Noviembre 25, 2005

2 de Agosto

de un fin de siglo cualquiera

Pocos coches circulaban por las calles casi vacías, amanecía aunque el cielo demasiado nublado impedía ver el sol y un frío húmedo otorgaba un característico toque climático a aquella ciudad del norte.

Cuando el hombre bajó las escaleras y cruzó la plaza con aire distraído no salieron volando cientos de palomas. Posiblemente porque no había ninguna en aquella plaza al lado de la estación de ferrocarril. Eran casi las siete y media de la mañana y el atuendo desentonaba tanto como si hubiese estado en un mercado comprando hortalizas para el puchero. Llevaba un traje levemente arrugado de estar tanto tiempo en el armario de un tono entre verde y beige, camisa blanca sin corbata y zapatos negros de cordones. Entró en la estación atravesando la puerta de los taxis, sin intención era comprar el billete, tomarse un café, leer el periódico y después coger el tren. Sin embargo, justo enfrente de él, en la vía número tres estaba a punto de salir -7.30 señalaba el horario cuando ya pasaban tres minutos de la hora prevista- un tren con destino a su destino.

Sin dudarlo se subió al tren, atravesó tres vagones y se sentó en un asiento libre tapizado de azul y naranja.

¿Adonde iba a esas horas y vestido así en aquel tren? A un entierro que comenzaba a las cuatro de la tarde.

Llegó a tiempo, por supuesto, un largo paseo y un abrazo lleno de lágrimas.

Escrito por J. Trallero a las Noviembre 25, 2005 06:27 PM
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