¡Unchi!, apreciados lectores. Para empezar con la tonterida de hoy, vamos a acudir a nuestro bien amada Real Academia Española, cuyo lema detergente, pese a que tantas veces se ha ridiculizado, no deja de tener validez: Limpia, fija y da esplendor. Pues bien, consultando la estupendísima y práctica versión electrónica de su diccionario nos encontramos con la siguiente acepción:
follar (4).
(Quizá der. del lat. follis, fuelle).
Tr. vulg. Practicar el coito U.t.c. intr.
Así de sencillo. Follar es practicar el coito, el acto físico del amor. Por cierto, abandonamos ya la academia, pero no queriamos hacerlo sin antes destacar cuán hermosa es la definición de la palabra amor en el diccionario. El amor se define partiendo de la propia insuficiencia del ser humano y se forja y crece gracias al gregarismo innato en cada uno de nosotros. Por definición biológica, genética, el ser humano está condenado al amor. ¿No les parece hermoso este desesperado e injusto sino? Obligados a amar, sería un bonito y paradójico título para un libro de auto-ayuda. Para mujeres, por supuesto, los hombres tienen otro tipo de lecturas de auto-ayuda.
El amor y su consecuencia lógica, el sexo gratis y fiable, pueden dar lugar a relaciones interpersonales apasionadas y maravillosas. Y ahora es cuando nos toca a nosotros dar explicaciones sobre el porqué de este rollo. Que nosotros sepamos, todos y cada uno de los adjetivos cursis que estamos utilizando bien podrían salir en una novela de Danielle Steel, en la que un fornido coprotagonista al más puro estilo Fabio Lanzoni acabase poseyendo a la descorazonada protagonista a la lumbre del hogar. O en los relatos cerdillos pseudo-reales de la Vale. Pues bien, nosotros, desde este pequeño atrio cybernético, queremos expresar nuestra sincera opinión: la sociedad occidental es decadente y opresiva por culpa de los adjetivos cursis. Y sobre todo de los ponis, los muy hijos de puta.
Paréntesis. La historia estúpida de los ponis. No vamos a contar nada nuevo si les decimos que toda la sabiduría que se puede atesorar en el mundo actual está encerrada en la serie de animación Los Simpson; es por ello que nos remitimos al episodio Radio Bart en el que a Bart le regalan un radio-transmisor y posteriormente se cae a un pozo. Seguro que lo habrán visto alguna que otra vez en la cadena de los Simpson. En ese episodio podemos ver a Bart y a Milhouse durante unos instantes espiando a Lisa Simpson y a una amiga, departiendo sobre un sueño en el que Lisa compartía su granja de ponis con su ídolo preadolescente descamisado. Todo muy aséptico, muy emocional y sentido; pero aquí es cuando Casimiro salta y se tira de los pelos gruñendo como un perro hidrofóbico en plena crisis adrenalínica y dice: "esto a mí me ha pasado".
Por si no les habiamos liado bastante, hagamos un pequeño flashback dentro del paréntesis. Casimiro, en aquella breve época en la que se dedicó a los estudios universitarios, tuvo que sufrir una de las experiencias más ambivalentes de su mísera vida. Haciendo gala de una carencia total de cualquier habilidad social más allá del trato con los vecinos, pasó nada menos que nueve (9) meses en un lugar horrible para la gente huraña e introvertida: un colegio mayor. Cuatro cientos (400) semejantes con los que lidiar a diario, la mitad de los cuales eran féminas, por supuesto. Para no aburriles con los detalles sobre la fustración social que azota a Casimiro desde entonces, les resumiremos que llegó a ejercer el peor papel que se le puede asignar a un ser humanos masculino heterosexual. Rianse ustedes de roles degradantes como el de minero de uranio en Siberia o esclavo sexual mutilado en Indonesia frente a la tortura psicológica y humallición auto-inflingida de ser el mejor amigo de las féminas de la célula social cercana. Decenas de fantasías han oido esas grandes orejas peludas, sobre lo fantástico que sería dormir con fulanito o pasar la noche con menganito; gentes a las que don Casimiro conocía de primera mano al ser compañeros de droga y que se caracterizaban, mayormente, por ser unos hijos de la gran puta, mentirosos y egoistas. Y él allí, escuchando con cara de buena persona, a ver si caía algo de las sobras... ains...
Así que tenemos a Lisa Simpson fantaseando con ponis y Lanzonis y Casimiro retorciéndose de odio acumulado; desde entonces no hacemos más que hablar del estilo de vida poni o de alcanzar el estado del Poni, el clímax vital que conduce al Nirvana de la ñoñería estúpida. Imaginamos, porque todo esto no son más que especulaciones, que a dicho momento trascendental se llega cuando la novia (la mujer poni) le dice un sí rotundo en el altar a su aséptico galán de telenovela, que la contempla con ojos de gacela, para después ir a la cama de un hotel al borde de un acantilado y quedarse dormida en su descomunal pecho depilado tras hacer el amor; mientras, en la bahía, una pareja de enamorados se da su primer beso en una barca, suenan violines de fondo, y vuelve a empezar el ciclo mágico del amor.
