Febrero 04, 2004

Pueblos Mínimos

El poeta Miguel Hernández, en su época creativa más vigorosa y vehemente, allá por 1936, escribió un poema titulado Vientos del pueblo me llevan. Su intención, que probablemente era la de alentar a los combatientes del bando republicano a que no se subyugasen, quedó plasmada en imponentes versos como éstos: […] Asturianos de braveza / vascos de piedra blindada / valencianos de alegría / y castellanos de alma / labrados como la tierra / y airosos como las alas; / andaluces de relámpago, nacidos entre guitarras / y forjados en los yunques / torrenciales de las lágrimas; / extremeños de centeno, / gallegos de lluvia y calma / catalanes de firmeza / aragoneses de casta / murcianos de dinamita / frutalmente propagada, / leoneses, navarros, dueños / del hambre el sudor y el hacha, / reyes de la minería / señores de la labranza […]

El joven orcelitano hizo con esta poesía un repaso breve pero muy descriptivo del pasado de nuestro país, variado y uniforme a la vez. Un pasado en el que la vida se desarrollaba en los pueblos más que en la ciudad, la economía era prácticamente de subsistencia, y el mayor porcentaje de ocupación estaba concentrado en las áreas rurales, donde la gente se dedicaba a las labores del campo: la ganadería y la agricultura. Los niños estudiaban las cuatro reglas, aprendían a leer y malescribir y luego seguían el destino que le había tocado en suerte vivir a sus padres, en el mejor de los casos. Quizá esta semblanza resulte demasiado llana, muy al uso, simple acaso. Pero es reveladora si se tiene en cuenta que, con el transcurso de las décadas, muchos de esos pueblos que se autoabastecían, se fueron vaciando progresivamente. Otros, en cambio, experimentaron rápidos y sorprendentes desarrollos que hacen que lo único que compartan hoy con lo que fueron antaño, sea el nombre del pueblo y el gentilicio.

Sea como sea, y en el siglo XXI, todavía nos quedan pueblos, minúsculos, que a veces albergan cantidades de habitantes que se pueden contar con los dedos de una mano, o por desgracia, ya ninguno. El Instituto Nacional de Estadística elaboró un estudio que hacía referencia a las denominadas «entidades de población» que es el nombre con que se conoce a aquellas zonas habitables que gozan de denominación propia, así como aquellas aldeítas en las que hubiera por lo menos diez viviendas, y los resultados fueron, cuando menos, descorazonadores. Veamos con detalle el hallazgo del INE. En España, Galicia ostenta el dudoso honor de ser la comunidad española con más pueblos semideshabitados o con menos de cuatro habitantes. De hecho, en la comunidad gallega se concentra más de la mitad del total de localidades casi vacías de todo el país, que son 3.977 de un total de 7.644. Gallegos de lluvia y calma… cada vez menos.

Siguiendo a Galicia, Asturias, con sus casi 1.400 pueblos mínimos, y después, las 548 aldeas de Castilla y León. Menos mal que ancha es Castilla. Y en cuanto a los completamente vacíos, las calculadoras del Instituto de Estadística disparan estos datos, que ponen de nuevo en primer lugar a Galicia, con 1.066 pueblos sin vida, en segundo a Asturias, con 543, Castilla y León (258) y Cataluña (228) como las cuatro primeras comunidades, en contraste con las que menor número de pueblos deshabitados tienen, que son Cantabria, La Rioja y el País Vasco.

Matemáticas aparte, en estos lugares la belleza se niega a abandonar las moradas que ha habitado, y ese encanto rural tantas veces proclamado por las agencias de viajes para los sitios turísticos que sí tienen afluencia de público, también se encuentra, ¿por qué no? en los pueblos mínimos. A propósito de este tema, pocas son las salidas que le quedan a estos pueblos para remontar, para salir adelante y ser, si cabe, sombra de lo que fueron. Las casas rurales, por tanto, se presentan como una alternativa, ya que su instalación atrae habitantes, aunque solo sea temporalmente. Pero los inversores se muestran reticentes a poner en marcha estas casas si son heredadas y con cierta antigüedad, porque su estado suele hacerlas inadecuadas para el uso turístico y requieren de una inversión millonaria que no se amortiza a corto plazo ya que la demanda es solo en fines de semana y contadas fiestas. Esto ocurre más en el interior de la península, porque en las zonas costeras el turismo extranjero provoca más peticiones de alquiler.

