Mientras venía en el autobús, leyendo y cabeceando sobre un reportaje de Almodóvar escrito por Millás el pasado mes de marzo, he visto junto a un semáforo a una señora mayor, bajita, redonda, parada en mitad de la acera, justo en un sitio donde un día paramos a hacer una foto. La señora no se movía, y en mi duermevela he imaginado que la señora estaba esperando a que le hicieran una foto, pero ¿cómo iba a esperar a que le hicieran una foto, en mitad de Bravo Murillo, a las 9 de la mañana? La cosa es que la mujer no estaba frente a ningún paso de cebra, ni estaba acompañada, y me he asegurado de que iba sola. Muerta no estaba, porque estaba de pie, mareada tampoco, porque estaba bien derechita y ni se quejaba ni nada, y cataléptica menos, porque ¿puede una cataléptica mantenerse en pie? Como vuelva y la vea ahí, plantada en la acera de nuevo, la cataléptica voy a ser yo. Qué mal rollo.
Me pongo tierna oyendo la cancioncilla que Televisión Española ha puesto de fondo al anuncio del programa especial de mañana -enésimo programa- sobre la boda. Y rascando en mi coco, llego a la conclusión de que es "She's like a rainbow", de los Rolling. La busco, me la bajo, la escucho una y otra vez. Ese piano juguetón, la puerilidad de la melodía, el destrozo premeditado pero grato del final... Víctima blanducha de la televisión como soy, supongo que lo asocio a las imágenes que acompañan a "She's like a rainbow", retazos de vida en Super 8.
No tengo ningún vídeo de cuando era niña, aún a pesar de tener la certeza de que existe alguno. De hecho, me atrevería a decir que en el más antiguo tengo un añito, pero de momento no está en mis manos. Envidio a la gente que los tiene. Siempre que hablo de esto me acuerdo de los que mi mejor amiga me enseñaba en su casa. Imágenes hechas con tomavistas, mudas, lentas, sus primeras horas de vida guardadas para siempre. Por eso tengo ese afán exacerbado de inmortalizarlo todo, por eso cargo con la cámara de fotos a diario y me la llevo a todas partes.
Soy una sentimental incorregible.

Que de pequeña me diera vergüenza pedir lo que fuese cuando iba a comprar no es excusa para que ahora me ocurra lo mismo. La timidez, lejos de vencerse, se maquilla muy bien con la edad, pero es que empiezo a pensar que lo mío de ahora no es vergüenza exactamente. Puedo comprar casi cualquier cosa, pero cuando estoy a punto de pedir el pan un temblor paralizante recorre mi cuerpo. Me pasa toda mi infancia por delante, todos mis llantos por no poder musitar siquiera un por favor ni un gracias, ni saber qué pedir. Petrificada, me trabo porque no sé qué demonio de variedad de pan tengo que escoger entre las quinientascincuentamil barras aguadas que hay en la vitrina. Las denominadas "especiales", las más ricas, tiernas y doraditas, rondan el inolvidable precio de unos 50 céntimos, cuando no son más que simples barras congeladas puestas a hornear, eso sí, con un mínimo porcentaje de harina más que las barras o pistolas normales. En definitiva, que esas barras "especiales" te van a empantanar el mantel de migas igual que las otras, pero al menos no serán pura agua fermentada. El día que, desengañada, no pido de las especiales, encuentro la lista de boda de Letizia y Felipe sección panificadora: panes de dieta, integrales, barras galleta, pistolas, vienas, candeales, libretas...
Paso mucha vergüenza, mucho agobio.
Quiero tres barras de pan. Y punto.
Estudiar una carrera cuesta. De eso nadie tiene duda. Unas carreras cuestan más que otras, otras duran más que unas. A unos les duran las carreras más que a otros, hay a quien le toca irse a cientos de kilómetros... pero todas requieren echar ratos y ratos de estudio (o de chuletas, para qué engañarnos, que también llevan su tiempo) Cuando mi ordenador estaba en ruinas, poco antes de formatearlo, el Messenger no me atacaba con avisos de una tal Ilaria, de su ordenador puede estar infectado con el ébola ni con títulos universitarios gratis.
Ahora sí, y no solo molestan e interrumpen al saltar, sino que algunos hasta me ofenden por su contenido. La traducción rápida para quien no lo comprenda es

