Se negó a decirle adiós. No quería que ella pensara que le importaba más de lo oportuno. Y había resultado ciertamente inoportuno el modo en que se había ido colando en su casa, retrasando la hora de la ida, quedándose a dormir una noche tras otra noche con promesa callada de revolcón diario. Y esa es una oferta que él ni casi nadie en su sano juicio que viera lo seductora que resultaba en ropa interior, podría rechazar.
Dudó si poner tierra y mar de por medio aceptando un trabajo en las Canarias, o las Caimán o algo así, o dejarse de cobardías y de tiempos muertos y plantarle cara y con sólo dos palabras "Vete ya" cerrar un capítulo, o capitulillo, que ya duraba demasiado. Y así estaba ahora viéndola salir con su maleta por la puerta de casa sin tan siquiera decirle adiós… no fuera a ser que no marchara.