Anoche preparé un alioli y le puse anchoas. Esto es importante porque en otro tiempo me hubiera parecido una asquerosidad. También preparé una ensalada de arroz y esto también es importante porque en otro tiempo no muy lejano, cuando veía a Pepa en su casa frente al Hipercor, comer arroz frío me parecía una asquerosidad. Con todos estos disgustos superados el placer de cenar es mayor. Martín volvió de su rodaje maquillado y agotado y charlamos un poco, terminé de leer Peter Pan, recordé mis recorridos de autobús del día, me dormí. Luego él me despertó como en los viejos tiempos.
Estuve en la 5ª Avenida rebuscando en todas las tiendas, intentando que no me cambiaran los precios al escuchar mi acento. Toda esa jauría de vendedores de ropa que antes estaría metida en bolsas en un cuartucho de la Cruz Roja, las señoras con el pelo amarillo recogido en una cola despeinada, y esas raíces que salen cuando su cuñada hace un mes que no tiene tiempo de ponerles el tinte, que trafican con zapatos cuarteados y carteritas de cadena dorada. Yo sólo quería un bolso bandolera para regalarle a Juan Martín.
Fue San Juan, hicimos una fiesta en casa, muchas mujeres, cada una disfrazada de sí misma y con sus cosas y sus seres y sus dientes y muñecas. Fue bonito verlas a todas juntas agrupándose según distintos patrones, ascos y preferencias. Se miraban unas a otros preguntándose si eran ellas o no las favoritas. También había muchachos tan disímiles que parecían escogidos cada uno de un sector poblacional. Martín estaba contentísimo de ver al señor pantuflas charlotear con el señor dos apellidos y medio. Yo ahora que estoy así como lunar me puse contenta de que hubieran venido hasta casa.

Voy a contratar a la Paca de despertador. Qué mujer. Me escribe diciéndome que llega el verano al hemisferio austral, que no se puede descansar porque hay mucha luz, que todavía recuerda aquellos julio y agosto que pasó en San Petersburgo, un horror luminoso. Ipso facto yo me muero de verme con la rebeca y los calcetines encerrada en un apartamento de Avenida de Mayo, yo que quería ser Lou Andreas Salomé. Pero el amor me detuvo en mi periplo y mi viaje hacia el infierno y ahora soy Lou Otegui Pérez, que nadie se ría, en ruso Salomé debe de ser poco exótico. La vida es ancha. He llegado a Buenos Aires que es su ciudad para la gente que aquí mora pero para mí es Buenos Aires, Argentina. Algún día pasaré dos meses en Ucrania en invierno, en verano estará toda la yerba pelada. Iré a África. Pero ahora es, en realidad, algún día pasaremos dos meses en Ucrania, iremos a África. Lo que es una novedad reconfortante y muy divertida, a ver si no qué hago yo en Ucrania, comprar la literatura del país, pensando que algún día aprenderé el idioma, buscarme un amante ucraniano y probar las delicias también culinarias, cansarme luego de tener que partir en un tren o en el autobús tortura de Eurolines, y si voy a África, a contemplar sola cómo las percas asesinas del lago Victoria acaban con la esperanza del mundo.
Cuando Manolo me escribió una vez
Me narcotizas. Inaceptablemente.
Y yo lloré tanto no porque yo quisiera ser una novia, sino porque su visión del amor era la de estar en calcetines y pijama encerrado en un apartamento, aunque luego, claro, la adopté durante años y me negué a pertenecer temiéndole a esa imagen de vieja Penélope improductiva. Luego y ahora sé que todo lo que se pone en la olla cuenta. No es el amor el que narcotiza, sino las pocas ganas de ser y las muchas ganas de colgar el sombrero de la inutilidad en la culpa de alguien.
Me dije ayer. Porque de pronto me di cuenta y desperté, y pensé que era el solsticio, que qué iba a irradiar yo que no fuera esta peregrinación constante por la casa, esta nada de bolsas de supermercado y horas de cocina con frutos albóndigas y carnes aliñadas, gloriosas ensaladillas rusas. Qué voy a ser sino triste abrillantadora de azulejos.
Hace frío en la calle y eso me impide muchas cosas, y no lo puedo entender, yo que he salido a la Placa Cléber con 10 grados bajo cero y he dejado enmorecerse mis muslos en el febrero krakovianko. Algo pasa y no quiero saber qué es, quiero volver a la carretera. Será el solsticio que me dice que cambie de bolso y deje de usar el del festival de Mar del Plata, que me lea un libro que no sea Macanudo, que vea todas esas películas muertas de risa que tengo en el estuche. Porque no hay que venderse al amor de esta manera tan misérrima. Me paseo en pantalón de chándal y camiseta a rayas, se me ven las canas a un kilómetro, soy incapaz de acordarme de cuál es el movimiento que más me gusta de la Segunda de Mahler. Y no me tengo pena, será el solsticio.