Te he dicho que Romeo y Julieta no eran de este planeta
Ya desde hace un chorro de años, desde las novelas caballerescas o incluso más, las parejas en el arte popular han dado bastante náusea; desde Tristán e Isolda, pasando por Romeo y Julieta, hasta llegar a los refentes culturales que conoce cualquier ciudadano occidental de hoy en día, léase Julia Roberts y Richard Gere. Centrémonos en la primera (1ª) película de las dos (2) que han hecho este par de pájaros: Pretty Woman. Cualquiera de ustedes podría visionar esta cinta ahora mismo y exclamar algo como 'vaya pedazo de mierda', 'me pregunto si la Roberts se traga la lefa con esa pedazo de boca-buzón' o alguna otra ocurrencia por el estilo. Pues que sepan que la ciudadana media, consumidora habitual de telenovelas de sobremesa, piensa lo siguiente (y esto lo sabemos por una confidencia privada): 'Si la tía ésta era puta y consigue casarse con Richard Gere, qué no conseguiré yo que pertenezco a un escalafón laboral superior al de la prostitución'. ¡Bravo! Dejen cocer al lento fuego de un desengaño sentimental tras otro y ya tenemos un montón de treintañeras, esperando ilusionadas que un apuesto caballero de pelo cano venga a lomos de su corcel blanco a salvarlas del tedio y la cotidianidad en la que se ven sumidas. Posiblemente mientras esperan a su salvador conozcan un montón de tíos interesantes, algunos hasta sin taras físicas, que serían su pareja ideal y que las harían tremendamente felices pero todos ellos serán rechazados por no ajustarse al prototipo de hombre con el que llevan soñando desde niñas, desde que veían Candy Candy. Una vez este estado de desesperanza se haya instalado en sus corazones ya no hay vuelta atrás . Se verán irremisiblemte abocadas a caer en los libros de autoayuda escritos por pseudo-psicólogos. Porque no lo duden, Amorosos, Bucay y Coelho están ahí esperando acechantes a sus victimas, aguardando la desdicha ajena para erigirse en Mesias salvadores de nuestras doloridas almas, buscando prosélitos para su causa de entre los más necesitados de cariño, prometiendo de nuevo la granja de ponis.
Estas cosas son las que llevan, por ejemplo, a una amiga nuestra (ejem... conocida) a flirtear con un tipo galante, que conoció tomándose un cortado y al día siguiente le trajo flores al trabajo. La persona en cuestión era un maduro medianamente atractivo, poeta y motorista, bohemio pero salvaje; ideal de poni de muchísimas mujeres, por lo que a nuestra conocida se le hizo el chichi coca-cola. Hay que decir que, tras hablar dos (2) palabras con él y observarle un poco se podía afirmar que era un manta, un vago, un vividor y un juerguista que sólo buscaba un polvo de una noche. Y no nos malinterpreten, esto nos parece totalmente lícito como opción, pero nuestra protagonista (condicionada por Cristal y otras telenovelas) quería un Poni. Y no lo tuvo, por supuesto, ya que una vez hubo mojado el churro se destapó como un cutre y un hortera, ex-drogadicto; anticlímax poni donde los haya. Pero esperen que viene lo peor, porque a la mujer no se le ocurrió otra cosa que fingir el orgasmo para complacerle a él, y acercase durante un breve momento, mientras él la abrazaba complacido y henchido de orgullo, al estado del Poni.
This is the end...
No nos gustaría despedirnos sin antes aclarar una cosa: nostros somos unos apasionados del Amor y lo ejercemos hasta la náusea ajena. Que no se entienda este rollo que les acabamos de soltar como una soflama en contra del romanticismo, sino más bien como una llamada a amarse sin prejuicios y a dejar atrás el lastre impuesto por el estereotipo del Amor de Película.
Y en breve, "El Hombre Ardilla", para que vean que lo nuestro no es machismo sino misantropía.
Vamos a transportarles por un momento lejos de sus ordenadores a un lugar muy familiar para todos, alejado de la seguridad y el comfort de sus casas. Entren por un momento en un baño público, cualquiera; sea un bar, oficina, cyber, cafetería, hospital, facultad, restaurante, centro comercial o cualquiera que se puedan imaginar. ¿Qué pueden encontrar allí, aparte de la típica taza occidental?
Excrementos humanos, productos desechados por nuestro organismo. Por lo visto hay una conspiración a escala global para no tirar de la cadena cuando se ha termiando de erigir el menhir, hacer un amiguito, echar un topo al remolino, poner un tronco en aserradero, exonerar la parte distal del intestino grueso, liberar presiones.
Otro tanto podriamos decir de la orina. La humana, pese a su relativa toxicidad, no es la que les debería preocupar. Sin embargo, la orina de los roedores comunes puede ser el origen de enfermedades que van desde leves como la leptospirosis, a graves como el hantavirus, mortal en un 50% de las infecciones. También conocido como síndrome de la orina de rata. Además la urea, pese a su baja volatilidad, se adhiere a las superficies sólidas; como por ejemplo el polvo en suspensión y resulta irritante para sus vías respiratorias y mucosas.
Por cierto, ya que sacamos el tema a colación, el polvo que podemos hallar en cualquier lugar frecuentado por personas está compuesto en un 70% por piel humana en descomposición y excrementos de los ácaros que se alimentan de ella; causa común de alergia por prolongada exposición.
Parásitos, como ladillas u hongos pueden vivir cómodamente en lugar humedos y oscuros, léase "tapa del retrete". También muchos insectos encuentran su lugar, como las cucarachas, tijeretas y pececillos de plata; todos ellos se alimentan de desperdicios y mugre.
Semen, flujos vaginales, ¿o acaso ustedes nunca han follado en un lugar público? Pues no son los únicos, amiguitos; tengan en cuenta que el contacto de ellos con las mucosas puede ser causa de contagio de enfermedades venéreas como las sífilis o el muy conspiranoico VIH. También sangre, sea de procedencia venosa o de la menstruación. Idem de ídem.
Animales muertos o comida abandonada. Para el caso es lo mismo. Ambos, cuando inician el proceso de descomposición desprenden aminas dobles altamente volátiles y de nombres tan sugerentes como cadaverina y putrescina, causantes del olor a materia orgánica en descomposición.
Ceniza de tabaco, abundante en cianuros e hidrocarburos; maquillaje, con derivados de aluminio asociados con el cáncer, acné crónico y retención de líquidos; compresas y tampones, blanqueados habitualmente con las ya célebres dioxinas.
