Este texto pertenece a la version 1.0 del blog:

Nada como verte reducido a ser la minoría racial para medir tus prejuicios.
Personalmente, encontraba bastante divertido trabajar en un restaurante de comida oriental exquisita y exóticamente decorado y ser, de lejos, lo más exquisito y exótico del local, paradojas de la vida a parte, tras seis meses trabajando como camarero (sin contrato, claro) en aquel restaurante conseguí abandonar mis prejuicios sobre los orientales.
Realmente nunca hubo motivo para tenerlos, los otros camareros eran buena gente, alguno un poco raro, pero sin problemas. Se preocupan mucho por el resultado final de los platos, no así por el proceso de elaboración. En honor a la verdad debo afirmar que todos los rumores acerca de la autenticidad de la carne que cocinan son falsos. Lo juro.
En cambio, los que tratan de su higiene (personal y de cara a la manipulación de los alimentos), ay, eso es ya harina de otro costal; salsa agridulce sobrante que pasa de unos cuencos a otros hasta llenar uno entero, cacaos que se reciclan de plato en plato, palillos (los de comer, tranquilos) apenas enjuagados puestos en sobres a disposición de los nuevos clientes o cubiertos que apenas sienten el jabón sobre su frío cuerpo de acero inoxidable son ejemplos suficientes.
Lo cierto es que son un poco cerdos. Pero muy majos, eso sí.
Hoy me han preguntado que si les puedo ayudar a limpiar cuándo acabe mi turno, al no estar contratado salgo una hora antes del cierre del local, pero por un día no pasa nada, quizá hasta me paguen un poco más. Me ato un delantal y me pongo a fregar los cubiertos pensando en lo afortunados que son los clientes de mañana cuándo tres pares de manos tiran de mi pelo, torso y brazo izquierdo. Dicen que el miedo paraliza, pero ni por asomo, mis convulsiones rivalizan con las de un epiléptico jugando a una de esas consolas de última generación, pero apenas consigo zafarme de una mano cuándo uno de los amigables chinos me muestra que no debí desoír todas las leyendas.
Asombrosamente, cuándo veo mi rostro reflejado en el cuchillo que sostiene dejo de sentir miedo, sé que, acabe de cerdo a la pimienta o de ternera con salsa de ostras estaré buenísimo.
Porque mira que soy guapo.
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Son las 4:14 de la mañana.
He salido de trabajar a la 1:30 aproximadamente.
He estado trabajando en mi página web unos 40 minutos.
He hablado con una amiga que está en Londres durante media hora.
Menos mal que llamaba ella.
Llevo tres intentos de ganar una mano al Solitario Spider del Windows XP sin éxito ninguno.
Y ahora, de repente, una frase asoma entre mis maldiciones:
"Asegurate de cuándo llega tu última oportunidad, no querrás echarla a perder."
¿Es de alguien?
En caso contrario me adjudico la propiedad.
Seguro que mañana me parece algo pretencioso, superfluo y banal.
En fín, que duro es tener diecinueve años a veces.
Y Serrat me canta dónde quiere que lo entierren a través del Winamp.
Buenas noches.