No diría que es feliz

En la orilla del mar se sienta a buscar sus olas.
Labios celestes, mirada de lenta lumbre que asoma sin estorbarle el respirar de la brisa.
El mar la observa en misterioso pestañear,
mientras ella escribe en su mente, un diario de sentimientos, no definidos.
--No diría que es feliz--.
Es tan apagada su sonrisa, tan frágil su caminar, su mirada tímida ante la luz.
--No diría que es feliz--.
Su cabello lánguido, rodeando su espalda.
Solitario la observa y dedica su mirada al Universo, resbalándose, por su gigante maleza.
De alguna forma la entiende, su rumor, su parpadeo, su esquina preferida.
Ese sentimiento oculto que se resigna a emanar de su alma y despertar en las sombras de su aliento.
--No diría que es feliz--.
De sus labios dormidos nacerá la palabra para ti, en este encuentro de atardecer pensativo.
Las nubes se posarán a tu lado, hasta hacerte recordar, aquellos amaneceres de tu infancia.
El sol brilla en todas partes, pero algunos no ven más que sus sombras

(...)Yo quería ayudar para que aquellos restos del naufragio
vayan a dar a una playa segura.
Pero ellos parecían empecinarse en llevar la dirección opuesta, mar adentro...
Y me están arrastrando con ellos.(...)
La razón puede advertirnos sobre lo que conviene evitar; solamente el corazón nos dice lo que es preciso hacer

A veces el silencio me hacía bien; otras, solo recordaba más tu nombre.
Esa noche comprendí, que la distancia entre tu ausencia y mi mirada, era apenas un artilugio de las horas, para buscarte entre los muertos.
Y aunque no te llamase asiduamente, tu frescura revivía en mí todo lo preciado; habitabas mis sueños; mi habla; mi sudor; solo cuando olvidaba hacerlo, tu piel se alejaba de mis lunas, para fugarse con lo eterno.
Entonces grité tu nombre; saboreé los labios de tu boca, amanecidos en mis manos; el sol; la lluvia.
Me desperté con el llanto rondando mis pupilas; fatigada de llamarte en lo oscuro, y de amanecer con nada; destejiendo las frases que te hallaban dentro de mí.
Confusa, me interné en una tonada que hablaba de tu alejamiento; mientras velabas mi cuerpo, tendido en la multitud de otros tantos féretros.
Si supiéramos comprender, no haría falta perdonar

Si me lo propongo, puedo llegar a ser tan hipócrita como cualquiera, o tanto como la que más, incluso más que cualquiera (para cabezotas, yo).
Y si no me lo propongo con cierta frecuencia, no es debido a mi extrema honestidad (oye y soy honesta en la medida de mis posibilidades).
No es virtud lo que me rige en este caso sino debilidad, porque prefiero sucumbir al placer que me dispensa el paladear la reacción "del contrario" mientras, con escogidas palabras, le digo punto por punto lo que opino de él (y entiéndase "él" en sentido genérico, por supuesto).
Hay ocasiones no obstante en las que prima el agazaparse y esperar.
En esos casos me obligo a superar la necesidad de consecución inmediata de placer, convenciéndome de que mi estratégica paciencia, me recompensará oportunamente en su momento con otro más pleno.
Me mentalizo, me centro en el fin, y mágicamente hallo los medios.
En la intimidad las cosas son bien distintas. Ayer lo pensaba…
¿Hay algo más sencillo de fingir en el terreno de lo "no racional" que un abrazo?
Porque un abrazo no es un contacto extremadamente íntimo que se diga, puede considerarse como un apretón de manos en el ámbito corporal, y oye, un apretón de manos es algo de lo más mecánico.
Pues nada, que no.
Cuando es sincero, la calidez de mis sentimientos se amoldan al cuerpo receptor, brota una ternura envolvente y, tengo la sensación de, en ese momento, ser parte de un puzzle, de encajar perfectamente, asombrosamente, en cada recoveco del cuerpo ajeno.
La comodidad más absoluta me invade y me entrego placenteramente al gratificante intercambio emocional.
Pero esas ocasiones en las que no lo es, en las que se impone "el gesto" o en las que lo exige el guión.
Esas ocasiones no las domino.
Imposible.
Mis músculos se tensan, las extremidades se vuelven rígidas y me temo que, a parte de frialdad y la sensación de abrazar a una escoba no puedo transmitir mucho más.
¿Se puede educar al corazón, domesticar el alma?
¿Se debe?
Ana
La costa del silencio

El mar escupía un lamento
tan tenue que nadie lo oyó.
Era un dolor de tan adentro
que toda la costa murió.
Llora lamentos la nube que enfermó
y escribe espantos en la arena el dolor.
Arrulla el miedo a un delfín que bebió
de un agua negra, su suerte emigró.
Ven, quiero oír tu voz,
y, si aún nos queda amor,
impidamos que esto muera.
Ven, pues en tu interior
está la solución,
de salvar lo bello que queda.
Donde se acomoda la usura
nacen la ambición y el poder,
y este germina en la tierra,
que agoniza por interés.
Y una gaviota cuentan que decidió
en acto suicida inmolarse en el sol.
Ríe desprecios un barco que encalló,
y se desangra en su lecho: LA MAR!
Hagamos una revolución,
que nuestro líder sea el sol,
y nuestro ejército
sean mariposas.
Por bandera otro amanecer
y por conquista comprender
que hay que cambiar
las espadas por rosas.
Mientras te quede aliento
ve a buscar con el viento
ayuda, pues apenas
queda tiempo...
Mago de Oz
En un punto de inflexión decisivo...

Me dejo mecer.
Aviva la mente y entumece los músculos.
Olvido que no es mi mar, es otro, su hermano.
El mío es más cálido, más seductor.
Este en cambio es más distante, pero al final es lo mismo, húmedo, salado, y renovador de esperanzas e ilusiones.
Tirito en la orilla, fricciono mis miembros contraídos, observo, escucho, y sé con certeza que alguien, al igual que yo, disfruta de esta deliciosa manera, en cualquier punto del globo.
Bajo la mirada.
Huellas triformes de ave.
Ningún trazo en papel puede igualar en perfección y simplicidad aquellas huellas en la arena.
Cierro los ojos y me vuelvo pájaro.
Sigo la estela de las huellas, doy vueltas hasta que de improviso, me doy cuenta de que los pasos acaban ahí.
Entonces alzo el vuelo, me elevo, muy alto, muy lejos, y sueño.