Ahora piensen. Con todos estos datos disponibles, deberían dejar de creer que la taza del váter es el lugar más asqueroso de un retrete público; ni de lejos. Tres cuartas partes de los usuarios nisiquiera la llegan a tocar. El lugar por el que pasa toda la roña, que todo el mundo manipula y enguarra, los instrumentos más mugrientos y vomitivos de todo urinario público son la puerta y el grifo. ¿Cuántas veces han pasado el candado y tocado el pomo (o manecilla)? ¿Cuántas han abierto y cerrado la llave del agua? Y pregúntense ahora qué magnitud de gente ha hecho lo mismo que ustedes.
No se laven las manos al salir de un baño público y empujen la puerta con el codo. Y no toquen nada.
Aquella mañana me tocaba abrir la recepción de los apartamentos para turistas de tercera en la que con mi sudor me gano unas pesetillas. Nueve y cinco de la mañana, aparco la bici. Nada más llegar y sin apenas darme tiempo a reposar mis tumefactas nalgas, vino la guía de NUR, una compañía alemana. Tras rechazar mis invitaciones al sexo en horario laboral me dejó un fajo de papeles para tirar, como todos los días. Pero como la recepción estaba hecha un desastre por cortesía de Fernando, el recepcionista nocturno, y a mí me da penilla echar tanto papel a la basura dejé aquel fajo de folios para reciclar en una esquina. Ya me encargaría de ellos al cabo de un rato.
Tras media hora de recoger notas con faltas ortográficas, llaves descolocadas, tazas de café, colillas, pequeños mamíferos muertos y un sinfín de guarrerías me dediqué a pasar las fichas de entrada al libro, una monótona tarea administrativa que debido a su sencillez permite a mi mente entrar en un estado similar a un agradable sueño. Acabado esto y de vuelta a la cruda realidad decidí dedicarle un momento a la naturaleza. Cogí los folios (unos doscientos, más o menos) y me los llevé al contenedor de reciclaje, que está en la calle, en la acera de enfrente. ¡Ale! Todos adentro y mi conciencia relajada durante un tiempo... hasta el próximo documental sobre la deforestación. Me llamó la atención que estuviese vacío porque siempre lo había visto a rebosar y ya empezaba a sospechar que no recogían nunca el papel de allí.
De nuevo en la recepción por fin tendría un cuartito de hora de paz, esperando la llegada de Fina, la jefa. Por cierto, debo decir a su favor que siempre llega antes de hora, quizás para dar un ejemplo que me empeño en no seguir. Cómo no, Fina llega a las diez menos cuarto y saluda alegremente.
– ¡Hola! – dice mientras con un gesto me echa de la silla en la que estaba y me manda a por otra. Lleva un vestido con el estampado más feo que había visto en las últimas tres semanas. No diré que en mi vida porque, sencillamente, no sería cierto: trabajando en una recepción y viendo desfilar a cientos de guiris cada día se llegan a ver vestimentas realmente horribles, y no me refiero sólo a las típicas sandalias con calcetines. Creo que me estoy desviando un poco y éste es un tema que podría ocupar páginas y páginas. Se lo aseguro.
– Hola, Fina, ¿cuántas cortinas te has cargado para hacer ese vestido?
– Oye, – dice ella ignorando mi comentario y echando un ojo por encima de la mesa – ¿dónde están los bonos de Neckermann de ayer?
– Están con los de Iberojet en el clip.
– No, aquí no están, ¿dónde los has metido? – insiste ella, mosqueándome ligeramente, pues yo hubiese jurado que estaban donde yo había señalado.
Para el que no sepa lo que es un bono de hotel puedo describirlo en una pequeña síntesis: BONO = DINERO. Ergo: PERDER BONO = MUERTE DESAGRADABLE. Esto en esencia. Físicamente, un bono viene a ser un papel de unos 10x25 centímetros que describe el alojamiento que deberíamos dar a los clientes que nos lo entregan. Angelitos...
– Te juro que los he puesto allí mismo, – replico apuntando un lugar indeterminado de la mesa – tranquila que ahora los busco.
Lo que he llamado recepción no es más que un mostrador con una silla (de plástico) detrás y una mesita de conglomerado negro con un par de cajones, así que no había que buscar mucho para darse cuenta que los bonos no estaban allí. Mi jefa me estaba mirando con una de esas miradas que podrían matar a un elefante adulto... yo no lo veía, pero estas cosas se notan.
– ¿Cuándo ha sido la última vez que los has visto? – Inquiere Fina. Frunzo las cejas en un gesto pensativo, pero no por mucho tiempo, porque viene a mi mente como un relámpago.
– Oye, Fina, me voy fuera a comprobar una cosa – salgo, cruzo la calle y miro dentro del contenedor de papel, sólo para comprobar con indecible horror que los bonos estaban al fondo del armatoste aquel: un cubo metálico de aproximadamente un metro y medio de arista. Las únicas dos aberturas, que estaban en la parte superior, no tenían más de treinta centímetros de anchura y cerrándolas había dos tapas que se abrían hacia dentro y que un muelle forzaba a volver a su posición original. En definitiva: la pequeña fortaleza para el papel a reciclar.
Me apresuré a volver a la recepción e idear un método para recuperar los bonos antes de que una avalancha de ecologismo indujese a la masa descerebrada a reciclar todo su papel como posesos. Ya sé que este temor puede parecer un tanto infundado en la sociedad necia y materialista en la que vivimos pero, siendo conocedor de la Ley de Murphy, no me arriesgué a comprobarlo. Pensando en todas estas tonterías y de vuelta a mi habitáculo de trabajo me estrellé contra la fuerza de los elementos, mi jefa, a la que le conté todo, preso de la estupefacción y tal vez de un ignoto y misterioso poder de hipnosis.
– ¡Pues ya los estas recuperando ahora mismo aunque te dejes las cejas! ¡Cacho burro! – Supongo que no me mató al instante porque tendría que haber sacado los bonos del contáiner ella y porque le debía (y le debo) cinco mil quinientas pesetas.
– Vale, vale, no me estreses, que tengo que pensar – empecé a inspeccionar lo que había a mi alrededor, no mucho, pero adquiero un palo de escoba y el rollo de celo. Entonces, inspirándome en los recoge-papeles que se ven en los parques de las pelis americanas, enrollé el celo en el extremo del palo de escoba, mas con el pegamento hacia afuera, y salí a la calle.
