Agoté las oportunidades, desdije lo dicho,
maniaté a una musa y acribillé a balazos
al personaje – basado en alguien – que protagonizaba
el cuarto capítulo de la novela de sinrazón
y odio que escribo las horas impares.
Anoté las mentiras necesarias,
los pensamientos impuros, las declaraciones
de amor camufladas tras una cortina,
y a pesar de eso no he vuelto
a escribir
como lo hacía.