Al otro lado de la barra están los ojos que me niegan cruzando dardos entre silencios sin apenas sostener la mirada. Hemos vuelto al momento antes de entregar los labios a la humedad de una madrugada sorda de música. Yo pechos buscando retener tu espalda, tú brazos alargando distancias entre mi escote y tu camiseta mojada. Amanece entre nosotros, el deseo naufraga.
Que sí, por dios qué me has dado que no sé más quién soy. Que sí, me niego a matar, en vez de pelear me pongo a correr. Me bebo el calor de tu piel palmo a palmo, canario. Comida la noche me tienen tus ojos oscuros como dardos. Tú boca labios manos dedos vello negro... sábanas rosas rojas condones y cigarros.