He soñado que era Marlon Brando. Iba contentísimo y sonrisa andando por la carretera, ensayando un papel en voz alta. De pronto me doy cuenta de que me he dejado la cámara y la maleta, con un giro Guys and Dolls vuelvo a la casa de mi esposa (el hotel del último tango). Me las da ella en la puerta y sigo el mismo camino de antes diciendo: words, work, words, work.
Cuando esta mañana he seguido esa misma carretera camino del centro he encontrado cuatro libélulas muertas.
El viernes fui al cine con mis amigos históricos que me acogen pródiga cada vez que vengo mientras yo me dedico a despertenecer. Fuimos luego a casa de Ángeles e Isra Mario y yo, y estuvimos hasta las cinco de la mañana hablando y comiendo pescaditos salados. Martín clasificó mi velada de treintañera, él que habría estado en el CCCB, luego colado en La Paloma y llegaría a las mil quinientas a nuestra cama sin mí, mientras yo llegaba a la cama desde la que se ven trece puertas y tres espejos, con el cabecero forjado que mi madre ha puesto en el que fuera mi cuarto y mi refugio y ahora no es nada mío, contenta de los reencuentros.
Apagué el monitor y me puse a llorar o a ahogarme, o a escupir todo el dolor que no puedo manejar y que cada vez que llego a esta casa me desborda por las muñecas o la tráquea. Apoyé la cabeza en la estantería donde tienen mis hermanos todo Julio Verne, luego encima de la Eneida abierta sobre la cama, en una silla tapizada de azul, tan aparentemente muerta la voluntad pero en realidad más viva. Tengo miedo de seguir estando tan triste, tengo miedo de no poder jamás desgajarme de aquí, tengo miedo de no saber sola llevar esto, no puedo pedirle a nadie que me ayude y sin embargo sé que debo, y sin embargo sé que cualquier cosa que emprenda saldrá torcida, y que agaché hace rato la cabeza ante la facilidad con la que me dejo ganar, ante esos descubrimientos de comportamientos míos absurdos tres o cuatro años después de los hechos, y sé que no soy capaz de vivir en esta realidad, que no puedo encajar en alguno de los sitios que existen visibles para todo el mundo.
Y luego es tan raro ser yo, porque tengo contento y entusiasmo y no se me puede doblegar, aunque llevo ese convencimiento interior de estar perennemente equivocada. Creo que ando siempre desbrujulada porque conservo la esperanza de acertar por casualidad algún día, o de que las cosas acierten en mí algún día, porque la intensidad con la que vivo la posibilidad me compensa de la desorganización terrible.
Aunque ayer lo que me dolía era estar sola y no comprender la enfermedad de mi madre que nos ha conducido a todos a la muerte.
Salí a las cuatro de la mañana del hospital, después de perderme por los pasillos al bajar por un ascensor distinto del montacamas en el que había subido. Llevaba puesto el abrigo y el chal de mi madre. Antes ya había pensado que cuando saliera del hospital tendría que ponerme su abrigo, no me había llevado el mío. No me apetecía nada, pero el relente obliga, y la imagen que cuento ahora me seducía enfermizamente también. El chal es rojo con una cenefa rosa y oro, con flecos. Me envolví bien en el marrón apeluchado y subí a casa por la carretera, con las gafas y el pelo recogido en una cola deshecha, aspirando el olor de mi madre que es el mismo de sus dos hermanas, ni colonias ni perfumes ni el distinto estilo con el que se disfrazan les puede tapar, inconfundible dentro de la fibra de su ropa o en su pelo cuando te acercas a besarlas. Del hospital a mi casa no hay más de quinientos metros, pero se me estiraron como chicle, tipo Cortázar.
Al llegar los dejé ambos en una silla de la cocina.
