En este tiempo en que todo pasa tan deprisa, tan metropolitano y ferrocarril, tan tú y yo cruzándonos en las puertas giratorias (y no es no verte, es el verte desintensificado), en este nuevo plazo último antes de abandonar otra ciudad, ¿qué me pasó la semana pasada, anoche, esta mañana a las nueve cuarenta y siete entre Sant Gervasi y Las Tres Torres? Cuando el resto de mi tiempo es la casa pasando despacio debajo de mí, bajo los cojines en los que apoyo la cabeza al mediodía, es abrir la puerta de casa y encontrarte invariablemente exultante, es la Plaça Urquinaona tan oscura y con vagabundos, una vez una pareja besándose, las plantas tan muertas y del otro lado de las plantas, son los pacientes viejos desinflados con camiseta interior de tirantes y las pacientes viejas de tetas enhiestas o por el contrario restallando contra el universo al salir de los corsés de raso, la algarabía de las mujeres que somos en la recepción, la guerra al perro; cuando los días son tregua si son fin de semana, si rescatamos un poco el espíritu vacación post-Proverb, qué me pasa cuando me dejo arrasar por la ola Parra, por la ola Sánchez, cómo me puedo dejar cuando ni siquiera tengo que elevar la guardia para ser y ser bien, contagiarme de mi propia gana y de tu sola y exclusiva gana.
No soy idiota y sé que a veces la tentación masoquista es demasiado atrayente, el hambre de dolor que estúpidamente a veces necesito para convencerme de que no vivo anestesiada. O sí soy idiota. Y después de la semana de luna en no sé qué fase ya estoy bien y ni lucho en mis batallas Rius, en mis batallas Pérez.
Con lo lista que soy por qué a veces no lo soy. Perdí la capacidad de dar forma a las frases desde que intenté forzarlo todo, desde que me hice con escoplo y pulidora, desde que me olvidé de que sobre el mantel me esperan retorcidas las palabras, desde que empecé a notar mis caídas no en el trayecto sino en los golpes contra el suelo, muebles, paredes, puertas automáticas de Urgencias.
Cómo empezó a llover a las 8 y 26 y mi ropa tendida. Sola y rara en la cama, con sensación de invierno, escucho llover y venga a llover, calculo si el ritmo me dejará salir de casa para llegar a las diez en punto a la clínica. Paraguas roto, como a mí me gusta, metro, ferrocarril y luego me pongo como una sopa, llego a las diez y diez. Bajo tierra no veo Barcelona bajo la lluvia, cómo será que ya no la recuerdo. Pero sí recuerdo el otro día bajando de Gracia en el autobúa la sensación Barcelona back again, aunque ahora ya no me importa.