El amor compartido es la peor de las drogas, la más maligna, claro que
no me hice adicta nunca a ninguna otra, es la única que conozco, y
esta vez fue como si después de años de tomar merca cortada con talco
y cal comprada en Once me hubieran invitado a tomar colombiana blanco
nuclear. Una sabe que es una mierda y que le hace mal pero a ver cómo
se desengancha, si ya era difícil dejar la mala.
Me gusta por su nombre y porque después de gustarme me gustara, por sus gestos y su abrigo de botones, por los mates que hemos tomado, por Lobería, porque siempre que lo veo me da un vuelco el corazón y quiero morder su barbilla (aunque sé que le fastidia), por sus dedos largos que deseo siempre que me toquen y me vuelvan del revés, por su mirada tan rematadamente intensa, porque es travieso y divertido y todo le duele, y porque en la playa de Biarritz me observó todo el rato, por las veces en que lo he visto fumar, por su descarada forma de estar, sus hombros, sus clavículas y el lunar de su oreja izquierda, porque me ha adoptado, porque cuando viene a casa a cenar viene a su casa y me sigo cambiando de camiseta, porque me llama pelirroja y me ha buscado las cosquillas y me ha tocado el pelo en Diagonal, en Corrientes, en Gran Vía, en General Roca, por todas las veces en que me quedé sin respiración si me puso la mano en la rodilla, en la espalda, en las gomas del pelo que no siguen en mi muñeca, por su voz, por su voz hablándome, por los mensajes que me podría mandar al móvil y no me manda, por todas las pastillas de regaliz que me ha costado acostumbrarlo a mi sabor, por su capacidad de sorprenderme y pillarme con la guardia y las bragas bajadas, porque sabe que me gusta y por la terrible sinrazón a la que me ha sometido conocerlo, porque ha mentido por mí, porque lo he visto mentir para defenderse. Por todas las noches, por todos los días. Por los besos frente a todos los roperos que hemos tenido juntos y por aquel beso frente a mi puerta de Cartagena y todas las desnudeces intermedias hasta enero.
No me hace daño mirarlo, tengo que verlo, tengo que dejar que se me acerque y esperar que ojalá no juguemos con nuestra voluntad como si todavía estuviéramos en guerra. Me gustaría que quisiera entrar y ocupar todos los huecos. Tendría que convencerme de que él quiere que yo también entre y le deje ver. Quiero quiero quiero que quiera volver.
Sofía y Rímini se separan porque la relación amorosa que los une llega a una perfección de obra de arte. Y las obras de arte son geniales para contemplar pero nadie puede vivir dentro de una. Es un poco lo mismo que pasa con las especies que llegan a un estado evolutivo de perfección y después no pueden sino extinguirse.
