Tengo un defecto que si quieres podemos llamar femenino porque parece que todo lo malo es mujer, que consiste en que cuando tengo problemas con Martín (llámalo x), me cuestiono toda mi vida y mi existencia. Y eso no puede ser. Porque aunque tenga que ajustar cosillas, o sea, todo, no me disgusta tanto mi vida como puedo suponer en momentos de pánico.
Creo que se me puede comprender si digo que Martín ha sido como un concilio vaticano segundo en mi vida y que me da miedo que todo se desvirtúe o se pierda, como es ley del universo por otra parte.
Y sí, tuve y tengo miedo pero ahora me la banco y esta noche voy a ver tocar a Jorge Pardo mientras él pega brincos viendo a la Bersuit y se toma una Coca cola ahora que no toma alcohol.
Además, claro, que estoy loca y se me va la razón peligrosamente cada 4 ó 6 horas.
Yo sólo sé mal vivir.
¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

El mundo es una magia con chispitas, eso dice Liniers, y para él que pasea por Santa Fe con su camiseta de rayas y publica sus dibujitos debe de ser así.
El mundo es una magia con chispitas dice Lubistch siempre.
El mundo es una magia con chispitas digo yo si canto por la calle, o si me sale una frase buena, o si sé que nos vamos a encontrar en algún lado a alguna hora, si sé que te voy a ver corretear por la casa o por la vida.
Vuelve. Veinte pronto porque aunque lo intente no puedo considerar la idea de que no vayas a estar más, porque me duelen todos mis minutos pasados de rayamiento en la existencia y mis minutos sin sol y sin música, sin poesía (un poema es una chispita embotellada).
Recuerdo Corrientes o la calle Paraná donde nos pusimos los anillos que nunca quisimos llevar, y recuerdo Alta Barda y recuerdo la rambla Guipuzcoa, y recuerdo la Concha y la Caleta y soy una serpiente sin motivo alguno de ser más que el ser serpiente. Soy un hallazgo inservible, o un fueguito artificial. Le duelo al gato, me duelo a mí, te duelo a ti. Pero también salta el gato, salto yo, saltas tú.
Ahora que somos solos y ya nos hemos desatado, te elijo, otra vez, y quiero que vuelvas a verme en esplendor y no en drogadicta. Quiero que dejes de sufrir y si pudiera elegir eligiría que no te fueras, pero si ha de ser será.
Vino Laura. Calígula la quiso. Fuimos a una tetería de Chueca. Luego la acompañé a Atocha y me quedé sentada en la plaza del Reina Sofía mientras anochecía, mirando cómo subían y bajaban los ascensores iluminados.

Kathleen Annie Pannonica Rothschild de Koenigswarter paseó de la mano de Thelonious y con esa misma mano le alisó el embozo de la cama a Charlie Parker y puso pañuelitos en la boca de Coleman Hawkins.
Nica les hizo fotos con su Polaroid y les dijo "pide tres deseos" a todos los músicos locos que en vez de tocar a Tchaikovsky en las orquestas de los blancos compusieron sus propios Prokofiev sincopados. Qué deseó ella que cada noche iba a los clubs de jazz en su Bentley, ella cuyo nombre quedó junto al del gigante en el Thelonica de Flannagan o en el Nica's Dream de Horace Silver.
Yo deseo: cantar en una novela, ser luz, este libro.

Martín me encargó que escribiera un cuento sobre la canción de la Bersuit que me gusta tanto. Vimos el video y nos desilusionamos porque en vez de darnos una de Douglas Sirk nos metieron un corto de la FUC. Yo me imaginaba un bar como el de Desayuno en Tiffany´s la novela, un hombre de cincuenta y una chica siempre rodeada, a la que él mirara desde el final de la barra de ese bar en la esquina de su cuadra, un bar como el Kim y Novak pero con un camarero viejo también enamorado de la chica, poblado a las nueve por señoras cincuentonas que bebieran gin-tonic y a las cuatro de la mañana por chicos de paso a otra parte. Y luego contaría el acercamiento alguna vez, sería ella claro la que se acercara a decirle pero por dios háblame ya, y ahí habría que decir juventud insultante (no puede ser de otro modo) y sería una historia Lush life y luego ella desaparecería y él caminaría en el otoño con las manos en los bolsillos y fumando. Diez años después volvería del extranjero y pasaría por la esquina y el bar sería otra cosa, una tienda de decoración o algo así (no puede ser de otro modo) y recordaría. Su Lolita en ese momento estará gorda o será como Jenna Elfman en Keeping the faith.

Grandinetti sale de la conferencia que da en la Casa de América y al pasar por la Plaza del Rey ve a una chica (Jean Seberg) tomando mate sentada en un banco y él se acerca a pedirle uno. Ella le pregunta si tiene prisa y él comprende que no, y se sienta con ella. Ahí empieza para Grandinetti una historia Nadja porque la chica está loca y él intentará rescatarla (aunque una noche ella le dirá, mientras él la abraza con desesperación, que no hay que salvarla puesto que no está en peligro, que ella es el peligro y que es mejor ponerse a salvo). En esta historia que ya hemos visto otras veces habrá portales sórdidos (no puede ser de otro modo) en los que ella se restriegue con cualquier otro hombre y escenas hermosas de noches estrelladas en las que parezca que todo tiene una solución y ella cante y todo haga clinclinclin. Después habrá escenas terribles porque Grandinetti dejó la cubitera sin llenar dentro del congelador o porque se fue sin ella al cine. Un día ella se despedirá diciendo necesitoelectroshock-olvídame-soymalaparati, y quizá pierda la memoria y Grandinetti la encuentre y entonces viva una historia Vértigo (de entre los muertos), o quizá sea sensato y escriba una novela como Carlos Fuentes y se case con una rubita de triple apellido.