Mayo 28, 2005

La canción de C.

I.
Quienes le conocían bien - o creían conocerle a fondo - hubieran jurado que era buena persona, los que no le conocían tanto también. Era un hombre ni alto, ni bajo, agradable en el trato, educado, que huía de discusiones y conflictos, el vecino perfecto y el yerno deseado por la mitad de las suegras del país. Había estudiado Ingeniaría Industrial mientras trabajaba como transportista en una empresa del sector del metal -era el conductor de la furgoneta del grupo "Sangre de Satán"- y mantenía la misma novia desde hacía 7 años y la amante número 4 en ese mismo tiempo.

Su padre le había ofrecido insistentemente un puesto en la empresa familiar que él había rehusado cada una de las 19 ocasiones en que su padre había sacado el tema. No quería terminar como su hermano mayor que recién acabada la carrera entró a trabajar eventualmente como subdirector - cosas de ser le hijo del jefe - y llevaba allí ya iba para cinco años, primero por la boda, luego por la hipoteca, ahora por los niños, sutil condena interminable.

Él había creado su propia empresa de importaciones/exportaciones "Gigante Gedeon IE S.L." No le iba ni bien ni mal como empresario, iba tirando, lo justo para pagar la hipoteca del apartamento y las facturas; sin embargo su novia insistía en que aceptara el trabajo que su padre le ofrecía y le planteaba la posibilidad de vivir juntos que él declinaba sonriente alegando la juventud que tenía todavía, que con 27 años ya empezaba a perder.

II.
A nadie, bueno a casi nadie, le sorprendió que un buen día de él sólo quedara humo. Cuentas vacías, el apartamento vendido, el coche con el motor aún caliente en el aparcamiento del aeropuerto y ni rastro de él.

La familia denunció su desaparición a la policía que no encontró ni una pista de su paradero tras innumerables interrogatorios. Su novia se sintió dolida, enfadada, abandonada; lo odió y lo echó de menos. Preguntó a los amigos de él si sabían algo y todos le dijeron que tanto como ella - bueno casi todos, uno jugó a intentar seducirla, echarle un polvo que la ayudase a llevar el "dolor"  de su abandono -; ella siempre sospechó que algo sabían, aunque sabía que nunca se lo dirían. Se equivocaba. Ninguno sabia nada.

Hasta que seis meses más tarde 5 postales con una preciosa playa de Brasil llegaron a la casa de sus cinco amigos. Todas con el mismo escueto mensaje: os invito. Mujeres y caipirinha corren de mi cuenta. C.

Quedaron los cinco en la cervecería aquella misma noche.

Que cabrón
Se lo debe de estar pasando poco bien
Tendríamos que ir
Brasil es muy grande, tío, que no nos da ninguna pista.

Escrito por J. Trallero a las Mayo 28, 2005 02:49 PM
Comentarios

Mucho mejor irse a tiempo q quedarse

Escrito por gorkamorka a las Mayo 30, 2005 04:56 PM
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