Yo pudiera ser un pijama aquí dentro, o podría abrigarme largamente y visitar la ciudad, o un cine. Seguramente claudicaré ante la estufa y no seré ninguna ilusión saliendo de casa porque por mucho que hable sé que cruzaré la avenida, iré al Gaumont, veré una horrible película argentina y luego volveré a cruzar la avenida y volveré a casa con la misma impresión con la que me fui. ¿Y no nos importa sólo el trayecto? Sólo la guerra ganada de ponerse el abrigo y bajar en el ascensor hasta abajo, la cale, esa cosa ruidosa y llena de falsas promesas. Qué haremos. Es martes. No tengo dinero y el que tengo como imbécil lo coloco en el sobre del alquiler, mientras.
Hay cosas que me entristecen el corazón y no lo puedo evitar. Disimulo, y luego no disimulo otras cosas que ni me entristecen el corazón ni la punta del dedo meñique. Veo ante mí un camino equivocado. No me gusta por donde estoy andando ahora. Quiero salir y patear de rabia y luego no descansar ni un rato y seguir, en cualquier otra dirección quiero cambiar el rumbo estúpido que lleva el barco, capitán, me amotino y no volveré jamás a hacerle caso. No quiero hacer caso.
Si bajo la lluvia existiera una casa que yo pudiera visitar, autobuses, cuestas, atrevimiento. Iríamos al sitio donde hubiese una guitarra y vasos sucios en el fregadero.
Si existiera ese lugar a media luz y lleno de gente que fuma, llega y se va, yo iría, con botas y sin pensarlo, a estar, a ser, a pensar que ése era el comienzo de la felicidad mais que le commencement.
Cuándo existirán las señales luminosas que marquen los sitios en los que hay que permanecer, más de lo previsto. A veces se sabe y nace una burbuja de ansiedad por vivir, vivir, vivir, almacenar lo que se vive en el mismo segundo que nace, luego sabemos que vendrán horas de esterilidad y canciones solas, almacenamos existencia plena para el invierno.
Hoy creo que éste debería ser el lugar al que me gustara caminar bajo el solo o la lluvia hasta llegar. Estoy sólo yo pero desde cuándo eso nos arredra. Si tengo que inventar me inventaré. Si tengo que construir castillos extraños de realidad, lo haré.
Yo domaré a esta mula.
Me llamo. Me tapo los oídos y sigo en este camino recauchutado e impropio, no mío, prestado porque me da miedo seguir por mi camino antiguo que no era camino ni era nada, era yo transitando como podía por los sitios que venían a ponerse delante de mí. Pero yo era fuerte y no pensaba que algo se poseía de mí o que no había forma, yo era yo y me pertenecía, era dueña de mí, de mis apetencias, de lo que quería, creí elegir y seguí adelante, talando y cayéndome, siendo feliz entre la suciedad y los meses en los que no pasaba nada. Y ahora de pronto me atemorizo y me parece no ser yo, no ser dueña de mi desamor o mi dolor, convencida de que heredé mis cosas y de que no hay manera. Muerta de miedo arrinconada y negada por el sufrimiento que sí una vez me mató, pero basta. Yo soy esto, yo me construyo y yo soy yo, lo que quiera ser, mala escritora, temerosa cantante, aficionada al exhibicionismo, pobre treintañera, hambrienta de cosas terribles, de drama, ésa soy yo, la que se lanzaría en otro tiempo tras barcos y tormentas, seguramente inventados. Rodillas raspadas. Ahora me curo antes de caerme. Ya sé que todo es falso, ya sé que la vida está inventada y vuelta a pisotear, pero quiero un cachito de ese barro, como antes, que me guste jugar, olvidar olvidar esas horas en las que me convenzo de que nada es mío dentro, fuera, no soy de, soy mí. Y no tengo hambre. No quiero tener hambre ni fogones no horas en las que sea mejor dormir a saber. Quiero calle y quiero frío, una bufanda, dolores míos, recesos míos, abandones míos, una canción.
Porque una vez fuimos jóvenes y las piernas firmes nos llevaban como si nosotros eligiéramos nuestro camino, y en eso creímos y en eso esperamos, en poder seguir respirando, hinchados de días y de noches nuestras. Porque una vez todo era ancho y gloria, porque aún hoy para muchos es así, dejemos solas a esas ganas asesinas y descreídas de desaparecer, reclamemos las equivocaciones y los malos augurios, luchemos espantados de pie contra la muerte, quiero ser contra, romperme contra, oponerme a algo, aplastar con mis pies fuertes toda esa desolación que me ahoga la garganta sólo porque yo ya estuve allí. Ahora estoy allí y sólo me encojo de hombros, me encojo de hambre y no sé cómo masticar, cómo pedir prestada una minifalda (ya no me atrevo a abrocharme las cremalleras de las otras)
Podría morir o empeñarme en morir, y también podría agarrar con fuerza las canciones que fueron, volver a creer que una conjunción de palabras vale algo, volver a querer ser luz de mi propia luz, oscuridad de mi propia luz.
Nadie tiene que dejarme entrar, estoy en medio de la fiesta, la fiesta de mi vida, el París de mi vida, la calle Corrientes cuando fue de noche.
