Existe ese momento que espero todo el tiempo, cuando me coloco el estetoscopio y se hace el silencio en mis oídos, y tengo que esperar el latido. Qué gloria esos cinco segundos de isla silencio sólo míos, cuando aún no sé la calidad del corazón que me espera en la camilla.
Se empeñan en opinar y en meter sus narizotas donde nadie los llama. Dicen me dicen nos dicen sermonean dan consejos imponen nos dan dudas y rechazos nos matan no nos dejan me meten en una cajita con etiqueta nos condenan al espacio pequeño y chato de lo censurable y la tontería la calentura fiebre tormenta de verano dicen que eres. Qué pasa si yo quiero apostar a este caballo aunque todos me digan que es cojo, tuerto, y colapelada. Qué pasa si yo sé y si lo que me importa es el riesgo de la apuesta o la apuesta per se. Qué pasa si ocurre la sincrónica coincidencia de que él también sepa al mismo tiempo lo mismo que yo. Pero no podremos con toda la oposición. Tomaremos un atajo.
A veces la casa me pertenece. Otras está poblada y me rechaza al entrar, ella sola se pone las manitas delante de la cara y me dice no, no, no, no me mires ahora, se oculta tras la mesa abarrotada, la planta que trepa y trepa tirador de la persiana arriba. No me quedo en ella entonces porque sé que se encierra en la despensa mientras dura el saqueo. La dejo sola hasta que llegue la hora de lamerle las heridas, las dos a solas.
"Generalmente, no hay razón para que instantes como ése acaezcan y, sin embargo, acaecen, encendiendo repentinamente en nosotros una emoción inusitada. Son como promesas. Como destellos de promesas. Prometen mundos."
Me acuerdo de los momentos que coleccionaba y coleccioné. Todas las historias que he vivido, todas las ciudades que he pisado con o sin. Pienso en todas esas veces en las que me entretuve en buscar el mejor brillo momento, siempre se encontraba en el último aquel segundo, en algún sitio lejano otro tiempo, o aún por venir. Desde que estoy contigo, y en realidad desde que te conozco, cada puto día, cada puta hora es de una perfección aparente y poco aparente; cada tú que he tenido me abrió las aletas de la nariz, cada estación de metro, cada calle contigo, cada escalera que he subido más deprisa para verte 15 segundos antes, me pinchan alfileres clavadores de mariposa alrederor. Desde que estás no colecciono, para qué.
Al llegar a casa he encontrado muerto a uno de mis gatos polacos. Muerto de calor, pobrecito, de las gélidas temperaturas del febrero kracovianko a Barcelona en julio. Hablaba sabiduría y posturas nuevas, como los hombros de Manu.
Ahora una de sus patas retorcidas no está más en su sitio, y él se quedó blandito tan desaparecido.
Ya tengo un faro, aunque sea pintado. Elenuki dibujó uno en los azulejos de la cocina que han ido borrando los sucesivos apoyamientos de personas. Ahora ha usado los acrílicos que Aurelio dejó en el mueble del salón para dibujar un faro blanco y rojo en el que pudiéramos vivir él y yo. Porque en una única visita a Ikea se me ocurrió decir vámonos a vivir a un faro, y Martín es casi sólo casi peor que yo para ese tipo de arrebatos. Recorrimos internet y ahora sabemos mucho sobre el tema, faros de Bretagne and so on. Ël le ha escrito incluso a la Armada Argentina para ver si nos dejan instalarnos en Tierra del Fuego. Bueno, de eso hace una semana y se nos ha pasado un poco el entusiasmo, aunque puede que no.

Le ha traído de regalo a su cardiólogo una corbata de Hermès. Me pregunta inquieta si debe quitarse los zapatos para el electro. Le digo que no sin poder evitar mirar sus carísimos tacones rellenados con lo que algún día seguro fueron hermosos pies paseados por las piscinas de Montecarlo y que ahora serán la tortura matutina personal de la Sra. Archer. Se tapa con la bata con dignidad quietud resignación. Qué diferente la señora desvalida tumbada a la señora de la sala de espera, tan derecha tan peinada y tan collar, tan Chanel y Lacroix, tan pitillera.
Mientras tú hablabas con Marcelo el dealer gay por teléfono, yo leía Prévert y lloraba y lloraba en el sofá, lloraba de palabras, de mis palabras de cuando era más joven que tú. Porque es necesario a veces recordar el poder de la palabra, justo cuando estoy tan blanda y oprimible como el abdomen del informe de esta mañana, tan habiendo sido tocada que cualquier frase bien conformada me atiza en la cara. Y, Martín, no sé, cómo explico que si me pongo a rememorar sé que en algunos momentos habré estado en algún sitio que se haya parecido levemente al nuestro, algún momento si violent si fragile beau comme le jour, pero no me acuerdo. Y que hasta ti no supe les manèges du mensonge.