Su visita tan pequeña y sólo para mí, ese atisbo de su vida que no me pertenece en ninguno de sus picos o valles, el trío corte cuatro de regalo, su tristeza de sólo fin de semana que puedo comprender tan bien aunque ya no sea mía, su apuesta por la música contra el padre tan terrible que no le deja espacio para nada más. Rodrigo al que quiero porque sé. Rodrigo al que veo y me hace llorar al pensar en todas esas veces en que me sentí despreciada o ignorada y era sólo desinteligencia mía e incapacidad de aceptar regalos suya, y viceversa. Rodrigo sin pelo, nueve años después, siete años después, cuatro años después. Rodrigo que fue mío y al que quise mío y ahora eso parece tan increíble y tan marciano.
Fui a cortarme el pelo. Durante minutos pensé en cortármelo corto para quitarme el colorado incandescente, hambre de cambio o aburrimiento tras tres días de encierro solitario en la casa paterna. Pero por una vez estoy bien como estoy, creo que fui más por conocer a Gogo y prefiero que sea así.
Me siento calma pero viva, y esa es una extraña combinación en mí. No desayuno, plancho camisas atrasadas, dejo terapéuticamente que pasen estos días, pienso sólo en mi propio culo y en salir indemne de aquí, cero intentos de intervenir, cambiar, limpiar, pacificar. Acampo en el que fuera mi cuarto y es lo único en lo que levemente me involucré. Sé que luego me sentiré como un mierdoso gusano y no un gusano zruzru, pero prefiero ser gusano a ser el cadáver del que se alimenta el gusano. I choose life, for once. Luego ya veremos.
La sucesión de golpes que me he ido dando al escapar como si me hubiera entregado del todo al azar como único medio de sobrevivir porque no sé ser responsable de mis elecciones. Siempre veo que mi vida no es otra cosa que una sucesión de vidas mías posibles. Aquí se hace todo más patente, no en vano es mi Ítaca de andar por casa, y cada vez que vuelvo es el reencuentro y el recuento y todos los res. Los hombres a los que quise más y nunca toqué. La calle San Bartolomé, menos mía que la Maximiliaanstrasse de Munich o la rue de Seine de Paris. La calidez de Judit que sólo disfruto dos veces al año contrarreloj. Esa luz gaditana que no hay en otro sitio y me devuelve la certeza de existir después de la pobreza gris de los chaflanes barceloneses. Vengo y tengo que cuestionarme tanto que prefiero quedarme en esta casa extraña y ver Sólo tú a salir a REcorrer, intentar buscar a alguien para tomar café en el Milord, empresa casi imposible.
Está Martín al otro lado, como cosa inconcebible si se mira desde esta latitud, desde este tiempo inexistente de venir aquí, el extraño camino hasta todas mis vidas, hasta la que será ahora mi vida.
No hay nada importante o todo es importante puesto que podría no haber pasado jamás, pero hay cosas que son importantes precisamente porque no pasaron nunca.
Hay calles que sabes que estaban ahí antes que tú pero parece que se abren a tu paso y que la luz las clarea para que veas mejor los balcones y las clases nuevas de cortinas criollas o nativas.
Qué meses últimos. Espectrando todo el día, arrastrando los pies, alejándome no sé de dónde, muerta. Desde el año pasado vivo más en la caída que en el resurgir, y aunque me acerco a la medicina cierta cada vez más, caí muy lejos hondo.
Aunque luego no me acuerdo, hoy es jueves y todo está bien, escapé del absurdo yugo trabajo-sueldo-sufrimiento, recuperé mi ser yo, mi nariz de clown, nos fuimos de viaje a Euskadi, a sacudirnos los dos la Barcelona que nos había asesinado. Volver fue lo más difícil, el tren llegó con una hora de retraso y nos alegramos, no queríamos pisar Sants nunca.
Ahora he venido de viaje al Sur. Anoche canté en el mismo bar de siempre, con Mario como siempre, aunque esta vez entequilada. Melisa me dio la dirección de su abuela en Buenos Aires para que vaya a verla. Me mudo de continente el 2 de diciembre, aunque por una vez no huyo sola.
