Un canto a la tranquilidad, sin sobresaltos;
una de esas enumeraciones con las que ametrallo
un instante;
no tengo nada más que regalarte,
el viento descoloca mis intenciones,
me despeina la inspiración;
un intento de contener mi último rato,
aquellos “supongos” que no fueron más que
una sarta de obviedades que tachar y perder.
Los mordiscos que arrancan pedazos
del corazón que nunca fue tan tuyo
como pretendías, como quise.
La destinataria de ciertos poemas que leídos
suenan como balas
y parecen cartas.