En otro orden de cosas he de comentar la profunda envidia que algunos provocáis en mí. Me estoy refiriendo a las preguntas que hice en mi post del pasado 28 de abril, donde casi todo el mundo que me comentó indicaba tener al menos una hora de descanso diaria. Y digo al menos, porque otros me dejásteis claro que lo vuestro es el descanso y el trabajo es afición.
Como de un tiempo a esta parte noto que apenas paro un rato, y que mi tiempo (sí, me parafraseo) digamos libre, se me va en el autobús y en las paradas, ya no me parece normal sentarme a descansar, sino más bien un extra, un capricho. Y es que desde que empecé a tener más de una cosa que hacer al día, hace años ya, la gente siempre me dice que lo mío es correr. "Tú siempre corriendo, hija", me dicen las amigas de mi madre, me dicen mis abuelas, me dice la Comunidad Internacional.
No es bueno ésto, pero ocurre que cuando dejo de hacer algo, especialmente en verano, se me cae el alma a los pies y me siento vacía y un punto inútil.
Si, sé que los platos tienen nombre, pero éste de hoy no sé cómo se llama. Se me ocurrió anoche porque tenía prisa por cenar y por alimentar a Muletaman*.

Básicamente se hace así:
Cueces cuatro patatas medianas previamente peladas y troceadas en rodajas. En el agua de la cocción pon sal y un poquito de pimienta dulce molida (y si no tienes pimienta no la eches, que es igual)
Mientras tanto, preparas una bechamel espesita (margarina, sal, harina y leche entera) Cuando tengas ambas cosas, escurre las patatas y colócalas sobre una fuente apta para el horno. Encima, coloca lonchas de jamón york, de queso de sandwich, y pedacitos minúsculos de chorizo.
Ahora que me doy cuenta, con cebolla debía estar muy rico, pero no caí.
Prosigo: vierte la bechamel hasta cubrir la superficie de la fuente, y pon queso rallado a continuación. Mételo al horno y déjalo hasta que comprendas que ya está (unos minutos, ve controlándolo o se quemará) La idea es gratinar, para que quede así de apetitoso.
*Muletaman: mi hermano. Ese hombre en edad crecedera que no para de comer, y ahora más, que está lesionado...
Toda la tarde metida en el archivo de la Facultad me ha dejado el coco abotargado y los ojos hechos tortilla. Y un regustillo típicamente retro de lo más sabroso. Metida de lleno en un par de ejemplares del ABC de 1965 y 1966 (que me han revelado la verdad de la vida: no había noticias, había natalicios, matrimonios, funerales y una católica, apostólica y romana alta sociedad española) me he traido para el blog un par de joyitas de la época. La primera de ellas, una afrenta al currículum. Para qué complicarse con pruebas de selección in situ, pudiéndolas hacer vía postal. Muchas respuestas las conozco. Otras, sinceramente, no. Las demás ¿para qué sirven?
La segunda perlita es un ejemplo entre los ejemplos. Advierto: aunque no lo parezca, anuncia a un ingeniero depurador de agua. He aquí la metalingüística en estado puro.
Y duro, durísimo.
Aunque no me gusta copiar, y menos de e-mails que recibo, me siento con ganas de colgar esta carta, que sin duda habréis leido muchos ya. Bajo el seudónimo de "César Romero Leal", Susana López Rubio ganó el III Concurso Antonio Villalba de cartas de amor.
Pero ésta no es de amor. Es de desamor, fracaso, melancolía y resignación. Una resignación tan grande, que... bueno. Si no la conocíais, leedla.
Estimada Cristina,
Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el Tribunal.
Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.
Cosas a conservar:
- La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.
- El leve rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor una mañana, cuando te bajaste en la segunda planta, y yo aún no me atrevía a dirigirte la palabra.
- El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.
- La mancha de rimel que dejaste en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.
- La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.
- El mordisco que dejé en tu hombro y tuviste que disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.
- Las gotas de lluvia que se enredaron en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.
- Todas las horas que pasamos mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos. (También las horas que pasé simplemente soñando o pensando en ti)
Cosas que puedes conservar tú:
- Los silencios.
- Aquellos besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.
- El sabor acre de los insultos y reproches.
- La sensación de angustia al estirar la mano por la noche para descubrir que tu lado de la cama estaba vacío.
- Las nauseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.
- El cosquilleo de mi sangre pudriéndose cada vez que te encerrabas en el baño a hablar por teléfono con él.
- Las lágrimas que me tragué cuando descubrí aquel arañazo ajeno en tu ingle.
- Jorge y Cecilia. Los nombres que nos gustaban para los hijos que nunca llegamos a tener.
Con respecto al resto de objetos que hemos adquirido y compartido durante nuestro matrimonio (el coche, la casa, etc) solo comunicarte que puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo solo son eso: objetos.
Por último, recordarte el nº de teléfono de mi abogado (914070485) para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento.
Afectuosamente,
Roberto.