Hay calles que sabes que estaban ahí antes que tú pero parece que se abren a tu paso y que la luz las clarea para que veas mejor los balcones y las clases nuevas de cortinas criollas o nativas.
Estoy atenazada por la duda de saber qué tengo que hacer ahora, típico síndrome de recién llegada a la ciudad y tener que aprenderme las normas, hacerme un huequito. Podría haber muerto hoy por la tarde. Estoy cansada.
Salir de Bac de Roda. Andar por Barcelona en coche por última vez. Llueve. Por fin. Mi último día con noche catalán es lluvioso y frío. Desde las ventanas veo el mar. Estoy tan nerviosa que. Hasta ayer no existió: voy a Buenos Aires. Creo que las ramas Martín no me han dejado ver el bosque Argentina. Porque ahora Baires no es una huída, es un intento real de algo.
Ahí estás. No me venciste pero para mí ceder es peor que perder. No me interesaste, no te mordí las esquinas, no bajé la cabeza ante ti, me salvé sin pelear, sin plantarte cara. Permaneciste en tu terreno y yo en el mío, no quise entrar o pertenecer o morirme dentro de ti, pasé por tu lado sin pena, sin gloria, sin hambre, Barcelona. Alguna vez una amistad convenida, te quedaste en literatura chica. Intentaste convencerme de que podías ser ciudad, te creí un rato y luego te odié por la mentira. Barcelona, qué será de ti y de mí, la una sin la otra, estaremos mejor, a pesar de las veces en Gran Vía con Passseig de Gracia con la Bersuit de fondo, a pesar de una noche que llegué a casa tan tarde que era de día. Pasé por aquí de puntillas, no escuchaste mis pisadas. Aunque siempre serás él y yo, Barcelona, el amargor de los últimos tiempos quién nos lo quitará. Me desalo, te desalo.
Pienso en cosas que me gustarían. No se me ocurre nada o lo que se me ocurre está tan fuera de lugar en esta América que empezará para mí. Son caprichos de niña muerta, de niña sola, de niña estúpida que aún no ha comprendido, o se olvidó de haber comprendido algún día, hace tiempo. En realidad siempre supe, siempre que era jueves o martes y llovía y el semáforo no se ponía verde si yo me concentraba, que lo que era vivir era esto, la soledad era esto, empeñarse cerrilmente en seguir cuando me desprecio en esa continuidad, cuando sé que todo es un préstamo que nunca quise, que no me creo nada, que todo lo que brilla es sueño y perecedero y dolor mío porque me siento impostora o cadáver resucitado.
Estos días que son un asalto constante de una angustia fea que no me deja, que me mata la intención y la convicción, la única, que me niega la fuerza y me niega la fortaleza, me da igual porque tengo ganas y no me importa lo que diga esa ella yo destrozada, vencida y sin dientes, muerta y podrida, llora que te llora en la cueva esa a la que me niego a entrar otra vez. Aunque se las sepa todas y sepa como hacerme, literalmente, doblar las rodillas y apoyar cabezas sucesivas en los cristales. Lo que me pasa es alguna clase de miedo que no había considerado hasta ahora, o una sabiduría que tengo que no me había importado tener hasta ahora.
Escribo sólo porque sé que cuando pase el tiempo leeré con curiosidad o entrañabilidad o ironía estas cosas de los últimos días en Barcelona. Tomo mate sola más por aburrimiento hambre o recuerdo que por ganas de mate. Me quedo en el que ni siquiera es último reducto mío de la casa. Los hombres argentinos beben y fuman en el salón, hablan de mujeres, de bares, de anécdotas de porros y antiguos colegios. Yo me siento tan nostálgica de cosas que no fueron que escucho Amaral y me siento con las piernas cruzadas y considero la conveniencia de ir a comprar un pescado para cenar y alimentar a esa horda perdida pero centrada. Añoro una botella en particular, una cena en particular, también, aparte de la cosa difusa de otra luz, otro paseo en la ciudad que hoy no visitaré, alguna despedida, algo, algo, algo.