Estoy poniendo a hervir la sangre,
me acaban cansando los discursos políticos,
me acaban regalando dos dedos en el fondo del vaso
tan hondo como un precipicio
en cuyo final no hay nada,
todavía pervivo mientras escribo,
y el menú del día queda para pasado mañana,
y el no querer quedar callado ni de coña,
el pegamento que separa al no pegar tanto,
los regalos convertidos en despojo,
las pilas que no dan energía ni nada,
la anestesia para dormitar lo que importa menos,
y esta sangre que no acaba de alcanzar
el punto de ebullición.