Es una de esas noches nerviosas. Todo va demasiado lento, demasiado despacio para que se haga tarde. Como si se hubiesen detenido las agujas que calientan mi cuerpo tan lentamente, recreándose en las largas heridas durante minutos que se alargan demasiados segundos.
Es una de esas noches en que yo estoy inquieto, mi gato está inquieto, las velas relampaguean inquietas y la luna parece haber dejado de crecer. El teléfono está callado. Como casi siempre. Aunque no llueve. No se me ocurre ningún verso con que empezar, ni con que poner punto y final. No tengo tampoco nada que ocultar ni ninguna canción que cantar.
Es una de esas noches que se parecen a algunas y no se parecen a otras noches que fueron dignas de mención, o de canción, o de un rato, o de un pensamiento, o de una idea, o de una lágrima aplastada y de los mejores deseos. Nada que ver con todo eso, nada que ver con nada más. Preferiría que todo fuese como yo quiero aunque las cosas nunca salen así, entonces preferiría estar completamente equivocado.
Es una de esas noches que resultan demasiado largas para ser dormidas y se eternizan segundo a segundo; que sea atan a una almohada como lija en la oreja. Aunque no llueve oigo ruidos de agua, aunque no duermo tampoco soy consciente de todo el tiempo.
Quisiera consumir esta noche en tres segundos que fuesen horas pensando en ti, pero nada es como necesito, nada es como debe ser. Temo que mis sueños se transformen en pesadillas que nos alejen.
Aquella mujer de sueño.