Ya estoy aquí, de vuelta. Estuve en Francia, y también estuve haciendo limpieza en mi casa. Una avería en mi "proveedor de servicios", (que cínico es el mundo de las nomenclaturas) me ha mantenido aislada, por lo que he aprovechado para formatear mi ordenador. Ahora tengo la cabeza fresca, las paredes limpias, los cristales resplandecientes, los cajones ordenados y el disco duro como una patena. No se puede pedir más... He quemado incluso romero, por la casa, como hacía mi abuela paterna. "Que se vaya lo malo y entre lo bueno"... Lo he hecho cuando mi hija no estaba en casa, que ya es suficiente con que fume delante de ella y diga palabrotas en ocasiones para que me vea también haciendo conjuros y sahumerios. Lo he hecho en mi intimidad solitaria, recorriendo las habitaciones con una rama de romero humeante mientras mi gata negra me perseguía pengando brinquitos de entusiasmo. Hay una especie a la que le gusta más un ritual mágico que a las mujeres y es la de los gatos. Lo de las mujeres se podrá explicar algún día, pero a un gato no hay quien le haga un test. El último gato de la historia del mundo se morirá con todos los secretos de su especie inviolados...
Vengo contentísima (que poca estética literaria tienen los superlativos) de mi viaje a Eurodisney o Disneyland París, como hay que decir ahora. En el margen de tres meses he hecho dos viajes diametralmente opuestos: el Camino de Santiago y Disneyland. Pero el primero lo hice por mí y el segundo por otros. Y de los dos volví contenta porque hice lo que me apetecía hacer, en el primero buscar mi satisfacción y en el segundo, buscar la satisfacción de los que quiero. Y de este segundo viaje, menos místico y trascendente, me he venido con una sonrisa de oreja a oreja, porque me he llevado a dos niños y una mujer mayor que no han parado de entusiasmarse, y hay muchas cosas dignas de ver en este planeta, pero sin duda una de ellas es una mirada que brilla de entusiasmo. Y también vimos París..
Cuando el vagón del metro emergió a la superficie y en la ventanilla se impuso la torre Eiffel, mi hija y mi sobrino aspiraron sorprendidos. ¿Cómo se podría transcribir ese sonido que hace la garganta cuando tomas aire repentinamente ante un estímulo?. No lo sé. Sé que la imagén de la torre acompañada de ese aire pasando por sus gargantas será para siempre un preciado tesoro de mi memoria. Ahí estaba ese macromundo de la belleza absoluta y ese micromundo de la sorpresa, tan personal e intransferible. Los dos unidos en un sólo instante para que yo los disfrutara. La torre estará ahí por siglos, pero sólo unos sengundos bastan para que unos párpados se abran y la contemplen por primera vez en sus verdaderas dimensiones.
Ese día hicimos muchas cosas. Subimos a la torre Eiffel, paseamos en barco por el Sena, comimos cous cous en el Barrio Latino, visitamos Notre Dame y los niños se entusiasmaron con las gárgolas porque le recordaban al Jorobado. Por último estuvimos en el Louvre.
Apenas pudimos ver una décima parte de lo que allí hay, pero vimos a la Gioconda. Mientras una centuria de japoneses se pegaban codazos para sacar una foto al retrato de la enigmática, lo niños y yo correteábamos por la sala porque les expliqué que sería imposible encontrar un punto donde la mujer del retrato dejara de mirarles. Ellos, por supuesto, quisieron porner a prueba mis palabras porque lo niños sólo creen ciegamente en los Reyes Magos y es por interés. Visitamos otras salas y en una de ella me llamó la atención el Bautista de Leonardo. En aquel pasillo me captaron el original de esos ojos que ríen más que la boca. Tanto que he puesto la imagen en el escritorio de mi ordenador. Mi hija me ha preguntado por qué la he puesto. Yo he dicho que porque me sonríe. Ella dice que lo mismo se ríe porque me está haciendo un corte me mangas. Los macromundos y los micromundos no siempre coinciden.