Aquella mañana me tocaba abrir la recepción de los apartamentos para turistas de tercera en la que con mi sudor me gano unas pesetillas. Nueve y cinco de la mañana, aparco la bici. Nada más llegar y sin apenas darme tiempo a reposar mis tumefactas nalgas, vino la guía de NUR, una compañía alemana. Tras rechazar mis invitaciones al sexo en horario laboral me dejó un fajo de papeles para tirar, como todos los días. Pero como la recepción estaba hecha un desastre por cortesía de Fernando, el recepcionista nocturno, y a mí me da penilla echar tanto papel a la basura dejé aquel fajo de folios para reciclar en una esquina. Ya me encargaría de ellos al cabo de un rato.
Tras media hora de recoger notas con faltas ortográficas, llaves descolocadas, tazas de café, colillas, pequeños mamíferos muertos y un sinfín de guarrerías me dediqué a pasar las fichas de entrada al libro, una monótona tarea administrativa que debido a su sencillez permite a mi mente entrar en un estado similar a un agradable sueño. Acabado esto y de vuelta a la cruda realidad decidí dedicarle un momento a la naturaleza. Cogí los folios (unos doscientos, más o menos) y me los llevé al contenedor de reciclaje, que está en la calle, en la acera de enfrente. ¡Ale! Todos adentro y mi conciencia relajada durante un tiempo... hasta el próximo documental sobre la deforestación. Me llamó la atención que estuviese vacío porque siempre lo había visto a rebosar y ya empezaba a sospechar que no recogían nunca el papel de allí.
De nuevo en la recepción por fin tendría un cuartito de hora de paz, esperando la llegada de Fina, la jefa. Por cierto, debo decir a su favor que siempre llega antes de hora, quizás para dar un ejemplo que me empeño en no seguir. Cómo no, Fina llega a las diez menos cuarto y saluda alegremente.
– ¡Hola! – dice mientras con un gesto me echa de la silla en la que estaba y me manda a por otra. Lleva un vestido con el estampado más feo que había visto en las últimas tres semanas. No diré que en mi vida porque, sencillamente, no sería cierto: trabajando en una recepción y viendo desfilar a cientos de guiris cada día se llegan a ver vestimentas realmente horribles, y no me refiero sólo a las típicas sandalias con calcetines. Creo que me estoy desviando un poco y éste es un tema que podría ocupar páginas y páginas. Se lo aseguro.
– Hola, Fina, ¿cuántas cortinas te has cargado para hacer ese vestido?
– Oye, – dice ella ignorando mi comentario y echando un ojo por encima de la mesa – ¿dónde están los bonos de Neckermann de ayer?
– Están con los de Iberojet en el clip.
– No, aquí no están, ¿dónde los has metido? – insiste ella, mosqueándome ligeramente, pues yo hubiese jurado que estaban donde yo había señalado.
Para el que no sepa lo que es un bono de hotel puedo describirlo en una pequeña síntesis: BONO = DINERO. Ergo: PERDER BONO = MUERTE DESAGRADABLE. Esto en esencia. Físicamente, un bono viene a ser un papel de unos 10x25 centímetros que describe el alojamiento que deberíamos dar a los clientes que nos lo entregan. Angelitos...
– Te juro que los he puesto allí mismo, – replico apuntando un lugar indeterminado de la mesa – tranquila que ahora los busco.
Lo que he llamado recepción no es más que un mostrador con una silla (de plástico) detrás y una mesita de conglomerado negro con un par de cajones, así que no había que buscar mucho para darse cuenta que los bonos no estaban allí. Mi jefa me estaba mirando con una de esas miradas que podrían matar a un elefante adulto... yo no lo veía, pero estas cosas se notan.
– ¿Cuándo ha sido la última vez que los has visto? – Inquiere Fina. Frunzo las cejas en un gesto pensativo, pero no por mucho tiempo, porque viene a mi mente como un relámpago.
– Oye, Fina, me voy fuera a comprobar una cosa – salgo, cruzo la calle y miro dentro del contenedor de papel, sólo para comprobar con indecible horror que los bonos estaban al fondo del armatoste aquel: un cubo metálico de aproximadamente un metro y medio de arista. Las únicas dos aberturas, que estaban en la parte superior, no tenían más de treinta centímetros de anchura y cerrándolas había dos tapas que se abrían hacia dentro y que un muelle forzaba a volver a su posición original. En definitiva: la pequeña fortaleza para el papel a reciclar.
