Tictac, dice el tiempo de mi vaivén.
Ahora estamos vivos, ahora estamos muertos, resucito por temporadas.
No se sabe cómo será la nube que nos cubra hoy, quién nos tirará los hilos.
Es curioso cómo se obedece hasta que llega la conciencia de ser marioneta. Entonces te rebelas y reniegas de las actuaciones anteriores.
¿Es esto el común? ¿Tienen todos conciencia de deber sus estados de ánima a algo dentro o fuera de sí mismos que los gobierna a su antojo y decisión?
Y si sólo soy yo, ¿qué soy? ¿soy marioneta o soy loca?
Soy la que desperdicia sus minutos transformados en maíz para gallinas.
¿Es nuestro maíz talento? No lo creemos y por eso disimuladamente nos convertimos en almas torturadas.
¿No es nuestro maíz talento? A nadie le importa si lo que deja caer es, o no es.
Quizá sea sólo el acto de arrojar, actos, palabras, patadas en la espalda de la muerte.
Quizá sólo sea morder, fuerte, la mitad del día cada día.
Quizá nosotros al conocer toda la farsa que llevan los hilos nos resistimos a asistir a nuestra propia función.
Es eso, pues, lo que ocurre, persistir en quedarse en casa retorciendo las bombillas, antes que ir al teatro. Vayamos al teatro, vistámonos para la vida, veamos la función y tiremos por la ventana del autobús la conciencia del dolor.
Sólo queremos, señor, actuar en la función. Y que luego nos llamen mentirosos.