Me he tenido que comprar un mordedor de ésos que usan los bebés cuando le salen los dientes, para descargar rabia. No sé qué rabia, pero llevaba un mes con insomnio, quedándome dormida al amanecer y despertándome con una mandíbula incrustada en la otra. Lo compré el viernes y lo mastico mientras traduzco, estoy bastante más contenta y sin malas intenciones, y ¡duermo! Sueño con matrimonios gordos que escapan del revisor porque no han pagado el billete y no aprieto las mandíbulas entre otras cosas porque me duelen tanto de tener todo el día el mordedor ése con un hipopótamo metido en la boca.
Ahora es haber renunciado a todo lo que se quiso ser. Es como si se ingresara en el planeta de hacer, realizar, porque ya se ve que no se puede ser, y además no nos importa tanto. Es como si nos convenciéramos de que hay que seguir por el camino trillado y no por el que pensamos que sería posible. Treinta años es la edad de la desazón inconmensurable e incomible, qué hay que hacer, ya no se tiene energía para los desengaños que se huelen a distancia y de los que se huye, se nos acabó la adicción al sufrimiento.
En el espejo sólo veía su nuca y su espalda y su cuerpo reducido de monstruo, de animal circense, y así entrevisto era una versión normal, una persona de pelo rizado y camisa rara (pensé en Paul Rudd), pero sólo torcerme dos centímetros y lo veía a él, su él cierto. Paria renunciado, persona que fue una vez y ahora no es más, más allá de cualquier lazo afectivo o cualquier preocupación social, abandonado a su suerte pero aún pidiente, feo, pies pequeños y dedos retruécanos (y qué diferentes de tus pies tan verdaderos también allí, pies tan siendo frente a esa raíz rota de los suyos).
Tan elegido de sí mismo, tan pagado de su propia decisión, más allá del egoísmo, tan lejos de lo que creo que eres tú, tan observándote y adorándote como una versión criolla de Quasimodo a Esmeralda, tan humanizándose en su adoración. Y tú qué buscabas en esa zona tan alejada de tu centro, qué otra parte de ti viste en Marcelo que está en otra parte en la que no está nadie más que él.
Y también había sido un par de horas antes la muchacha estancada que nos había recibido en la escalera y nos había ofrecido vino, momentos de una esquina de Buenos Aires con sus colores existentes y nocturnos, tu reencuentro con lo que fue y seguramente sigue siendo tu vida, la casa de Avenida de Mayo, historias que os contabais mientras yo miraba desde detrás del brazo del sillón o fuera del balcón dentro de la casa, mi nube y mi cumpleaños, tú tirando la colilla de un cigarro a la calle, se quedó ardiendo allí. Marcelo bicho desnatural que fue pies desnudos en San Martín cuando era chico y aún persona, aún no gurú del Gatorade y el potasio después de la coca, aún un corazoncito.
No me gustaste ni me no gustaste, pagué mi entrada al espectáculo y ahora me resulta tan difícil decidir dónde estoy con respecto a tu carpa descolorida, con respecto a la sentimentalidad de Martín, con respecto a mis propios miedos. Porque eres inofensivo pero con capacidad de escupir, me parece.
Soy cruel desde mi estatura de persona que paga por su límite, desde mi escándalo por tu desamor a tus propios gatos.
Si sigues caminando adónde llegas. Quizá a la costanera donde el río marrón o pardo o chocolate o mierda no brilla y sufre sus pescados muertos y sus botellas de plástico.
Si sigues caminando en otra dirección puedes llegas al barrio donde todo es de colores porque está lleno de extranjeros que compran cuotas de modernidad a precios exóticos, comen en platos cuadrados, llevan gorros de lana tejidos por señoras que luego al llegar a casa removerán polenta.
No entiendo esta ciudad. Me acuerdo de Barcelona que era como una farsa porque en mi cabeza existía otra Barcelona previa que sigue incólume en mi cabeza a pesar de que haya vivido en otra Barcelona, aparentemente la verdadera, que me rechazaba con mala saña. Pero Buenos Aires es indiferente, creo que tampoco existe pero de forma diferente, es como un engaño colectivo. Si todo el mundo se fuera y la dejara desierta, ¿seguiría siendo Buenos Aires?
Aparentemente todas las puertas están abiertas, pero es falso, es sólo la ilusión de la posibilidad. Sólo ganan los caraduras, los que más echan para adelante el pecho en la línea de meta. Me canso de no saber cómo tratar a las ciudades para que me acojan.