Me apresuré a volver a la recepción e idear un método para recuperar los bonos antes de que una avalancha de ecologismo indujese a la masa descerebrada a reciclar todo su papel como posesos. Ya sé que este temor puede parecer un tanto infundado en la sociedad necia y materialista en la que vivimos pero, siendo conocedor de la Ley de Murphy, no me arriesgué a comprobarlo. Pensando en todas estas tonterías y de vuelta a mi habitáculo de trabajo me estrellé contra la fuerza de los elementos, mi jefa, a la que le conté todo, preso de la estupefacción y tal vez de un ignoto y misterioso poder de hipnosis.
– ¡Pues ya los estas recuperando ahora mismo aunque te dejes las cejas! ¡Cacho burro! – Supongo que no me mató al instante porque tendría que haber sacado los bonos del contáiner ella y porque le debía (y le debo) cinco mil quinientas pesetas.
– Vale, vale, no me estreses, que tengo que pensar – empecé a inspeccionar lo que había a mi alrededor, no mucho, pero adquiero un palo de escoba y el rollo de celo. Entonces, inspirándome en los recoge-papeles que se ven en los parques de las pelis americanas, enrollé el celo en el extremo del palo de escoba, mas con el pegamento hacia afuera, y salí a la calle.
Mi método de pesca de papelajos no era muy ortodoxo, pero aun así podía meter un brazo en el contenedor para asir el palo, asomar un ojo por la rendija y con el otro brazo por fuera controlar la dirección de mi artilugio, consiguiendo un nivel aceptable de precisión. Eso sí, el espectáculo que daba era un tanto deplorable: un imberbe raquítico metiendo la cabeza en un cubo gigante y apestoso para robar papeles en plena zona turística de Ibiza, cual yonki en celo. Como nota final y aunque no tenga mucha importancia diré que el contenedor era azul y mi camiseta era naranja con flores, así como de camuflaje perfecto. Los jubilados que volvían de su paseo matinal ya empezaban a rebuscar duros en sus carteras en plan limosna, las marujas se paraban mirándome con cara de asco-pena, y aunque me daba cuenta de todo esto yo era una personita feliz porque en un instante había recuperado tres de los bonos. Bueno, quien dice un instante dice veinticinco minutos, pero eso no me impedía regocijarme de mis habilidades en la caza de bonos con escoba. Quizás fue esta precipitada alegría o tal vez una de las enormes moscas que por allí pululaban que se me metió en un ojo, pero la realidad es que el infortunio volvió a caer sobre mí cuando mis manos dejaron de asir el palo, cayendo éste al fondo del contenedor.
Tras recobrar el conocimiento, descubrí ciertas marcas de mordiscos en el contáiner sospechosamente parecidas a las que dejo en los bocadillos, amén de babas perrunas manchando mi camiseta y un terrible dolor en los incisivos. Ignorando momentáneamente estos datos me decidí a recuperar mi pesca-bonos. Tras repetidos y fallidos intentos de alargar el brazo hasta el fondo, telequinesis y de abrir una nueva vía de acceso a base de cabezazos me decidí que tenía que encontrar algo con que recuperar mi palo de escoba. Quizás hubiese sido más práctico fabricarme otro artilugio para recuperar directamente el bono pródigo y mandar a la mierda el puto palo de escoba, pero esto sólo se me ocurrió después... ¿qué esperaban de alguien que se dedica a tirar dinero en potencia a la basura? Con esta resolución me dirigí a una tienda de souvenires que hay en esa misma acera, a no más de treinta metros del contenedor. Viendo que estaban bajando los toldos con esa vara larga y de extremo ganchudo me dirigí a la chica, alta y delgadita, pelo rubio y largo, y cara en general agradable pero con alguna marca fruto de haberse rascado un grano recientemente. Llevaba una camiseta súper chachi, roja, ajustada y con el dibujo de huellas de manos en los pechos (no muy destacables, todo sea dicho), en general iba un poco como todas las turistas aborregadas cuya estupidez debe ser contagiosa... si no se lo creen mírenme a mí, que me considero una persona normal en invierno y en verano estoy totalmente desquiciado.