Si pudiera pensar que una vez fui cierta (sé que yo era el peor de los fraudes)
Si pudiera dejarme ser el peor de los fraudes, pero cierta, siendo, escupirle a la cara a la propiedad y la tranquilidad, al control sobre el dolor. Quiero que me duela vivir, no quiero la anestesia, no quiero el narcótico. ¿Y si la vida es la falsa y no duele, es sólo anodina vida provinciana y espejo Bovary? No me importa, dije, inventaré una vida que sea pinchosa intensidad, una vida que me lacere y no me deje respirar, que me dé espacio para correr correr correr cara al viento. Quisiera ser yo.
Tomaba manojitos de cerillas, de tres en tres, de cinco en cinco, y los encendía. Luego los tiraba. Y decía que algo se moría cada vez, en el aire. Detrás brillaba la cúpula del Congreso porque era el centenario, nunca más sería el centenario, se cocían las patatas en el fuego, luego el alioli, ella era entonces pelirroja.
A veces reconciliarse con la vida propia es tan fácil como mirar por la ventana al mismo tiempo que el gato mira por la ventana, que haya un cenicero de bronce en la casa, acordarse de una canción del Clube da esquina, pensar en una noche, undía, por Vía Laeitana.
Como un árbol, o una planta. Son horas. Son muchos días en los que detrás de los minutos. A veces nos quedamos en el suelo, esperando, con latidos, a que llegue algo que nos salve de nuestra ocupación. “Condonado y ocuparse”. No me ocupo, dejo abandonado y succiono otra fuente.
Hay un miedo absurdo y que ignoro y que está. Será el miedo a no llegar. Y luego sé que importa el trayecto y sé que si estoy sola me ocupo del camino, ocupo el camino, porque no tengo a nadie a quien esperar.
Cuando soy mala es porque estoy sola. Y así repito lo que siempre comprendí, y desprecié. Hay que llamar y no escupir, y soy yo la que se tiene que enseñar.
Bla bla bla, me lo tomo muy en serio cuando si miro al gato me puedo reír. Y el truco es sólo ése, pero no se trata de trucos.
He intentado ignorar y luego todo se atasca.
He intentado explotar y luego todo se violenta.
He intentado apaciguar y todo se atormenta.
Qué tengo que hacer para que no me nazcan abcesos.
Aún cuando dijera o dije me siento sola ni siquiera yo lo comprendo. Me hice sola, me quise sola.
Yo sé que sólo tengo que Cantar
Escribir
Hacer un hueco
Poder tomar café
Ser en otra parte
Dejar la casa.
Me tienta volar el nido por los aires para de nuevo no tener nada, nada más que el alma envenenada y la conciencia cucaracha. Pero esta vez quiero quedarme, dijo ella. Lucha contra ti misma. Cucú, quién soy. Soy esto raro que no se deja o que no puede ser un hilo que nace por la mañana y sigue hasta la noche. Soy un sufrimiento que no se calla y se sufre a si mismo, quizá no debería intentar asesinar mi dolor sino convivir con él y transformarlo en otra cosa.
A veces es como si te miraras y te dieran ganas de romper los espejos, malas cartas que nos tocaron, por qué siempre intentar ganar, el placer del juego. Tengo que aprender a jugar, o sólo jugar sin aprender. Conozco demasiada mierda. También conozco las zonas amables, por qué no quedarnos ahí, Lulú, por qué siempre viene nuestro demonio a despertarnos la desesperación. Yo sé que todo el mundo posee sus hundimientos, a mí me poseen los hundimientos que ni siquiera son míos sino heredados y luego no puedo salir, y esto ocurre constantemente, todos los días, todos los meses, desde hace años, no son cosas que vienen de fuera a visitarme, soy yo que toc toc me machaco la cabeza. ¿Alguien me puede decir? Alguien se quiere ocupar de cuidar de mí 21 días y prepararme sopa y arreglarme las sábanas y curarme las heridas. No puedo sola. Llevo años intentándolo sola, no dejo a nadie intervenir, llevo años sufriendo cosas mejores que ésta, miro al gato y me río pero luego tengo que ir a discutir con Cositorto o encontrar 40 pesos o sostener miradas o pensar qué seré hoy.
Para qué sirvo. Leí en la casa de San Luis: no provocar lástima sino respeto. DAR. No lo consigo pero parece que siempre intento enmascararme y no vendo ni un churro. Quién soy, dijo su culito.
A lo mejor me tengo que ir, pero no hay sitio donde esté lo suficientemente lejos de mí misma, siempre estoy agazapada pantera esperando poder masticar mi propia yugular ñam ñam ñam.
A lo mejor me tengo que quedar pero nadie me ha enseñado a quedarme y a aceptar amor y a alguien que aparte mis dientes de mi propia yugular coi coi coi.
Otro día podré. No existe sin embargo otro día que no sea ése en el que me retuerzo ignorante. Se trataría sólo de “ocuparse”, llenar minutos que llenen minutos y se queden llenos sin sitio para los abcesos la gangrena.
Martín se ocupa de mí, dijo ella. Pero es un camino largo hasta nosotros, más largo, no es culpa suya, es culpa nuestra que alargamos la distancia. Una maldad, un celo, un miedo, esas cosas que existen porque siempre fui un celo, un miedo, un dolor, y cuando soy una alegría, una risa, una felicidad, soy luego me desmantengo desmantelo.
No sé qué hacer, admitir mi descontrol e insapiencia es suficiente. Estoy perdida, necesito ayuda para seguir, bien, no a rempujos como hasta ahora.
Martín me regala un ajedrez. Toc toc quién soy, dijo ombliguito. Soy quien se puede sentir querida a no ser que se respete las manías. Ocuparse de su vida, se titula.