Algo parecido a esto hubiera sido mi idea de une saison en Buenos Aires. La culpa no es del animal, hasta donde pude llegar (jamás se me hubiera ocurrido cruzar las vías cerca de Constitución, sola) creo que me porté bien. Me acuerdo del colectivo (¿el 86?) por Rivadavia hasta Villa Luro, aquel asado en la casita de madera de Docampo junto a las vías, de mis primeros viernes por la tarde Rodríguez Peña abajo hasta el San Martín, de los cafés en el Británico con mi cuaderno mientras llovía. Y de aquella noche cuando recién llegada me tomé el 39 en sentido contrario y me bajé en Combate de los Pozos y entré en un restaurante a llamar a Martín para que viniera a buscarme al que luego sería nuestro barrio. Luego el 39 de Godoy Cruz y Honduras a Santiago del Estero al 200 fue mi trayecto nocturno cotidiano un rato, nunca más tuvo que venir a rescatarme.
¿Con él? Obras de teatro, conciertos gratis, la Costanera, caminar hasta Congreso, esperar el 60, los taxis a urgencias cuando se operó, Plaza Francia, una noche que paseamos por Palermo, la casa de Marcelo en la Paternal, las casas de Carolina en Villa Crespo, los restaurantes de Barrio Norte, las vueltas de casa de Alejandro, las tormentas eléctricas desde nuestras ventanas de Yrigoyen. Fuimos al carnaval a Boedo, a todos los cines, a ver a Dolina al Tortoni y luego al Bauen, lo colé en las pelis del Bafici que me tocó presentar, lo esperé en la entrada del Celcit, lo llevé a casa de madrugada en el 110.
Aún así hay un Buenos Aires secreto mío que extraño, y hay un Buenos Aires nuestro que también extraño, aunque me queda ese sabor y ese peso de no haber. .. Tú odiabas esa ciudad.
En Madrid podría salir a la calle en babuchas, todo es más mesa camilla.