El único carnet que me he sacado por propia voluntad hasta ahora, es el de donante de órganos.
Alguna vez he hablado de cómo Nines aparecía en algún recodo del Camino, cuando su presencia, a David y a mi, más no alentaba. Nines, la peregrina que caminaba sola, sin horarios, parándose sólo donde y cuando sus pies o su estomago sentían apetencia, dándole sentido al Camino con su independencia, como se lo dan la eternidad de las piedras, el frescor que te busca desde la puerta de una iglesia o el acontecimiento de las viñas que se bañan al sol.
Esta fin de semana esos pies peregrinos han elegido mi casa. Y con ella me reencontré con esos otros peregrinos que cuando no caminan, planean una y otra vez la manera de volver. Hemos vuelto a reunirnos en torno a una mesa, Maldonado con su pertinaz entusiasmo, Curro el médico, que conoce a los pájaros, de dónde vienen o a dónde irán y cuándo lo harán, Luisa, Manolo, Lourdes, David, cargando aún algunas piedras que intentó abandonar en la cruz de Ferro. Entorno al vino y los recuerdos me pidieron que renovara la costumbre de volver cada jueves a buscarlos a la calle San Jacinto, cerca de la Vía de la Plata. Y me trajeron tambien a la mente la promesa que le hice a Ana hace un mes de acompañarla el año que viene en su primer Camino. Y es así como hace unas noches, mientras David le contabilizaba a Nines en la calle Betis, los bares que alguna vez habíamos cerrado, comprendí que el Camino había venido a buscarme, a mi casa, se sentaba a mi mesa y me acompañaba incluso a tomar esa copa en El Descansillo, el bar preferido de David y mío, donde solíamos arreglar el mundo mientras escuchábamos esa música que no podía sonar alta. Y allí sentada en nuestra mesa preferida cubierta por el húmedo rastro de otros vasos y de la alegre conversación del reencuentro, le respondí mentalmente: “te he entendido”.