Ya nos han remordido muchas veces las serpientes los tobillos.
Cuánto hace que dejamos de ser jóvenes según dictan los gurús
y las tersuras insultantes de las muchachas que pasean del brazo, rientes,
como si aún fuera posible la vida.
Hace tiempo que dejamos de empeñarnos en palmear la espalda de la muerte,
cuánto hace que permitimos a los días ser solos,
sin que tuviéramos que despertarnos a darles permiso para ser.
Y no insultamos a los pájaros que al amanecer gritan con sus fuerzas despertad,
no hay árboles al alcance de la mano, las ventanas se cierran con persianas,
nunca nos acostamos cuando clarea, siempre solos de nosotros mismos,
siempre muertos en vida, llenos de noches sin sacrificar, noches bien dormidas,
días con sus horas y sus órdenes, sin imprevistas aceras
en las que sentarse a fumar un cigarrillo, mirando,
sintiendo el pulso de una vida propia lacerada a la que renunciar porque dolía.
Han pasado los amigos que con nosotros brillaron
una noche, una estación, un minuto, una hora.
No sabemos si alguno seguirá, empeñado,
juntando ceniza y tristeza y amaneceres en los que recostarse
sobre un colchón de alguna habitación de paredes amarillas.
Si pudiéramos llegar a ese lugar en el que alguien hubiese decidido
no renunciar a vivir animal en un desgarro inútil que
nosotros cambiamos por el narcótico de saber que
una vez fuimos jóvenes, una vez pertenecimos,
que podemos seguir muriendo en paz.
Sólo jugamos a vivir. No vivimos de verdad, o lo que sea. La gente construye cosas sobre las que aposientan sus vidas, un día, un día, un día, y yo desasosiego no sé cómo es eso, me trayecto en caminos distintos todo el tiempo y ninguno me sirve. A veces me tengo que reír, quizá me lo tomo todo demasiado en serio. El gato sabe qué es vivir, que es un día, un día, un día, un día. La gente que vive al lado del mar, y cada día pesca un pescado para ese día.
Me remuevo, estoy a punto de escupir para el lado que no es. Sufro, bastante, a veces, pero sé que no es un sufrimiento mío sino un celo que me viene dado. No me quiero vestir, no quiero salir, quisiera que vinieran gentes y hubiera tazas de té (no hay, pero nos las podríamos arreglar) Quiero que venga Dani a reírse de mí.
Hoy pienso que estoy peor que al principio, pero es hoy porque no puedo respirar como ayer. Está el cielo gris y llueve, me gustaría leer un libro, tengo estufa, y que vinieran a tomar el té personas a las que yo quisiera. ¿Hay? Es difícil crear lazos en esta ciudad o es difícil para mí crear lazos. No, para mí no es, por una vez no me voy a poder echar la culpa. Estoy cansada de estar triste o lo que sea que es este estado, absurda, ridícula de verme haciendo esta vida que hago ahora y que no entiendo, sólo por estar en el extranjero por qué me lo permito, o tal vez no me importo mucho aquí en este extranjero, en las Américas, todo se asalvaja y nada importa, la ropa rota y gastada y los zapatos despegados y el pelo un desastre y que no nos importe nadie ni tampoco los sillones.
El gato duerme enroscado sobre sí mismo en el sofá. Yo escribo porque a nadie le puedo decir lo que me pasa. Estoy atrapada en mi propia narración, yo sabía que mentía, pero al fin y al cabo lo hice siempre.