Mi método de pesca de papelajos no era muy ortodoxo, pero aun así podía meter un brazo en el contenedor para asir el palo, asomar un ojo por la rendija y con el otro brazo por fuera controlar la dirección de mi artilugio, consiguiendo un nivel aceptable de precisión. Eso sí, el espectáculo que daba era un tanto deplorable: un imberbe raquítico metiendo la cabeza en un cubo gigante y apestoso para robar papeles en plena zona turística de Ibiza, cual yonki en celo. Como nota final y aunque no tenga mucha importancia diré que el contenedor era azul y mi camiseta era naranja con flores, así como de camuflaje perfecto. Los jubilados que volvían de su paseo matinal ya empezaban a rebuscar duros en sus carteras en plan limosna, las marujas se paraban mirándome con cara de asco-pena, y aunque me daba cuenta de todo esto yo era una personita feliz porque en un instante había recuperado tres de los bonos. Bueno, quien dice un instante dice veinticinco minutos, pero eso no me impedía regocijarme de mis habilidades en la caza de bonos con escoba. Quizás fue esta precipitada alegría o tal vez una de las enormes moscas que por allí pululaban que se me metió en un ojo, pero la realidad es que el infortunio volvió a caer sobre mí cuando mis manos dejaron de asir el palo, cayendo éste al fondo del contenedor.
Tras recobrar el conocimiento, descubrí ciertas marcas de mordiscos en el contáiner sospechosamente parecidas a las que dejo en los bocadillos, amén de babas perrunas manchando mi camiseta y un terrible dolor en los incisivos. Ignorando momentáneamente estos datos me decidí a recuperar mi pesca-bonos. Tras repetidos y fallidos intentos de alargar el brazo hasta el fondo, telequinesis y de abrir una nueva vía de acceso a base de cabezazos me decidí que tenía que encontrar algo con que recuperar mi palo de escoba. Quizás hubiese sido más práctico fabricarme otro artilugio para recuperar directamente el bono pródigo y mandar a la mierda el puto palo de escoba, pero esto sólo se me ocurrió después... ¿qué esperaban de alguien que se dedica a tirar dinero en potencia a la basura? Con esta resolución me dirigí a una tienda de souvenires que hay en esa misma acera, a no más de treinta metros del contenedor. Viendo que estaban bajando los toldos con esa vara larga y de extremo ganchudo me dirigí a la chica, alta y delgadita, pelo rubio y largo, y cara en general agradable pero con alguna marca fruto de haberse rascado un grano recientemente. Llevaba una camiseta súper chachi, roja, ajustada y con el dibujo de huellas de manos en los pechos (no muy destacables, todo sea dicho), en general iba un poco como todas las turistas aborregadas cuya estupidez debe ser contagiosa... si no se lo creen mírenme a mí, que me considero una persona normal en invierno y en verano estoy totalmente desquiciado.
– Oye, perdona, – se detuvo a mirarme con cierta extrañeza – que trabajo aquí en los apartamentos y era para ver si me podías dejar el cacharro este para bajar los toldos – dicho esto se quedó alucinando y meditando sobre si era una broma o sólo le estaba tomando el pelo.
– ¿Qué? O sea... ¿Para qué?
– Mira, es que es para coger una cosa del contáiner. Te lo devuelvo en dos minutos.
– No, es que no puedo, ¿sabes? Es que estoy bajando los toldos – cosa que tampoco era mentira.
– Que te lo devuelvo en seguida, de verdad.
– Pero, a ver, ¿para qué lo quieres? – La forma de hablar de esta chica me resultaba particularmente irritante. ¿Se imaginan a alguien especialmente cruel imitando el acento de una niña pija? Seguro que lo han visto por la tele más de una vez... Pues mucho peor. Inexplicable.
– Para el contáiner, que se me ha caído dentro un palo de escoba que tengo que recuperar – procuré decirlo lentito por si se le escapaba alguna palabra.
– Pero si la tapa se puede abrir, así que la abres y lo coges y ya está – esta respuesta me de dejó con la boca abierta y a ella, viendo mi reacción, con una sonrisilla de superioridad del todo justificada... por entonces.
– ¿Cómo? ¿Qué? ¡Enséñamelo! – Requerí yo, de forma un tanto patética.
– ¿Cómo que no sabes? Pero si sólo has de levantar la tapa naranja y ya está.
– ¿Pero qué dices? – respondí aturdido, pues si no recordaba mal el contenedor era azul, muy azul, completamente azul – ¿qué tapa naranja?
– Pues esa – dijo ella señalando triunfalmente a la papelera, que efectivamente tenía una tapa naranja.
No llego a comprender que entendía aquella chica por contáiner ni cómo se podía caer un palo de escoba en una papelera, que no es más grande que el monitor al que estoy mirando, de forma que me resultase imposible recuperarlo. –Eh... a ver cómo te lo explico, me refiero a ese contenedor – repuse yo señalando el objeto situado diez metros detrás de la papelera.
– ¡Ah, eso! No lo había visto nunca – se excusó. La pobre chica debía tener el ángulo de visión limitado o algo así.
– Bueno, ¿pues me dejas el palo o no?
– Es que no puedo, estoy bajando los toldos.
En mi desesperación empecé a volver mi vista hacia los lados, buscando ávidamente un objeto con el que abrirle la cabeza a la rompetechos. Pero encontré algo mucho mejor. – Pues déjame este salabre – dije señalando aquella redecilla con renovada ilusión, simplemente porque no podía responderme: no puedo, estoy pescando cangrejos.
– ¿Ese qué?
– Esto, joder – desesperé yo, cogiendo el salabre para dar más fuerza a mis palabras –. El salabre.
– O sea, es que no puedo – si me llega a decir que iba a pescar cangrejos me muero allí mismo – porque igual me lo ensucias. Si acaso te lo vendo.
