Las miradas que no miran
el gato mimoso que reclama atención
subido a la mesa, casi pisándome
mientras escribo, sin dejarme ver ni una palabra,
criticando como hace a veces
versos y cualquier inspiración que no tenga que ver
con él, empujándome la mano con su cabeza,
jugando a comerse el bolígrafo.
Obviamente esto no iba de gatos, pero no
hay ninguna otra opción sobre la que escribir
esta tarde tan tarde, casi noche.