– Oye, perdona, – se detuvo a mirarme con cierta extrañeza – que trabajo aquí en los apartamentos y era para ver si me podías dejar el cacharro este para bajar los toldos – dicho esto se quedó alucinando y meditando sobre si era una broma o sólo le estaba tomando el pelo.
– ¿Qué? O sea... ¿Para qué?
– Mira, es que es para coger una cosa del contáiner. Te lo devuelvo en dos minutos.
– No, es que no puedo, ¿sabes? Es que estoy bajando los toldos – cosa que tampoco era mentira.
– Que te lo devuelvo en seguida, de verdad.
– Pero, a ver, ¿para qué lo quieres? – La forma de hablar de esta chica me resultaba particularmente irritante. ¿Se imaginan a alguien especialmente cruel imitando el acento de una niña pija? Seguro que lo han visto por la tele más de una vez... Pues mucho peor. Inexplicable.
– Para el contáiner, que se me ha caído dentro un palo de escoba que tengo que recuperar – procuré decirlo lentito por si se le escapaba alguna palabra.
– Pero si la tapa se puede abrir, así que la abres y lo coges y ya está – esta respuesta me de dejó con la boca abierta y a ella, viendo mi reacción, con una sonrisilla de superioridad del todo justificada... por entonces.
– ¿Cómo? ¿Qué? ¡Enséñamelo! – Requerí yo, de forma un tanto patética.
– ¿Cómo que no sabes? Pero si sólo has de levantar la tapa naranja y ya está.
– ¿Pero qué dices? – respondí aturdido, pues si no recordaba mal el contenedor era azul, muy azul, completamente azul – ¿qué tapa naranja?
– Pues esa – dijo ella señalando triunfalmente a la papelera, que efectivamente tenía una tapa naranja.
No llego a comprender que entendía aquella chica por contáiner ni cómo se podía caer un palo de escoba en una papelera, que no es más grande que el monitor al que estoy mirando, de forma que me resultase imposible recuperarlo. –Eh... a ver cómo te lo explico, me refiero a ese contenedor – repuse yo señalando el objeto situado diez metros detrás de la papelera.
– ¡Ah, eso! No lo había visto nunca – se excusó. La pobre chica debía tener el ángulo de visión limitado o algo así.
– Bueno, ¿pues me dejas el palo o no?
– Es que no puedo, estoy bajando los toldos.
En mi desesperación empecé a volver mi vista hacia los lados, buscando ávidamente un objeto con el que abrirle la cabeza a la rompetechos. Pero encontré algo mucho mejor. – Pues déjame este salabre – dije señalando aquella redecilla con renovada ilusión, simplemente porque no podía responderme: no puedo, estoy pescando cangrejos.
– ¿Ese qué?
– Esto, joder – desesperé yo, cogiendo el salabre para dar más fuerza a mis palabras –. El salabre.
– O sea, es que no puedo – si me llega a decir que iba a pescar cangrejos me muero allí mismo – porque igual me lo ensucias. Si acaso te lo vendo.
En ese momento yo podría haber accedido y darle las seiscientas pesetas que costaba el puto salabre pero mi orgullo herido me impedía rebajarme de nuevo.
– ¡Qué no, hostias! ¿Te lo explico o te hago un dibujo? Es un contenedor de papel, no hay nada con lo que se pueda ensuciar – mentí yo, pues aquel era el cubo más guarro y apestoso que había visto nunca. Y menos mal que era sólo papel...
– Bueno, vale, pero como me lo devuelvas roto me lo pagas – accedió al fin, entregándome el salabre con una mirada un tanto melancólica, como si fuese la última vez que lo veía.
– Venga, gracias. Vuelvo en seguida – di media vuelta con la tan disputada baratija entre las manos y con lágrimas de felicidad en los ojos, pues por fin me salía algo medio bien en aquel mar de infortunios.
Pero esta dicha duró poco, ya que sólo me hizo falta alzar la vista para ver como se acercaba al contáiner una mujer con un buen montón de cartones bajo el brazo y con intenciones evidentes. Afortunadamente reaccioné con la rapidez de una mangosta, aunque quizás de una forma poco adecuada. No se me ocurrió otra cosa que salir corriendo hacia ella agitando salvajemente mi salabre y vociferando “¡NOOOO!” cual poderoso grito de guerra. No estaba muy por la labor de ser educado, lo admito, pero si mi objetivo era que la mujer no tirase nada al contenedor éste se vio más que cumplido, porque le faltó poco para tirar los cartones al suelo y echar a correr ante mi impetuosa carga. Dándome cuenta de esto tranquilicé mi carrera hasta convertirla en un paso algo más calmado. De todos modos llegué un tanto falto de aire, cosa que le dio tiempo a aquella señora para examinarme de arriba a abajo y llegar a la conclusión que debía ser inofensivo, sobre todo teniendo en cuenta que mi arma más contundente era un salabre de plástico que todavía llevaba el precio puesto y que me había ahogado con una carrera de apenas dos segundos.
