Lola tenía 18 años recién cumplidos, más curvas que un circuito de fórmula uno y una sonrisa que derretía los corazones, las intenciones y los pantalones de casi todos los chicos del instituto Rosalía de Castro. Sin embargo ninguno, la rondaba, ninguno la piropeaba, ninguno le tiraba los tejos ni de lejos.
Lola estaba en su último año de instituto, quería estudiar Biología, había sacado el carné de conducir a la primera a la semana de su cumpleaños y conducía un Honda HRV, todoterreno ahora llamados Todo Caminos corto, color amarillo.
Lola era la chica de Lauro Soutiño, el narco más conocido de las Rias Baixas y el más escurridizo, perseguido por la Guardia Civil, la DEA y la Antidroga Colombiana, con los locales policías y políticos en el bolsillo donde guardaba el suelto. Casado con Etelvina (Colombia, 1963) con la que tenía una hija, Jennifer, de la misma edad que Lola pero ni la mitad de curvilínea.
Ni que decir tiene que esa aureola de protección que rondaba a Lola con respecto a los chicos también funcionaba con los profesores; ninguno se atrevía a suspenderla, aunque sin ser tonta no era ninguna lumbrera y ese último curso cuando conoció a Lauro- no había prestado especial atención al tema académico.
A su padre no le gustaba nada aquella historia, pero su mujer lo mandaba callar porque le gustaba que las vecinas envidiaran a la niña, y sus relojes, y sus joyas y su coche y la ropa cara que Lauro le regalaba; la niña lo mandaba callar Papá, tu eres un viejo y no entiendes nada. Nos queremos. Y era mejor que Lauro Soutiño, alias a serpe do Miño no lo mandara callar porque era más expeditivo que su mujer y su hija juntas. Pero el padre musitaba entre dientes Chegará o día de arrepentirse, veredes
Y el pesimismo es lo que tiene, que acaba por acertar, y el fatalismo más todavía. Y el escurridizo Soutiño, alias A serpe do Miño cayó en una redada de la DEA en Miami junto a su esposa Etelvina. Y la niña preñada del último polvo con cena y visón, en una de las imprevisibles o no tanto, revueltas de la vida.