En ese momento yo podría haber accedido y darle las seiscientas pesetas que costaba el puto salabre pero mi orgullo herido me impedía rebajarme de nuevo.
– ¡Qué no, hostias! ¿Te lo explico o te hago un dibujo? Es un contenedor de papel, no hay nada con lo que se pueda ensuciar – mentí yo, pues aquel era el cubo más guarro y apestoso que había visto nunca. Y menos mal que era sólo papel...
– Bueno, vale, pero como me lo devuelvas roto me lo pagas – accedió al fin, entregándome el salabre con una mirada un tanto melancólica, como si fuese la última vez que lo veía.
– Venga, gracias. Vuelvo en seguida – di media vuelta con la tan disputada baratija entre las manos y con lágrimas de felicidad en los ojos, pues por fin me salía algo medio bien en aquel mar de infortunios.
Pero esta dicha duró poco, ya que sólo me hizo falta alzar la vista para ver como se acercaba al contáiner una mujer con un buen montón de cartones bajo el brazo y con intenciones evidentes. Afortunadamente reaccioné con la rapidez de una mangosta, aunque quizás de una forma poco adecuada. No se me ocurrió otra cosa que salir corriendo hacia ella agitando salvajemente mi salabre y vociferando “¡NOOOO!” cual poderoso grito de guerra. No estaba muy por la labor de ser educado, lo admito, pero si mi objetivo era que la mujer no tirase nada al contenedor éste se vio más que cumplido, porque le faltó poco para tirar los cartones al suelo y echar a correr ante mi impetuosa carga. Dándome cuenta de esto tranquilicé mi carrera hasta convertirla en un paso algo más calmado. De todos modos llegué un tanto falto de aire, cosa que le dio tiempo a aquella señora para examinarme de arriba a abajo y llegar a la conclusión que debía ser inofensivo, sobre todo teniendo en cuenta que mi arma más contundente era un salabre de plástico que todavía llevaba el precio puesto y que me había ahogado con una carrera de apenas dos segundos.
– ¿Qué pasa? – preguntó finalmente, más extrañada que alarmada.
Yo me tomé unos instantes para recuperar el aliento y pensar qué iba a decir – nada... nada... que si puede dejar los cartones por aquí ya los tiro yo.
– ¿Pero qué pasa? – insistió ella, desconfiando.
– Pues que se me ha caído un papel importante ahí dentro y si tiras todo esto va a quedar sepultado y entonces sí que la hemos liado.
– ¿Y lo vas a coger con el salabre? – preguntó ella con una curiosidad creciente.
– No, no, que va. Esto es para coger un palo de escoba que se me ha caído dentro mientras intentaba recuperar el papel.
– A ver, a ver, enséñamelo. ¡Ah sí! ¡Ahí está! Pues yo te ayudaré– aquella señora era un cotilla marujona, pero Dios bendiga su alma porque al final apareció la buena samaritana que se ofreció para echarme una mano.
– Gracias, pero no hay mucho que hacer: las puertecillas son muy estrechas.
– No, si ya lo sé. Pero te aguantaré la del otro lado y así tendrás más luz – sugirió con toda su generosidad. La verdad es que no se mojó mucho. Yo ya esperaba que me bajase un soplete de acetileno de su casa para abrir el contáiner en canal o algo así. Aunque bien pensado lo del soplete no era tan buena idea, porque se podría haber montado un bonito espectáculo al incendiarse los doscientos folios que había allí dentro. Una sierra radial si que hubiese ido bien. Pero bueno,... estoy divagando otra vez.
– Ah, vale... je je... muchas gracias.
Así que, con aquel aporte de luz extra, me puse a trabajar de nuevo. Pude ver que durante mi ausencia alguien había tirando un periódico deportivo dentro, y encima del Madrid. Sin embargo recuperar el palo de escoba no me costó mucho esfuerzo, pues fue la señora quien lo cogió mientras yo alzaba uno de sus extremos con el salabre.
– Muchísimas gracias, – le dije sinceramente – creo que esto último ya lo podré hacer yo.
– De nada, hombre. Y no te olvides de tirar mis cartones. ¡Hasta luego!
– ¡Hasta luego! – dije yo, y me puse rápidamente a recuperar la faena pues el sol estaba ya bastante alto y el calor era asfixisiante. Lo único que deseaba era recuperar el bono y descansar aunque fuese un par de minutos, así que me puse a rebuscar entre páginas de fútbol y otras de balompié, dificultando todas ellas mi caza. Finalmente aparté una página que versaba sobre las excelencias del Real Madrid y allí estaba él. Me dispuse a rescatarlo pero una voz un tanto chillona pero solemne me sobresaltó
– ¡Perdone! A ver si se puede saber qué está haciendo.
Me giré y vi un policía local alto, algo más que “corpulento” y con un espeso bigote que con los brazos cruzados a la espalda se alzaba a apenas un paso de mí, invadiendo mi burbuja vital. El sol me daba en plena cara, cosa que no me hace precisamente más guapo, y al parecer me había tostado ya un par de neuronas. Todo esto me trastornaba y no pude emitir más que un lastimero gemido de interrogación.
– Que qué está haciendo con la basura. – insistió él con cierta impaciencia, más por obligación que por querer realmente saberlo, pues supongo que hubiese preferido estar en la terracita de un bar disfrutando de la sombra.
– Eh... verá – dije sacando tranquilamente el pesca-bonos del contáiner, pues lo último que me faltaba es que se sulfurase y me diese con la porra en la cabeza – deje que le explique...
Bueno, me ahorraré aquí narrar de nuevo la historia porque, simplemente, lo acabo de hacer. Diré únicamente que no ahorré detalle alguno y que de hecho me inventé unos cuantos más porque hallé un desmesurado placer en hacer sudar a aquel grasiento hombre de uniforme como un verraco. Acabado mi relato, el local me cogió por el hombro y con un aire muy paternal y muy didáctico me explicó que lo “único” que tenía que hacer era desenroscar dos tuercas, quitar cuatro tornillos, desmontar la parte superior del cubo, meterme dentro, recuperar el bono, salir de allí, montar de nuevo la parte superior del contáiner, atornillar los cuatro tornillos y ajustar las tuercas. Además me prohibió categóricamente utilizar mi ingenioso artilugio para pescar bonos.