Tú no te das cuenta porque eres pequeño, le digo. Me pega un cosqui. Yo sí porque soy mayor. Le digo. Lo miro. Se ríe. De qué. Pregunta. Me mira. De que esto es muy raro. Le digo. Y claro que me doy cuenta. Me dice. Me vesa. Son las cinco de la mañana, colchón en el suelo, Plaça Urquinaona número 5, no durmiendo de prestado. Y la intimidad que ya no puedo contar porque ya es intimidad y ya es nuestra.
Hay tormenta, es tan de noche, no estás. Acabo de tender dos lavadoras esperando absurdamente que el universo siguiera mi ritmo. Como cuando te quiero y espero que me quieras a cambio y al mismo tiempo. Si lo pienso, ese vértigo de la sincronicidad, me endudo hasta las cejas sin depilar y me pasa lo que hoy, esa cosa rara en la boca del esófago, y qué manera de llover, eso que no sé y que se describiría fácil diciendo que me puede el sentido trágico y que a la mínima bruma pienso que todo va hacia la catástrofe. Suerte que compartimos las ganas de desgarramiento, porque tú me salvas del peligro teatral o te salvo yo, según los días. ¿Cuándo celebremos sesión juntos, qué? Se nos tambaleará el edificio como por la mañana y el daño innecesario. Cada vez llueve más, llueve como en la playa dijiste sin gafas que te gustaría que lloviera esta noche. Aquí tienes tu tormenta, Otegui, aquí estoy yo.
Las chicas que me gustan cuando son guapas para mí son despeinadas y con gesto contrariado en los bordes de la boca, zapatos elegidos que dicen, detalles en los que ellas se dejan ser en sus camisetas, pendientes o bolsos, con mesura. Las chicas que quise ser para al final acabar siendo yo. Las chicas que quiero ser. Quizá ellas son demasiado complicadas.
Todo es más fácil desde lejos, todo se quema en la piel, en los días, en el triste solo quieto momento de llegar a saber que es fácil morirse, que es fácil acabarse, la consumación, el horror de la guerra. Como hormiguitas arrancan bocaditos de mí.
Idiota LouLou que tienes hambre de cosas que pasen y de conflictos de este día caluroso bajo el árbol, no tuviste hambre pero ahora lo tienes, es tuyo y estás sola: sientes los mediodías que quedarán quietos sobre ti y las noches de volver a casa del otoño, las horas extendidas, el cansancio de llegar a conocer todas las plantas y despachos del hospital, el número de extensión de tus cuatro médicos. Sabes LouLou que tienes hambre de esto y que se te acabará cuando te lo comas todo. Luego nos iremos, LouLou, del hospital, y habrá otra línea en tu currículo y otro sinsabor por no saber quedarte o permanecer. Tienes sueño, LouLou, y sientes que no tienes cama, que estás invitada a compartir pero llegaste luego. Y no te importa, te gusta for once haber sido invitada, llegar a pertenecer a algo que no comenzaste. Sientes el sueño sobre ti y sientes tu estupidez, tu hambre y una inquietud de no saber cuál es la inquietud que te mueve o te sacude.
Hay gente a la que sólo con verla sabes lo complicado que debe de ser ser ellos, elegir zapatos y faldas siendo ellos. Gente, luego, que pasea por el metro con el Código da Vinci (live and let die, LouLou). Tengo los pies sucios de andar con sandalias por la ciudad. Las uñas muertas, no como fruta ni dos platos, desorden de domicilios, hambre mucha de Otegui pero hambre mucha recatada porque sólo quiero un trocito de su día, hoy. Que nos casamos. Al final, es cierto. Sopla el viento, no me quiero resfriar otra vez. Hay un tío asqueroso que se ha sentado a mi lado y que me mira las piernas. Por favor que venga ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya.
El desencuentro satisfactorio. La lluvia. Su manera de despertarme a las seis de la mañana. Las sandalias rojas africanas con caracolas que me regaló mi madre en la basura, los zapatos nuevos.
Me derrumbo. Me oprime algo mayor que la conversación con Dani, el peso del daño anterior mutuo es demasiado y dejo de ser capaz de respirar sola. No sé dónde encajonar la mierda, por un momento no sé dónde está el norte de la verdad o el sur de la mentira. El dolor de la pérdida y de estar perdida, el dolor de descomprender, todo junto, estoy sola en casa. Apago las luces y dejo a Jeff Buckley gritarme en la oreja que maybe I´m just too young, me dejo sufrir la desorientación cinco minutos hasta que todo hace clic clic clic. ¿Cuál es la verdad? ¿Cuál es la verdad? ¿Cuál es la verdad? La verdad es Martín, y no es su respuesta a la pregunta, es mi respuesta a la pregunta, es mi manera, mi sentimiento, mi haber bajado o subido calles pensando en él, abizcochada, la verdad es su vuelta.