que se agradece. Tengo en especial recuerdo al jefe supremo, una persona a la que veía continuamente en las noticias, y que, con perdón de la expresión, era (y seguirá siendo) un gilipollas de tomo y lomo.

Tras superar con buena nota esta etapa, no sólo se me renovó el contrato sino que se me incrementó el sueldo y se me otorgaron nuevas responsabilidades. En mi nuevo trabajo, mantenía el contacto prácticamente constante con todos los directores. Acababa todos los días no antes de las diez de la noche (entraba a las 7:30 de la mañana y sólo paraba 30 minutos para comer). A esa hora, mi jefe, otro director y yo, nos íbamos a un bar gallego que había en las cercanías donde nos poníamos morados todas las noches a pulpo, marisco y combinados diversos compuestos por ginebra y otro refresco. Y salíamos una hora más tarde, cenados y con una castaña bastante importante. Pronto se hizo famosa esta costumbre entre los miembros del comité de dirección y al final se apuntaron unos cuantos.

Recuerdo una vez que se unió a nosotros una ejecutiva especialmente borde pero a la cual ya le había echado yo el ojo por otras características de su persona que ahora no procede relatar aquí. Ese día hubo aún mayor profusión de bebidas de lo normal y al final estábamos todos bastante borrachos. Me disponía a dirigirme a la estación de metro, como todas las noches, cuando mi jefe le comentó a la chica que me llevase en coche ya que éramos prácticamente vecinos. La chica, mirándome con desdén por tener que compartir su vehículo con un simple licenciado en prácticas, aceptó a regañadientes. Pero mis objeciones eran aún mayores ya que:

1.- La tipa me caía fatal
2.- Estaba como una cuba
3.- El coche era un 600 (*)
4.- La chica en su estado natural no veía tres montados en un burro, pero era lo suficientemente presumida como para no llevar gafas

Así que encomendándome a mi ángel de la guarda, a mi santo patrón y a San Cristóbal, me monté en el vehículo y, sin muchos incidentes, llegamos salvos y salvos a casa. Podría adornar el relato diciendo que al llegar, se lanzó de improviso sobre la cremallera de mi pantalón y tal y tal, pero ya he mentido lo suficiente estos últimos meses sobre mis proezas sexuales así que no contaré nada más que la verdad. Al día siguiente fue un "si te he visto no me acuerdo" y todo siguió su curso normal hasta que mi jefe y yo abandonamos la empresa al unísono para afrontar nuevos retos

Pero eso es ya otra historia.

(*) Se preguntarán que hacía una señora directora de una multinacional con un 600. Bueno, para redondear el perfil de la susodicha les diré que a sus aproximadamente 35 años y siendo una persona de buen ver, seguía viviendo con sus padres. Y por qué no un 600?

Escrito por Hallofon a las 09:40 AM | Comentarios (20) | TrackBack

Junio 07, 2004

In Braganti

Un reciente post de una querida amiga me ha traído a la memoria un hecho del que me había olvidado completamente y que, la verdad sea dicha, preferiría no recordar. Y así, como terapia de shock, lo voy a relatar a todos ustedes para su deleite y mi escarnio.

Hace muchos años, mis padres compraron una casa en un pueblo de la costa, a una media hora de donde vivíamos habitualmente. La tenían como inversión porque apenas parábamos por allí. Por supuesto, mi hermano mayor y yo las utilizábamos muchas noches como picadero, él con todo lo que pillaba por delante y yo con mi novia. Aunque llevaba bastante tiempo saliendo con ella, nunca se la había presentado a mis padres, hecho que tendrá su importancia cuando se desarrolle el relato.

Uno de esos días, en los cuales o bien su 600 o bien mi Dyane 6 se nos había quedado pequeño, fuimos a pasar una romántica velada al piso en cuestión, y, de paso echar un polvo. Una vez finiquitado éste y porque en nuestras enamoradas mentes no veíamos el momento de separarnos decidimos pasar el rato jugando al escondite. Visto ahora, a años luz de los hechos, me sorprende lo gilipollas que he llegado a ser y lo mucho que he madurado desde entonces.