– ¡No se puede ir hurgando dentro del contenedor con un palo, hombre!
– Vaya, pues muchas gracias y perdone... La próxima vez ya sé lo que hacer– sonreí yo.
– Nada hombre. Para servir estamos. Buenos días – giro ciento ochenta grados y se fue. Yo me quedé observando como se alejaba hasta que estuvo fuera del alcance de la vista.
– Ya podrías haber venido una hora antes, cabronazo. ¡Para desmontar toda esta mierda estoy yo ahora! – gruñí entre dientes. Así que cogí el palo de escoba y me dispuse a recuperar el bono.
Y eso es lo que pasó esa soleada pero siniestra mañana de agosto; tiré unas dos cientas mil pesetas en bonos al reciclaje, los recuperé habilidosamente, me gané una enemiga y tiré un salabre a la basura. Y todo ello en horario laboral, ¡la vida es bella, sí!
De la serie "ustedes lo han querido" llega la verdadera historia de Lametones de Amor vs las Criaturas del Inframundo, Las Cucarachas. Los ejemplares que podrán encontrar en la calle, en el bar o en su propia casa suelen ser de la especie Blatella Germanica, aunque últimamente y sobretodo en ambientes urbanos la Periplaneta Americana o cucaracha americana ha desplazado a la especie europea. Aquí tienen un bonito link del asco por si gustan ustedes de informarse sobre el peligro que acecha tras estas plagas. Ya ven que el colonialismo americano se extiende hasta los animales inferiores originarios de este continente. Los humanos, claro.
Las cucarachas son criaturas realmente fascinantes, pero no sólo como el insecto en sí mismo, sino porque han pasado a representar la inmundicia de una forma inigualable. Las cucarachas han desplazado a las ratas como símbolo de la omnipresente putrescencia y corrupción que mana de las urbes occidentales. Y lo que es peor, viven en todas partes, hasta en su propia casa como nos enseñaban las cantariñas alimañas del Cuchitril de Joe. Y justamente el entorno de la historia que les vamos a contar es prácticamente idéntico al de la película: un piso de renta antigua, entresuelo enano, prácticamente desastrado y con una fontanería pre-constitucional.
El día que Casimiro se instaló en el piso de nuestro amigo Bertino, de quien les hemos hablado ya en alguna ocasión se encontró ya con un ejemplar de las que serían sus más numerosas compañeras de piso. La capturó con un vaso de Pans&Company y pudo comprobar que era bastante grande, unos tres (3) centímetros de longitud. Tendrían que pasar unas semanas hasta que los Lamedores, esta vez juntos, se encontrasen con otro insecto algo más pequeño pataleando inútilmente en la pica de aluminio para histeria de Amanda, aún no acostumbrada a la presencia de las criaturas. Desde ese día no cesaron los encuentros casuales. Los más celebrados fueron:
Casimiro se despierta, con su habitual indumentaria camiseta manga larga y calzoncillos. Tiene hambre y quiere cereales con leche, pero al abrir el armario de la cocina una cucaracha salta del estante para colarse en lo que ella creía el refugio más cercano, la oscura y estrecha manga del dormido Casimiro que no puede hacer otra cosa que gritar y contorsionarse salvajemente para hace salir a su intrépida amiga. Ésta, guiada por el instinto animal, decide adentrarse en la cueva trepando por el brazo hasta llegar a la axila (o sobaco) donde encontró su final, aplastada entre el tríceps y el costllar del macho Lamedor. Todavía le quedan restos de exoesqueleto entre el vello.
Bertino está haciéndose unas patatas fritas en la cocina, mientras don Casimiro repartía mecos con Donkey Kong en el Mario Kart. Una cucaracha acechante contemplaba esta estampa de cotidianidad. Impelida por Dios sabe qué impulso, se precipitó en un vuelo suicida hasta la sartén para sorpresa de los presentes. Ese día las patatas vinieron con guarnición.
Unos alaridos terribles despiertan a Amanda y Casimiro en medio de la noche. Es Bertino, que está en su habitación con La Focacha, su novia. Tras preguntarle si le pasaba algo, éste responde que no, que no sucedía nada... que sólo era una cucaracha. Horas más tarde nos contaría que pensó que La Focacha tenía ganas de refocile setsi y que le estaba acariciando la pierna, en dirección a la cálida ingle. Como pueden pensar, cuando Bertino descubrió que la mano no era tal, sino delicadas patas de insecto, ya era demasiado tarde. Compréndanlo: se excitó con una cucaracha.
La Focacha, mujer paranoica donde las haya, estuvo insistiendo durante semanas que las cucarachas vivían en el techo falso de la cocina y que las oía caminar cuando todo estaba en silencio. La pobre chica era italiana y por eso nos la tomábamos a guasa la mayor parte del tiempo, y en esto, pues como que también. Un día, al abrir un armario, vimos unas largas antenas salir de un plato hondo. Casimiro se subió a la encimera para ver al mostruo y pudo contemplar la cucaracha más grande que ha visto y que seguramente verá. Un insecto de unos ocho (8) centímetros de longitud y negro como la pez. Le pegó un chorrazo directo con el espray disfuncional (que habiamos trucado para que la apertura fuese más ancha) y la mamá-cucaracha se giró, trepó por el fondo del armario para acabar adentrándose en el falso-techo con un ruido horripilantey crujiente; no sin antes volverse para ejecutar un coordinado corte de mangas múltiple con sus seis (6) patitas.
