No me mires, no derrames la miel oscura de tus ojos por mi pecho, háblame. Hemos bailado toda la noche enloquecidos por la falta de deseo, por el desencuentro entre tu camisa de manga larga y mis tirantes. Yo toda piel, tú todo botones apretados. Tres noches antes te desconocía roca a la que aferrarme, humo de tus cigarros como gaviotas blancas en mi deriva. Me he descubierto respirando envuelta en tu espalda, reconociendo que sólo tu abrazo me calma.