| Me propuse un ejercicio de quietud. Puede que mi cuerpo estuviera erguido, pero lo sentía tendido en una posición relajada. La música se convertía en un sueño metálico. El humo tintado en mi cielo onírico. Los cambios de ritmo, tristes latidos descontrolados. |
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Cruzar la puerta es meter las narices en un mundo que no está ahí por mi. Lleva veinticinco años existiendo fuera de mi. Dieciocho legalmente. Y siete que solo sirven para aportar ahora una edad inocente a la sala. Los que están aquí la han perdido, están suspendidos en su escenario. Luces, humo y algún movimiento lento. Inmigrantes apoyados en la pared o elevados en taburetes altos. Mujeres jubiladas que guardan el vaso de plástico. El vehículo para que las monedas de veinte céntimos comiencen su viaje iniciático. Ya se han despedido del olor rancio de un monedero. El recorrido es como el del agua en cuesta. La peregrinación del dinero parece imantada hacia la urna de cabeza metálica, su claro destino, la llaman: “La máquina del dinero” tan brillante, y espectacular... con su suave balanceo que adormece y te agarra y te dedica su nana. El aliento se corta al levantar la vista. El pasillo lo crea la hilera de máquinas. |
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Jueves.
Contagiar algún bostezo en el trabajo.
Sentarme en un paseo arbolado las últimas horas de sol para poder fijarme en los zapatos de los demás.
Que la risa suba y baje escalones, y que además me acerque las zapatillas a la cama.
Martes 8:10 a.m.
Move on up, Curtis Mayfield.
No importa si llego tarde al trabajo, es mi terapia.
Programa semanal. Lunes.
7:30 a.m.
Lavarme la cara con agua fría para olvidar el susto del despertador. Buscar la canción “Aquarius” y subir el volumen.
No importa si alguien se despierta, es mi terapia.