Al cabo de unos días, Bertino contrató a un obrero para que tirase el falso techo y le instalase una bajante de agua de verdad. El hombre, que muy sutil no era, lo derribó con un instrumento similar a una azada (no nos pregunten cómo se llama) y en ese instante los Lamedores pudimos ver como el agujero practicado empezaba a vomitar una cascada de cucarachas asquerosas, que cual lluvia oscura se precipitaban sobre el paleta, que exclamó '¡hostias! Yo he trabajado en alcantarillado y no las he visto más grandes que estas. Iguales sí, pero no más grandes'. Nosotros tuvimos MIEDO.
Y aquí llegó el fin de la lucha contra los artrópodos. Con el cambio de piso parece que nos hemos librado prácticamente de ellos, pero algunas noches todavía creemos escuchar ese crucrucru infernal sobre nuestras cabezas.
There are bugs on my ceiling,
there are bugs on the floor.
Waiting, ...
Por el camino que lleva de Kyoto a Edo, caminaba Kaeru Hiwata, un samurai descendiente del clan Hiwata de Satsuma. Las hojas empezaban a caer sobre el camino en aquella mañana de octubre del 1528 de la Era Gonara. El emperador Kyoroku había acabado de alcanzar el poder, y eran muchos los grandes señores y samurais que se acercaban a la corte para demostrar su lealtad y habilidades al gran emperador. Kaeru no era una excepción, ya que quería ganar fama y nombre derrotando tanto rivales como pudiera. Quizás así llamaría la atención del emperador y se convertiría en un señor de la guerra.
Había llegado el mediodía y el hambre empezaba a acuciar dentro del estómago del joven samurai. Había llegado al pueblecito de Kenkyo y entró en la taberna local. Pidió de comer y algo de sake para quitarse la fatiga del camino. Ya acabando de comer empezó a contar como él sólo había derrotado en combate singular a cinco ladrones hacía dos días. También relató que había vencido en ocho duelos de iaijutsu, el arte del desenvainado rápido de la katana, en un solo día y contando entre ellos a los cuatro hermanos Tsuru. Ya, ebrio de soberbia, le preguntó al tabernero si sabía de algún maestro de la espada que viviera cerca. El tabernero no le contestó. Visiblemente ofendido levantó la voz y gritó: '¿Alguno de vosotros sabe de algún maestro que viva cerca? ¡Vamos, contestad!'. Hayase, la camarera de la taberna, le contestó: 'Allí, en la colina Kirameki vive un viejo kensei, un maestro de la espada que ha estado al servicio del Shogun durante 30 años. Quizás quieras ir a verle'. 'Por supuesto' gritó Kaeru.
Una hora después se encontraba en la colina, y en la lejanía vio la silueta de un viejecito encorvado. Se acercó y le preguntó quién era. 'Me llamo Kimura Koizumi. Vivo en esta colina esperando que llegue el abrazo de la muerte. Ahora, sólo quiero acabar mis días en compañía de Marina, mi mujer, después de haberme llenado las manos de sangre, con 30 años de lucha continua'. Kaeru se quedó mirando al viejecito, y pensó '¿éste es el hombre más fuerte de la región? Estos aldeanos se están burlando de mí. Pero mírale, si ni siquiera podría desenvainar la espada'. Aún así le dijo que quería luchar contra él. El viejecito le miró y no contestó. 'He venido desde Kyoto para luchar contra grandes contrincantes. Me habían dicho que eras un gran rival, pero veo que los achaques de la vejez te han afectado de sobremanera'. El anciano, sin inmutarse, desenvainó su katana con una fluidez impropia de su edad y cortó una ramita del cerezo que había a su lado. La ramita cayó al suelo al mismo tiempo que envainaba la espada. Sin siquiera despedirse continuó su camino. Tenía ganas de un paseo vespertino con su adorada mujer. Había que aprovechar ahora, ya que en invierno las flores no crecen.
Una hora después Kaeru entraba en la taberna con aire de superioridad. 'Vaya, vaya, ¿y éste era vuestro campeón? ¡Pero si ni siquiera ha querido luchar! Se ha limitado a cortar esta ramita de cerezo'. Se acercaron a ver la ramita y volvieron a su sitio. Haruka, otra de las camareras, le dijo 'Si eres tan imbécil de no ver la maestría con que el maestro ha hecho el corte no mereces llamarte samurai. Lo que Kimura-sama ha tratado de decirte es: Fíjate como he cortado esta rama. Fíjate en mi técnica. No eres rival para mí. Vuelve a provocarme y lo próximo que lacere será tu carne'. Acto seguido, Haruka se fue a servir a los demás comensales.
Visiblemente enfadado, Kaeru salió de la taberna. Al día siguiente las lavanderas encontraron el cuerpo sin vida de un joven samurai con un corte a la altura del diafragma, un corte limpio y definitivo. Llevaba la cabeza adornada con una corona de flores, como si éstas quisieran imprimirle una vida que no volvería a sentir.
Sus vecinos más bondadosos siempre le habían considerado un viejo cacharrero y excentrico, un pobre diablo que vivía atrincherado en su casa sin más compañía que los insectos que se pudiesen colar por el piso y las ventanas. Muchos más, la mayoría de hecho, no dudaban ni un instante a la hora de decir que Piotr Trofimovich no estaba cuerdo, que no se podía valer por sí mismo. También se decía que de no haber sido por las frecuentes visitas de su hermana Valeriya, que le regañaba como si de un crio se tratase, el hombre no se hubiese preocupado ni tan siquiera por comer ni asearse.
La rutina, fiel compañera del Hombre en su viaje por la vida, suele ser para los más signo de tranquilidad. Por eso, cuando en la casa de Piotr Trofimovich dejó de verse el resplandor de una luz en el salón, de abrirse los póstigos de las ventanas y de oirse el habitual refunfuño del viejo, la Señora Mikulchik llamó a Valeriya preocupándose por la salud de su hermano. Apenas unas horas después ésta acudía a la silenciosa casa con decenas de ojos indiscretos mirando, tan rápido se extienden estos morbosos cotilleos en el barrio. Ni siquiera habían pasado diez minutos cuando Valeriya salió por la puerta, aún con cara de preocupación.
