Esta tierra o terreno vaga vago de nadie
-Este amor a primera vista
Soit pas triste!-
que no es pertenencia a un club
Todo tan raro y tan mentira o tan cierto
El botón que nunca cierra mi sonrisa
el motor que a veces me muere a las ocho de la mañana
Echo de menos algo que no sé lo que es, quizás a mí misma,
o una parte de mí misma que se me ha enterrado en el terror
bajo la tierra o el terreno que no es de nadie sino mío, ojalá nuestro.
Difusa oscura sola mi hambre incomprensible de ahogarme
La tristeza que me deja el malvivir o el no vivir.
Y cuando es sábado y todo está bien,
sol, o nublado de domingo,
cuando soy un poco en el sofá pero soy algo que me despertenece
el hambre de un puente para cruzar y no para ahogarme.
Dónde está la verdad y qué importa
Dónde está el secreto
Dónde el infierno si ahora es la calma
Dónde el infierno si ahora, a veces, un dolor insoportable de doler
y si aún a veces muero de morir, sola, sin él,
porque sólo sé pedir rescate y no retransmito nada
ningún gol ningún fuera de juego ninguna falta ningún hermoso pase largo.
Dónde el infierno si tengo miedo de perder y miedo de ganar,
o no tengo ningún miedo
y soy fuerte y grande y pequeña y en escorzo
y quiero entender cada día pequeño que nos pasa,
quiero existir aquí para existir y para verlo a él existir
quiero permanecer, tengo donde querer permanecer,
o no quiero permanecer para poder siempre pensar que pude apropiarme de una isla de permanencia y renuncié.
Tan pequeña la fragancia de desaparecer
tan abandonada mi vida, mis brazos, mi demonio.
Mi corazón tan ensanchado
tan amor a primera tercera última vista
Mi corazón tan queriendo que estés conmigo, no cerca, no ahora, sino conmigo
Que estés y que sea tú estar yo y ver lo fácil que es ir tirando piedritas que acontezcan,
lo difícil aunque posible que es dejarse pasar en los días
la pequeña calabaza en la que podría contenerse mi dolor (mi recuerdo doloroso)
Es pronto para contar la historia, sobre todo porque es más como una película (habría que hacer una película), escena 17, caminar por el pasillo de su casa cuando aún no era mi casa, cuando aún él existía sólo como presencia terrible, hacia el cuarto de baño y ver en su puerta el cartel
Consumición obligatoria
y yo morir por abonar la cuenta.
Recuerdo (recuerdo) que antes me había preguntado cómo sería el hermano que no estaba, mirar la tira de fotomatón clavada en el quicio de la puerta, sentir la preparación de algo que no se estaba preparando, un momento futuro arrastrándose hasta donde yo estaba.
Quiero hablar de él porque necesito atrapar cosas que se me escapan ahora, porque no quiero hablar de cuando fui asesinada por mi madre, porque recuerdo cada vez que salgo de la boca de Bac de Roda salida Fluvià aquel día que le pregunté si podía enamorarme, lo que era entonces aquello que empezaba pero no estaba empezando, era todo lo que era, su ser era ya allí, la emoción terrible y Barcelona, la ciudad bajo los pies que eran los suyos y los míos recorriendo Passeig de Gracia o Consell de Cent, todo tan Martín y yo sorprendidos pero pasotas, no esperando nada y prefiriendo no saber nada, cómo era yo capaz de abrazarme a él entonces y después de destrozarme la barbilla tres horas sobre su boca preguntarle ¿puedo enamorarme de ti?, y dejar que el estallido de ese momento poblara lo que no creíamos que serían más de tres semanas o sesiones, me sentaba sobre él en los poyos del metro sin embargo, dejando extenderse la historia de una estación sobre toda mi ciudad.
Todo ese empeño venenoso de vivir envenenado, escupiendo desprecio y desgana, cansancio, estupidez de empeñarse cuando sólo se es una plaga maligna, frente a esa armónica elegancia de los que pudieron ser felices un día, tan sencillo seguir siendo bellos y tranquilos y atreverse, seguir llenos de esa suavidad de los ángulos que nacieron por arquitectura y no por violento corte.
La señora en la farmacia tan muerta en su deselegido color de pelo y sus elegidos zapatos de lona, en su escogida vida de comprar colirio para el gato mientras le grita a un hijo engendro mastodonte de 116 kilos de peso y no más de 20 años que le quita el dinero para ir al bingo y lleva tantos agujeros en los pantalones como en el corazón, aunque sea capaz de decir: anhelo una vida tranquila jugando al parchís, frase tan sorprendente frente a los gritos de esa madre enana con acento ruso.
Luego tenemos eso que él porta como si fuera una cualquiera de sus camisetas de la Patagonia, la belleza del brillo y la tranquilidad de encontrar siempre a su lado un lugar apacible pero lleno de provocación de vivir tan alejado de la basura en que se ha convertido todo desde que me dejé enfermar.
En cierta manera en mi sueño demuestro mi empeño de reconciliar las dos corrientes siendo yo el nexo, cuando sería más fácil ponerme a mí directamente con ellos en la misma habitación. La mayor apuesta. A life´s bet, me susurra Julia al oído mientras intento convencerla de la conveniencia de pasar a la otra habitación con Darío sin que mi padre se dé cuenta.
Al mismo tiempo que una novelista complicada y vienesa gana el Nobel y me da ganas de leerla, sabiendo que invadirán las traducciones. Al mismo tiempo que por casualidad sé que Franze es el nuevo mejor novelista americano. Al mismo tiempo que Martín pone el concierto de Pink Floyd en Pompeya por enésima vez y oigo lejano que alguien dice rock orquestable pero también de circunstancias, o al menos eso me parece. Al mismo tiempo que después de la caída número doscientos setenta decido que ya está bien de malvivir y dejo la Teknon de manera que será declarada histérica por las urracas del mostrador. Al mismo tiempo que recupero esta tristeza mía alegría que me sirve de motor. Al mismo tiempo que mastico esta forma de pertenencia antes nunca conocida ni sospechada. Al mismo tiempo que sé que tengo que escribir, dejar de ser yo para escribir.