– ¿Qué pasa? – preguntó finalmente, más extrañada que alarmada.
Yo me tomé unos instantes para recuperar el aliento y pensar qué iba a decir – nada... nada... que si puede dejar los cartones por aquí ya los tiro yo.
– ¿Pero qué pasa? – insistió ella, desconfiando.
– Pues que se me ha caído un papel importante ahí dentro y si tiras todo esto va a quedar sepultado y entonces sí que la hemos liado.
– ¿Y lo vas a coger con el salabre? – preguntó ella con una curiosidad creciente.
– No, no, que va. Esto es para coger un palo de escoba que se me ha caído dentro mientras intentaba recuperar el papel.
– A ver, a ver, enséñamelo. ¡Ah sí! ¡Ahí está! Pues yo te ayudaré– aquella señora era un cotilla marujona, pero Dios bendiga su alma porque al final apareció la buena samaritana que se ofreció para echarme una mano.
– Gracias, pero no hay mucho que hacer: las puertecillas son muy estrechas.
– No, si ya lo sé. Pero te aguantaré la del otro lado y así tendrás más luz – sugirió con toda su generosidad. La verdad es que no se mojó mucho. Yo ya esperaba que me bajase un soplete de acetileno de su casa para abrir el contáiner en canal o algo así. Aunque bien pensado lo del soplete no era tan buena idea, porque se podría haber montado un bonito espectáculo al incendiarse los doscientos folios que había allí dentro. Una sierra radial si que hubiese ido bien. Pero bueno,... estoy divagando otra vez.
– Ah, vale... je je... muchas gracias.
Así que, con aquel aporte de luz extra, me puse a trabajar de nuevo. Pude ver que durante mi ausencia alguien había tirando un periódico deportivo dentro, y encima del Madrid. Sin embargo recuperar el palo de escoba no me costó mucho esfuerzo, pues fue la señora quien lo cogió mientras yo alzaba uno de sus extremos con el salabre.
– Muchísimas gracias, – le dije sinceramente – creo que esto último ya lo podré hacer yo.
– De nada, hombre. Y no te olvides de tirar mis cartones. ¡Hasta luego!
– ¡Hasta luego! – dije yo, y me puse rápidamente a recuperar la faena pues el sol estaba ya bastante alto y el calor era asfixisiante. Lo único que deseaba era recuperar el bono y descansar aunque fuese un par de minutos, así que me puse a rebuscar entre páginas de fútbol y otras de balompié, dificultando todas ellas mi caza. Finalmente aparté una página que versaba sobre las excelencias del Real Madrid y allí estaba él. Me dispuse a rescatarlo pero una voz un tanto chillona pero solemne me sobresaltó
– ¡Perdone! A ver si se puede saber qué está haciendo.
Me giré y vi un policía local alto, algo más que “corpulento” y con un espeso bigote que con los brazos cruzados a la espalda se alzaba a apenas un paso de mí, invadiendo mi burbuja vital. El sol me daba en plena cara, cosa que no me hace precisamente más guapo, y al parecer me había tostado ya un par de neuronas. Todo esto me trastornaba y no pude emitir más que un lastimero gemido de interrogación.
– Que qué está haciendo con la basura. – insistió él con cierta impaciencia, más por obligación que por querer realmente saberlo, pues supongo que hubiese preferido estar en la terracita de un bar disfrutando de la sombra.
– Eh... verá – dije sacando tranquilamente el pesca-bonos del contáiner, pues lo último que me faltaba es que se sulfurase y me diese con la porra en la cabeza – deje que le explique...
