La torpeza lluviosa de ciertos conductores cegados por las gotas,
la nuca encogida por miedo a esa gota puñetera que se cuela por la camisa,
la caja de cartón abandonada a su falta de suerte vacía de contenido,
la rima insultante que callar al cuello del jersey,
el anónimo firmado por un garabato casi conocido,
el mordisco posterior en tus nalgas tan comestibles,
el baúl en el que guardar las botellas y los cómics de Asterix junto a las obras completas de Neruda,
el ruido del secador que espanta mi sueño,
las peticiones que injustas o no hay que escuchar,
el respeto perdido en cualquiera de los cajones de la incómoda,
las palabras cazadas al vuelo fugaz de pájaro,
los aplausos vacíos de su propio eco,
los intentos de poema que se quedan callados a medio decidir,
las caras que pasado el tiempo se reconocen trabajosamente,
el hueso de aceituna que escupir por la ventana,
los planes acallados hasta en momento en que son innegables,
las noticias tan malas como habitualmente o peores,
las patadas a promesas vacias como los besos alquilados,
los planes insólitos que se hacen mediada la segunda botella de vino,
el limón que exprimido tampoco pierde su sabor amargo,
el punta de melancolía que transpira la tristeza y agobia lo obsesivo,
la respuesta de lengua afilada y mordaz intención,
el café tibio que ni frío ni calor acaba por no saber a café ni a nada,
la almohada de piedra que me quiebra el cuello baldándome y vapuleandome.