Así que nos pusimos la ropa interior, y yo me fui a esconder mientras ella contaba hasta cien. Hallé refugio bajo una mesa del comedor esperando que ella me encontrase pronto y seguir retozando tras el feliz reencuentro. La condición para jugar a tan estúpido juego era que debía desarrollarse a oscuras. Pronto oí sus pasos acercándose hacia donde yo estaba y contuve la respiración para que no se percatase de mi presencia. Lo debí de hacer muy bien porque pasó de largo y se dirigió directamente al dormitorio que alguna vez habían utilizado mis padres. Lo que no sabíamos entonces es que mi padre, tras una acalorada discusión con mi madre, había hecho una teatral salida de casa y se encontraba en ese momento dormitando plácidamente en la habitación en la que, dentro de unos segundos, iba a entrar mi novia bastante ligera de ropa.

Lo que aconteció después, lo voy a contar desde tres puntos de vista diferentes, según el sujeto pasivo que vivió esos trágicos momentos:

- Mi novia: Vestida únicamente de bragas y sujetador, entra en la habitación totalmente a oscuras, escucha el inequívoco sonido de una respiración acompasada que sitúa encima de la cama, y, tomando impulso, efectúa un ágil salto sobre el bulto que se atisba, emitiendo el siguiente grito: "Te pillé". Acto seguido, encendida una luz, una figura de un cincuentón calvo, emerge de entre las sábanas y, aunque el parecido entre mi padre y yo puede ser ciertamente razonable, toma conciencia de que algún error ha habido y de que este plato no estaba previsto en el menú.

- Mi padre: dormitando plácidamente en la cama, se ve de pronto sacudido por un ladrón, secuestrador o truhán de cualquier calaña, que afirma que le ha pillado. Acto seguido se ve en un zulo con una venda en los ojos esperando el pago de un rescate. Enciende como puede la luz, y en vez de encontrar a un malhechor de aire desafiante, encuentra a una bella joven en bragas y sujetador y a punto de darle un telele. Aturdido todavía por esta inesperada visión interpela al asaltante y le dice: "Quién es Usted? Cómo ha entrado aquí?" La interpelada permanece muda y presta a desmayarse. En esto, hace su entrada un apuesto joven en calzoncillos, horrorosos por cierto, que guarda cierta similitud con su hijo el mediano.

- Yo mismo: Acurrucado tras la mesa, diviso como mi novia desaparece al final del pasillo dirigiéndose a la habitación paterna. Unos segundos más tarde, me sorprende oír la conocida voz de mi padre reprendiendo a mi chica, en términos duros y amenazantes. Sin tiempo de ponerme nada encima, con mis calzoncillos, horrorosos por cierto, como única prenda acudo raudo y veloz en auxilio de mi amada y pongo paz entre ellos, explicando, a duras penas, el camino que nos había conducido a semejante situación.

Mi padre, que tiene muy buen talante y es progresista y de izquierdas, pronto asimiló lo que había pasado y estalló en una carcajada, al tiempo que nos invitaba a mi novia y a mí para que, una vez vestidos del todo, tomásemos una copa juntos y nos riésemos de la anécdota. Mi novia, en cambio, todavía no había recuperado el color, permanecía muda e impasible, y fueron necesarios varios minutos antes de que pudiese dar un paso y decir una palabra.

En el viaje de vuelta, intentó romper conmigo, me dijo que no quería verme nunca más, aunque cuando llegamos a casa, ya se le había pasado parte del disgusto y seguimos saliendo una temporada.

Para añadir mayor humillación al lance, una vez reconciliados mis padres y puesta en antecedentes mi madre, esta aventura fue narrada con pelos y señales por ambos a dúo en una de las multitudinarias cenas que solían celebrar de vez en cuando con todos sus amigos y conocidos y a las cuales yo también solía acudir. Por ello tuve que aguantar las risas que hicieron todo ellos a costa de mí y de mi pobre novia. Por supuesto, ésta nunca quiso ser presentada oficialmente a mis progenitores.

Escrito por Hallofon a las 09:59 AM | Comentarios (13) | TrackBack