Hablaba como si escupiese las palabras. Como si le costasen algo de esfuerzo pero no les diese ninguna importancia.
- Eres un advenedizo - le soltó mientras lo miraba a los ojos, cansino y amenazador.
-¿El que? - dijo dudando el flaco metiendo una mano en el bolsillo.
Le miró con esa mirada tres segundos más de lo que era necesario y le repitió, despacio:
- Eres un advenedizo... y como saques la navaja del bolsillo, flaco, te parto el alma.
El flaco calló. Luego esbozó media sonrisa de lado y dijo, medio cachondeándose, mientras sacaba despacio la mano del bolsillo.
-Es que hablas tan bien que cuesta entederte Damian - e hizo el ademán de darle una palmadita en el hombro.
Damian, mi padre, le miró de nuevo otros 3 segundos; el gesto del flaco que se detuvo en el aire.
-Escucha flaco. Te lo diré para que lo entiendas... Eres un hijo de puta.
Al flaco se le crispó la mano, mi padre lo agarró por la muñeca. Y mirándole, muy de cerca a los ojos le dijo:
- Eres un hijo de puta, flaco. Y como vuelvas a ponerle la mano encima a mi hija, por muy casada contigo que esté, vengo aquí y te parto el alma. Aquí. Delante de todos.
Luego me miro a mi, sin soltar la mano del flaco, de Fernando "el flaco" Senén, el marido de mi hermana, de Sonsoles, la mayor. Me miró y me dijo:
-Quedate con su cara, con la cara de este flaco cabrón Luisiño y si algún día me faltan las fuerzas o no estoy y ves que tu hermana esta triste. Ven aquí y cumple la palabra que acabo de darle.
Los ocho hombres que había en el bar lo miraban callados y respetuosos, ninguno se atrevió a decir nada, ni siquiera los que se decían amigos del flaco. Mi padre le soltó la muñeca y cogiéndome de la mano suavemente continuamos el camino al polideportivo donde iba a entrenar a futbol.
Escrito por J. Trallero a las 4 de Febrero 2004 a las 01:56 PM