No obstante, ha cambiado el tipo de gente atraída por los pueblecitos, por el turismo rural; antes se asociaba este modelo de ocio con una escapada barata, típica de montañeros que se arreglan con pocos recursos (lo cual, por cierto, es más afín a la esencia de lo rural) pero parece ser que desde hace tiempo la clase media – alta se está haciendo pequeños paraísos rurales para su descanso, a precios imposibles, todo sea dicho.

Pero, ¿qué ha sido de aquellos que se apuntaron a la moda de finales de los noventa de mudarse a un pueblo pequeño, casi abandonado, y empezar una nueva vida? ¿Sigue en boga? Al parecer sí, y los adeptos se encuentran entre las familias de entre 30 y 50 años, con varios hijos, cuya intención es lógicamente parecida: establecerse en un lugar alejado del ritmo de las capitales prestándose a trabajar en cualquier cosa, pese a que a menudo se trata de gente con una preparación académica que no tiene nada que ver con el trabajo que puedan encontrar en estos pueblos. Por otra parte, la población inmigrante de América latina, se muestra también muy interesada por instalarse en estos lugares, y coinciden, por ejemplo, en el hecho de ser familias con hijos. Curiosamente, estas familias se reúnen por varios medios para trasladarse a los pueblos, o se acogen a los planes de promoción de algunas localidades para que las familias se animen a incorporarse. Se juntan generalmente a través de asociaciones, o por Internet, en los foros y páginas dedicadas a la vida rural (que son muchas) para emprender una tarea cuyo futuro es incierto pero esperanzador.

La realidad es que España está envejeciendo, a pesar del empujón de la inmigración, y del diminuto aumento de décimas experimentado en la media de hijos. Un buen termómetro son las escuelas de estos lugares, donde los maestros –si es que hay más de uno- se encuentran con el problema de tener que distribuir a sus alumnos en el curso que les corresponde, y no poder hacerlo la mayoría de las veces, porque no se puede impartir clase a un solo alumno. Es por esto por lo que niños y niñas de edades distintas, y por tanto, de distintos niveles de escolarización, compartan aula y reciban una peculiar enseñanza, casi individual.

Peculiar la enseñanza, y peculiares las maneras de quienes viven en estos pueblos, no ya los recién llegados, como explicábamos antes, sino aquellas personas que nacieron, crecieron y ahora envejecen tranquilamente en la tierra que ha sido escenario del acontecer de sus vidas. El director de cine Antonio Giménez Rico, basándose en la novela de Miguel Delibes «El disputado voto del señor Cayo» (1978) dirigió en 1986 la película que lleva el mismo nombre, en la que el desaparecido Francisco Rabal interpretaba al señor Cayo, alcalde de un pueblecito de dos habitantes, que a mayor despropósito, no se hablaban entre ellos. Independientemente del argumento de la novela (que se adivina desde el título), Rabal encarnaba muy bien el prototipo de viejo campesino, sabio, melancólico, de hablar reposado, paradigma del talante de este mundo rural en progresiva desaparición. Precisamente, el vallisoletano Miguel Delibes, se caracteriza por su tratamiento de los ambientes provincianos y rurales, y plasma esta personalidad labriega en una de sus obras maestras, «El camino».
Quién sabe si alguna vez regresaremos al modo de vida que hoy tienen estos pueblos mínimos, que es ni más ni menos que el que se tenía hace no tantos años, pero con mayor cantidad de gente. Pero desde luego queda claro que esta cultura del campo, de la serenidad, que ignora a nuestra cultura de la prisa y la masificación, tiene pinta de ser más sana y en definitiva, mejor. La solución perfecta es, quizá, una conjunción de ambas.

Posted by Irene at Febrero 4, 2004 12:57 AM
Comments

Colgar los deberes de clase en el blog... ¡Qué falta de consideración! :D

Posted by: Germán on Febrero 4, 2004 01:06 AM

Qué pedorro! Voy a decir yo lo mismo de uno que yo me sé.

Posted by: Rear Window on Febrero 4, 2004 01:25 AM


Como siempre, los isleños de una y otra latitud no salimos en los poemas...sin embargo, eso de "Murcianos de dinamita" es fantástico, dan ganas de serlo.

Sobre el tema, no me voy a ir yo a un pueblo más aburrido que el mío, ahora si me garantizan que va a ser como Cicely, Alaska, igual me lo pensaba...en cuánto a lo de "andaluces de relámpago", podría decir algo, pero va ser que no (JO JO JO) :P

Posted by: Xisca on Febrero 4, 2004 02:22 AM

Jodé... pedazo de tocho... Cada vez te pareces más a tu hombrecillo verde :P

Posted by: Tanita on Febrero 4, 2004 03:06 PM
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