Estoy harto de mis propios hartazgos hasta la saciedad. Harto de enemigos que no cambian, que no dan la talla en el cara a cara. Harto de no encontrar un trabajo que me haga millonario, o que me desahogue algunas facturas y deudas más. Estoy harto de las indirectas y jugueteos de aquella chica a la que daría un revolcón y medio. Harto de difusas excusas, tiempos malditos y camareras despistadas. Harto de cambiar de marcha, de emborracharme con whisky sin agua de seltz. Harto de la chica, otra distinta que pasa dos veces ante el cristal, aunque habrá seguramente una tercera para hacerse notar, sabe que no está del todo mal aunque definitivamente no acaba de ser mi tipo.
Estoy harto de dar los mismos tópicos consejos de desamor a aquellos amigos/as que consideran que la primavera es el mejor momento para romper con el pasado – o alguien lo consideró por ellos-; harto de amores eternos ni tan amores ni tan eternos, harto de errores recurrentes, que volverán no hay duda. Harto de escuchar por octava vez la misma borrachera que no tuvo gracia cuando fue contada por vez primera. Harto de las largas esperas que –casi- nunca merecen la pena. Harto de estar harto de mi mismo por no acabar de hartarme de una vez.
Estoy harto de ver películas subtituladas, harto de bares repletos de gente desconocida, harto de que ignores mis conversaciones, harto de opiniones que me tocan las pelotas; harto de harto de estar harto, como siempre.