- Se ha encerrado en su habitación y está todo hecho un desastre. Dice que no quiere verme, ¡qué no quiere ver a nadie, me grita! ¡Dios mio, qué he hecho yo para merecer semejante carga! ¿Me harán un favor? ¿Sí? ¡Ay, gracias, Señora Mikulchik! ¿Me llamarán otra vez si sigue así de raro mañana? Muchas gracias, es usted una santa.
Por supuesto, la Señora Mikulchik tuvo que llamar de nuevo a Valeriya porque su hermano no se había contentado con seguir "raro": cuando, impelido por una mezcla de curiosidad y piedad, Andrei Korovkin se atrevió a visitar al hermitaño Piotr, ¡éste le amenazó con hacer explotar una bomba! Tal escándalo hizo que de nuevo Valeriya se presentase en un santiamén, con la paciencia bajo mínimos y con la reprimenda a punto. Pero para su sorpresa, nada más atravesar el dintel de la puerta del recibidor su hermano salió de su habitación a recibirla.
- Por fin has venido, te estaba esperando por...
- ¿Pero qué me dices, loco? ¡Estás demente! - interrumpió ella, empezando con su discurso - ¿Cómo puedes decirme esto después de amenazar con volar por los aires todo el vecindario? Y por no hablar de todo el jaleo que has armado en los alrededores con tu reclusión.
- Calla, tonta, ¿no ves que era mentira?
Valeriya, ofendida, se paró a mirar a su hermano un segundo para comprobar si, como paraecía, estaba más alto, radiante. El efecto de dos días de encierro no debería haber sido precisamente lo que estaba viendo: un Piotr erguido y jovial como un jovenzuelo.
- ¿Y tú por qué tienes esa cara de pendenciero, ahora? - le espetó ella.
- Porque he estado reuniendo el valor para hacer lo que voy a hacer a continuación, y necesito tu ayuda. Ahora por fin me siento lo bastante loco como para pedirte tu colaboración.
- ¡Ya te digo que no...!
- Shhh... no grites, no te voy a pedir nada complicado. ¿Me escucharás? ¡No contestes! Te lo diré por fin, lo quieras o no. He creado la máquina del tiempo...
- Ahora sí estás loco.
- Todo lo contrario, querida, nunca he estado más lúcido - lanzando una mirada gélida, de seguridad cuasi sobrenatural que la sobrecogió durante unos instantes. O su hermano decía la verdad o estaba rematadamente ido.
- Mira, estoy cansada de ti y de tener que velar por ti noche y día. ¿Cuántos años llevas sin salir de esta casa? Si con este jueguecito acabamos de una vez por todas con esta última tontería que te ha dado, adelante, ¿qué quieres?
- Nada, sólo que te sientes en ese sofá mientras yo utilizo la máquina del tiempo. Me enviaré al futuro. Sólo unos minutos porque no puedo precisar con exactitud el tiempo del viaje. Prefiero que sea así, breve, porque perderse en el futuro sería terrible; de este modo, si cometo alguna equivocación será a pequeña escala. Calculo que me podría equivocar en un par de horas, a lo sumo.
- Pero, querido, ¿no ves que esto no tiene ningún sentido? ¿No ves que no te va a llevar a ninguna parte?
- ¡Pues si es así tú tendrás razón! - Rugió él en un acceso de cólera. - Sólo te pido que te sientes aquí, en el salón, y que cuando vuelva me cuentes todos lo que ha sucedido en mi ausencia. ¿Sí? Y si fracaso, ¡mejor para ti! - ante este grito, ella se giró, más enfadada aún si cabe y se dejó caer en el viejo sillón verde, el único que parecía mantenerse en pie entre los carcomidos muebles de la estancia.
Piotr Trofimovich no pudo disimular una sonrisa de triunfo ante aquel gesto de desesperación de su hermana. Se dirigió de nuevo a su atestada habitación y de allí extrajo lo que Valeriya pudo identificar como el mueble de su vieja Sigma 100-8, pero la máquina de coser había sido reemplazada por una serie de bobinas y palancas y demás instrumentos electrónicos. El viejo orate encendió la máquina e inmediatamente empezó a revolotear con sus manos por los mandos del armatoste.
- Mira atentamente, Valeriya - dijo ominosamente Piotr señalando el reloj que descansaba encima de una vetusta silla -, son exactamente las nueve y trece minutos. Cuando la manecilla gire sobre el minuto catorce accionaré la palanca. No sé lo que me espera, ni a ti tampoco - y soltó una risa entre dientes.
Aquel momento se hizo eternos para los dos, pero apenas trascurrieron diez segundos cuando la manecilla más larga de la esfera tapó la decimocuarta marca. Piotr giró el interruptor y el sofá verde empezó a vibrar, con una atemorizada Valeriya encima. Y desapareció, sin más. Piotr Trofimovich se quedó solo en la habitación.
Un minuto estupefacto. Después la explosión de júbilo.
- ¡Ha funcionado! ¡Aleluya! ¡Milagro de la Ciencia! - Y empezó a bailar con una imaginaria corista, dando brincos extasiado. - ¡Oh, esto es increible! Pero debo esperar, debo ver cuando regresa. Sí, debo tranquilzarme.
Cuatro minutos. Nada. Diez minutos. Nada. Una hora. Nada. Dos días. Nada de nada. Piotr empezó a pensar que su experimento había sido un fracaso, que nunca más vería a su hermana.
Nada más lejos de la realidad. Fue un rotundo éxito. Nada más accionar la palanca, la máquina-sofá viajó por el entramado del espacio-tiempo diecisiete minutos y cincuenta y un segundos adelante. Cuando volvió a aparecer, en el mismo lugar del Universo, la Tierra había avanzado 31.905 kilómetros en su deriva espacial alrededor del Sol, exactamente la distancia desde la que Valeriya pudo ver el globo terrestre antes de morir.