Avelino Abelleira, doble A con licencia para beber más de la cuenta estaba sufriedo ahora las consecuencias de su último esfuerzo etílico. Tumbado en el roido y gastado sofá de su sala con una botella de agua -medio vacía o medio llena-, la boca seca, un corte en la mano recuerdo del exnovio de marga -nada grave sólo un accidente con un vaso- y el resto de los recuerdos de la noche anterior demasiado borrosos para ser recordados.
Avelino Abelleira, diseñador de interiores en un conocido estudio del centro de la ciudad cuya gerente Isolina Gutierrez, rubia teñida, ojos miopes, treintaytantos años y de muy buen ver aunque peor mirar lo llevaba por la calle de la amargura,aunque más propio sería decir por la avenida. Tal vez esa fuese la razón de la borrachera de la anterior noche, intentar olvidar, aunque no hubiese nada que olvidar, aunque su relación con ella se limitase a observarla de lejos a través del cristal que delimitaba el territorio de su oficina -la de ella, el no tenía- y a mirarla cuando caminaba con paso firme por el pasillo soltando alguna orden en voz baja por aquí y por allá.
Avelino Abelleira había tenido dos decepciones amorosas -ambas morenas- y creía haber encontrado en Isolina: rubia, guapa y en contra de la creencia popular sobre las rubias guapas no tenía nada de tonta. ¿Apuntaba Avelino Abelleira demasiado alto? Por supuesto él pensaba que no, tras los fracasos con Desiré y Vanesa, ambas peluqueras en distintas peluquerías, Isolina era la mujer perfecta, triunfadora, atractiva e inteligente. Demasiado inteligente para fijarse en ti como le decía Carlos, su amigo de la universidad.
Avelino se consumía en deseos poco laborables y demasiado sensuales hacía la gerente que haciendo caso omiso a las inexistentes propuestas de Avelino mantenía una relación inestable y acalorada con B.T. Alonso, estrella del equipo de fútbol local. Una relación que Avelino observaba esperando que terminase, fantaseando con dar el primer paso ya que era bastante improbable que ella, tan perfecta y tan preciosa lo diese. De cualquier modo Avelino conservaba la esperanza y por eso nunca se había fijado en Esperanza -mesa 6 de contabilidad- morena y bajita que había visto en él lo que Isolina no había visto. Que injusto es a veces el amor, Avelino bebiendo los vientos por Isolina y borracho de tanto beber vino -que contra la creencia popular no ayuda a olvidar nada más que los actos vergonzosos perpetrados bajo su efecto, pero no las decepciones previas-, Esperanza esperando que Avelino se fijase en ella e Isolina con su futbolista. La tan obvia solución que surgiría en el minuto 67 de cualquier comedia romántica posiblemente no se dé nunca en la vida real y cada uno se lleve su pequeña decepción y su dosis de amor en días laborables no correspondido.
Escrito por J. Trallero a las Mayo 26, 2006 11:46 AM