Bueno, me ahorraré aquí narrar de nuevo la historia porque, simplemente, lo acabo de hacer. Diré únicamente que no ahorré detalle alguno y que de hecho me inventé unos cuantos más porque hallé un desmesurado placer en hacer sudar a aquel grasiento hombre de uniforme como un verraco. Acabado mi relato, el local me cogió por el hombro y con un aire muy paternal y muy didáctico me explicó que lo “único” que tenía que hacer era desenroscar dos tuercas, quitar cuatro tornillos, desmontar la parte superior del cubo, meterme dentro, recuperar el bono, salir de allí, montar de nuevo la parte superior del contáiner, atornillar los cuatro tornillos y ajustar las tuercas. Además me prohibió categóricamente utilizar mi ingenioso artilugio para pescar bonos.
– ¡No se puede ir hurgando dentro del contenedor con un palo, hombre!
– Vaya, pues muchas gracias y perdone... La próxima vez ya sé lo que hacer– sonreí yo.
– Nada hombre. Para servir estamos. Buenos días – giro ciento ochenta grados y se fue. Yo me quedé observando como se alejaba hasta que estuvo fuera del alcance de la vista.
– Ya podrías haber venido una hora antes, cabronazo. ¡Para desmontar toda esta mierda estoy yo ahora! – gruñí entre dientes. Así que cogí el palo de escoba y me dispuse a recuperar el bono.
Y eso es lo que pasó esa soleada pero siniestra mañana de agosto; tiré unas dos cientas mil pesetas en bonos al reciclaje, los recuperé habilidosamente, me gané una enemiga y tiré un salabre a la basura. Y todo ello en horario laboral, ¡la vida es bella, sí!
Perpetrado por Amanda y Casimiro a las Diciembre 20, 2004 07:39 PM
Oiga Casimiro. No me había dicho que le debía dinero a su ex-jefa. ¿Desde cuando se le debe dinero a un jefe y no a un empleado? Debe ser la única persona que estafa a su jefe.
¿Pero al final acabó liándose la guía del NUR con el policía local corpulento o no? ¿Qué ocurrió con la chica de la tienda de souvenires? ¿es verdad que el jefe suyo le era infiel a su señora, un matrimonio consolidado de 20 años, con esta jovencita? ¿qué pensaba su señora? pobrecilla pacata, que no hace más que ir a la peluquería para gustar a su marido, pero claro, como es un coñazo de mujer pues nada, el otro ahí, a la carnaza, aiss, ¿son felices? ¿por qué se lía esa chica con ese señor de bigote? ¿cuál de todos es feliz? ¿tiró usted los cartones de la buena samaritana? Es que nos dejan ustedes con la intriga.
Perdonen mi parquedad de palabras últimamente, intentaré dedicarles más atención cuando vuelva a BCN. Pero por ahora debo decir:
- De hecho la famosísima tonada del Show de Benny Hill era del propio Benny Hill.
- ¡Y verídica!
- Oop, perdone por el despiste. Los buscaré por el pozo insondable de mi disco duro
- No me he desdoblado. Hoy no.
- No. La guía de NUR se estaba follando a un guía mediometro de Veratours.
- La chica de los suvenirs me miró desde ese día con muy mala cara, pero no se atrevió a decirme nada del salabre.
- No sé si era con ella, pero bien sabido es que le era infiel; se comentaba que con una de las voluptuosas prostitutas sudamericanas que vivían mantenidas en la planta 3 del mismo edificio de los apartamentos. Curiosamente todas ellas se llamaban Lucy, Leidy o Jasmina.
- Ya que lo comenta, es curioso que diga lo de la peluquería porque la señora acostumbraba a ir justamente a la que está en el primer piso de mi bloque; hasta que la atropelló aquel dogo argentino y le partió la cadera, claro.
- La chica se lio con el señor del bigote porque, como toda buena mujer proto-neoliberalista sabe, no hay nada más masculino y sensual que un tupido vello supralabial (ref.: Ana Botella). Años después, con lo que se había ahorrado currando en el suvenires se abrió una tienda de ropa para niños que fracasó de una forma lenta y silenciosa.
- Son todos felices porque viven en Ibiza, ¿qué más se puede desear?
aisss, esas jefas plurilingües y metamórficas, cómo son. ¿Qué puede haber peor? Yo creo que realmente nada, o pocas cosas, si eso un tal y cual, pero esto en ocasiones es bueno, sobre todo cuando entra en contacto con el pimpampum, ¿no creen? También puede ser peor una falda mal plisada, pero no molesta, sólo a la vista, claro.